LO QUE NOS UNE - Constanza Moreira *
Durante estas últimas semanas, y en una suerte de teorización acerca de la competencia interna en el Frente Amplio, volvió a resurgir la tesis de las "dos izquierdas". Una izquierda responsable, y otra irresponsable. Una izquierda socialdemócrata y la otra populista (en Uruguay, se prefiere usar la palabra "pobrismo"). Una que sabe administrar bien el capitalismo, y otra que sólo produce desequilibrios. Una que negocia, y otra que impone. La competencia por la candidatura presidencial en el FA hoy, evidenciaría estas dos izquierdas en forma clara. Al parecer, y según los últimos datos de Bottinelli, también para la gente la diferenciación es clara: los pobres están votando el "pobrismo" y las clases medias educadas prefieren una administración responsable del capitalismo. No hay nada más racional que los propios intereses y, cuando la política los refleja, se vuelve más comprensible para todos.
Sin embargo, buena parte de la izquierda ha reaccionado contra la tesis de las dos izquierdas. Y es que estas calificaciones, en general, han tenido como objetivo legitimar una versión como la adecuada, y desechar otra. La izquierda siente que su unidad está en peligro, si se abonan tesis divisionistas. Y probablemente tenga razón, aunque el debate sobre la orientación estratégica del cambio no debe inhibirse porque esté en juego la unidad. Hay muchas maneras de ver las cosas, probablemente tantas como lugares existan. Desde el gobierno se ve de una manera. Desde los sindicatos, se ve de otra. Las "bases" del Frente Amplio, probablemente, la vean de otra. Y los ciudadanos tendrán la palabra, finalmente, a la hora de votar.
Hay cosas, sin embargo, comunes a todas las izquierdas. Su vocación de cambio, su representación de "los de abajo", y su oposición al status quo imperante.
Si algo ha caracterizado a las izquierdas, en toda América Latina, antes, durante y después de la guerra fría, es su postura desafiante ante el sistema político. Estos partidos y movimientos nuevos, vinieron a desafiar el status quo tradicional, y eso fue el peronismo en Argentina, Chávez en Venezuela, el Frente Amplio en Uruguay, el PT en Brasil, y Evo Morales en Bolivia. Como los sistemas políticos varían de país en país, las izquierdas varían de país en país. Sí, claro, no hay una sola izquierda, ni nunca la hubo. Las representaciones políticas de la izquierda toman forma dependiendo de tiempo y lugar.
Pero más allá de estas diferencias, la vocación de las izquierdas ha sido siempre de desafío al sistema. Son críticas de las instituciones políticas, cuestionan la "ideología dominante", y expresan, desde siempre, el inconformismo. Estas izquierdas, cuando son "exitosas" políticamente, cambian la faz del sistema de partidos. A veces, sin embargo, fracasan, y se adaptan de tal manera, que luego se vuelven irreconocibles del resto. Muchas veces no consiguen articular los apoyos necesarios, y se terminan adelgazando, volviendo puramente testimoniales. Muchas, muchas veces, han sido salvajemente reprimidas: y la larga historia política de la América Latina del siglo XX abunda en ejemplos.
La representación "de los de abajo" es mucho más antigua que el propio término "izquierda", y al menos, desde la república romana, existieron instituciones destinadas a representar a la plebe. Pero para la izquierda, esto ha sido un destino, una prueba, y una vocación.
Una parte de las izquierdas que conocemos, no empezaron representando a "los de abajo". Difícilmente hubieran sido una opción electoral para los más pobres, o los de menor educación relativa. En general, el núcleo de estas izquierdas (el PT en Brasil, o el FA en Uruguay) estaba en las grandes ciudades, en los más jóvenes, en los educados. No estaba en el campo, ni en los cordones suburbanos, ni era la favorita entre los que no habían llegado a secundaria.
