miércoles, 8 de agosto de 2007

117/Tendencias - Las divas de la decadencia -Por Tulio Lupino Bonfiglio

Hasta lo dijo Mirtha, la Martínez que se hace llamar "Chiquita” Legrand. La televisión argentina es “prostibularia”. Pero no de los prostíbulos de “buenas compañías”, donde se iba a “ocupar” y pasar un buen rato. Se trata de los prosti hot y hard que este mundo en globo permite universalizar, como otro ambiente desnaturalizado, post.inmoral, casi tendiente al mal.
Porque el prostíbulo no está sólo en la mostración procaz y en la permanente ilusión coital desprovista de amor post físico, casi inhumana, sino en la permanente incitación sin objeto, burda, donde las palabras pierde sentido. Sentido como dirección, no van a ningún lado, se pierden


La Alfano se muestra semidesnuda, temerosa de perder su novio joven, décadas más joven, ue siempre merece sus 10, obsesiva con el no recuerdo de sus películas picarescas clase D de los 70 (habrá alguna de los 60 y en blanco y negro?, quizás). Ella dice que se siente joven, pero se siente vieja, más anticualla que la Mirtha negándose a irse y apadrinada por empresarios afines a su difunto marido y por películas que protagonizó pero que casi nadie de su reducida audiencia vio. Y Alfano quiere que todo sea hot, más que insinuante, flaco y genital. Más que insinuante, que pase casi todo en la pista, que sólo quede la culminación del sexo para detrás de bambalinas, segura, caliente. En esa dirección, todo es lindo, encantador, discriminatorio y, al fin, soso, aburridísimo.

Moria se pasa presentando novios baratos, últimos cartuchos financiados en su multidecadente vejez, no admite otra juventud que la suya. Fracasó en el concurso, pero pontifica sobre como ganarlo. Curra con escuela, teatro, vínculos, mientras jóvenes touch la explotan. Paga por sexo, cobra por mostrar su caída, no puede con la hija que buscó y ya perdió, en alas de los conceptos de supuesta libertad que proclama. Carnes colgando y manchas imborrables, como en Mirtha, como en la Alfano, delatan lo que no puede superarse con refrescadas, estiraditas y cirugías mayores. Edad. Lo que debió dar experiencia termina aportando lástima.

Susana está en otro canal, pero también paga por sentirse joven y no lo es ni puede ser más, nunca más. Cree que existen dinosaurios vivos, se cae en su living; cuando no se equivoca – demostrando poco saber y nada de conocimiento – peca de cierta ingenuidad pacata que nunca se sabrá si es real, como la de una abuelita sincera, o si es parte de su peculiar estilo empresarial. Alterna su decadente programa con juicios por estafa, llamados a quienes la adoran, sobre todo luego de suculentas recompensas monetarias o en especie; entrevistas donde el visitante debe guiarse en un mar de malentendidos y errores de la entrevistadora, que se aferra a sus entreverados papelitos esparcidos sobre una falda cada vez más apretada y ancha. Está más gorda y no dispuesta a parar con ese ritmo de vida ostentoso, donde compra todo incluso amor, pero no pudo salvarle la vida a su adorado faldero Jasmín, ni hacerle olvidar que nació moviendo la cabeza en shoc ni su incontenible calor sexual por un boxeador campeón del mundo que le hacía el amor violentamente.

Estas son las cuatro grandes divas de la televisión argentina – o tres más una aspirante fracasada, la Alfano -, prontas a ser sustituidas en un imaginario que está permitiendo que, a espera de otras, asuma un travesti verborrágico que baila bien, pero eso da para otra.

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