Pero de un modo u otro, eso fue cambiando y, en la mayoría de los países donde hoy gobierna la izquierda, lo hace en buena medida porque conquistó el apoyo "de los de abajo". Los datos de diferenciación social del voto que escuchamos todos los días en las encuestas, nos muestran que, en nuestro país, eso se está dando en forma cada vez más acentuada. Los estratos socioeconómicos medios bajos, bajos, y muy bajos, votan mayoritariamente al Frente Amplio. En cambio, las clases medias altas educadas, y las clases altas, votan hoy, mayoritariamente al Partido Nacional. Esta diferenciación social (que expresa también una fractura social), cuando se vuelve política, ayuda a entender lo que une. Y no hay que olvidar que los más pobres, sólo tienen su voto. Las clases medias y medias altas, educadas, tienen otras miles de maneras de influir en la sociedad. El voto es sólo una más.
Finalmente, lo que une a las izquierdas es la vocación de cambio. Pero esto es lo más difícil de sostener, especialmente cuando la izquierda asume el gobierno. La administración de un país, de su burocracia, de sus cuentas públicas, de sus conflictos, de las relaciones con los vecinos, es tan pero tan difícil de gerenciar todos los días, que cualquier vocación de cambio se erosionará por el camino. Y esto es, hasta cierto punto, esperable. Lo muestran las experiencias de gobiernos de izquierda en algunos de los países de América Latina. Otros, en cambio, han sido más audaces. Y también, mucho más conflictivos.
Es difícil procesar cambios, sin aceptar el conflicto como inevitable. Y existen muchas razones para evitar el conflicto, el riesgo, los cambios de imprevisibles consecuencias. Las fuerzas conservadoras en la naturaleza humana, diría Maquiavelo, son enemigas de la innovación. Si podemos administrar las cosas sin conflictos, ¿no es mejor? ¿A quién le sirve el conflicto? Pero los conflictos son inevitables, si la representación de "los de abajo" tiene algún peso. Cuando no existe conflicto, o existe igualdad (muy improbable), o la desigualdad es tan absoluta, que los que más la padecen, la consideran "natural". En cualquier otra hipótesis, siempre existe conflicto.
En el Uruguay del siglo XXI, con una población relativamente educada, politizada, consciente, y un gobierno de izquierda que ha mostrado que podía administrar el país muchísimo mejor que cualquiera de los que le precedieron (y por ahora, nadie puede afirmar lo contrario, a la vista de los datos de que se dispone), la apuesta por el cambio sube. Pero cuando sube la apuesta por el cambio, también aumenta el riesgo.
Es entonces que "lo que nos une" debe estar más claro que nunca. Para que fortalezca lo nuevo frente a lo viejo, lo que debe cambiar, y lo que debemos dejar de lado, lo que debe nacer, y lo que debe dejar de ser.
* Politóloga. Universidad de la República.
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Dos izquierdas - Esteban Valenti
El ambiente se ha recalentado. Es justo y necesario. Hace tanto tiempo que en la izquierda uruguaya no discutimos muchos, demasiados temas. No creo que haya dos izquierdas, es una simplificación y es un error por eso no utilizo esa definición. Hay muchas izquierdas y hay principios y valores comunes que nos definen como de izquierda.
El concepto mismo no es nacional – no podría serlo – porque la izquierda tuvo y debe tener una vocación universal, aunque se exprese en forma diferente en los diversos países. Por lo tanto es imposible que exista una sola izquierda, habríamos borrado toda la larga y rica historia de la izquierda en el mundo.
Ahora está de moda tomar como referencia un país para sintetizar un proyecto de desarrollo, hubo épocas en que nuestras referencias eran partidos o fuerzas de izquierda. Tanto para elevarlos – a veces demasiado alto – como para precipitarlos – a veces demasiado bajo. La izquierda lleva implico el concepto de pluralidad de visiones.
Hubo tiempos en los que se disputaba la monopolio de la izquierda y se denostaba cualquier desviación, revisión o atrevimiento a los que se apartaban de determinados modelos. Unos ideologizados al máximo otros metodologizados también al mago, o al gatillo. No nos hagamos los olvidadizos.
Hoy estamos en otro mundo. Cayeron muros por todos lados, se levantaron otros y el mundo y la historia sigue andando. Y la izquierda dada por muerta o en total decadencia sigue cabalgando detrás de sus sueños, que tienen orígenes diversos, destinos diversos y métodos diversos. Por lo tanto hay diversas izquierdas. En el Uruguay también.
Lo más sabio de la izquierda o de las izquierdas uruguayas fue el proceso unitario. Haber logrado 38 años de unidad de izquierdas que venían del marxismo, del marxismo leninismo, el socialismo y sus variantes, el socialcristianismo, el nacionalismo, el anarquismo, el batllismo, sectores independientes y en el camino con desgarros y zurcidos incorporar sectores cuya definición básica y su surgimiento fue a partir de la lucha armada, eso es extraordinario. En mi enumerado seguramente me quedo corto. Tal fue la riqueza de la construcción del Frente Amplio.
La unidad en el Frente Amplio fue una respuesta política a dos grandes desafíos nacionales: a la profundidad de la crisis en el Uruguay y en la región y a la incapacidad que cada sector por separado tenía de enfrentar y sobre todo derrotar a los partidos tradicionales expresiones político-sociales del poder en el país.
La unidad no surgió sólo ni principalmente de un acuerdo entre dirigentes, aunque fue fundamental la visión, el gran sentido nacional y la amplitud de los dirigentes para que se concretara. Se fue construyendo a partir de diversas experiencias sociales y culturales. Sin el proceso unitario iniciado algunos años antes en el movimiento sindical, la unidad de la izquierda no se hubiera concretado.
Este conjunto de elementos es lo que comúnmente llamamos la acumulación de fuerzas, es decir la paciente, inteligente e impetuosa construcción del bloque social y político de los cambios, que fue conquistando espacios políticos cada día más importantes, espacios ideales y culturales crecientes. Y que culminó en una etapa fundamental en la conquista del gobierno nacional y de 8 intendencias.
Por primera vez en nuestra historia vamos a una elección desde el ejercicio del gobierno nacional. Y la prueba la hemos superado ampliamente y con creces. En lo social, en la economía, en las reformas estructurales, en amplios sectores de la actividad nacional. Nos queda mucho por hacer, y también hemos tenido retrasos en algunas áreas, lentitudes, errores y aprendizajes demasiado lentos. No sólo estamos inconformes por método, porque ser de izquierda implica querer, reclamar siempre más y mejor, también porque tenemos sentido crítico de nosotros mismos.
La otra gran diferencia con elecciones anteriores es que vamos a unas “internas” con tres candidatos que notoriamente tienen diferencias. No diferencias que surgieron a partir de las internas, sino que se manifestaron antes, durante el gobierno y que comienzan a expresarse ahora en los debates y en las propuestas. Pobre izquierda, si fuera a las elecciones internas simplemente porque hay diferencias de personalidades, de estilos, de apetitos de poder o de “clase”. Sería el principio del fin.
Vamos a las elecciones internas porque tenemos diversos enfoques sobre temas importantes y algunos quieran confundir la unidad con el silencio y la hipocresía o algo mucho peor: con hacer una parodia para consumo popular lejos del verdadero debate reservado a las cúpulas. El pueblo frenteamplista – aunque en algunos casos se sienta incomodo – debe tener todos los elementos para decidir su voto.
Hay un tercer elemento en estas elecciones que emerge de ese debate, de las posiciones expuestas, de los proyectos políticos de las diversas izquierdas agrupadas o dispersas que juegan en esta campaña: es una modificación radical de la correlación de fuerza dentro de las diversas izquierdas, y el predominio a todos los niveles de un bloque. Ese sería el cambio más radical y profundo desde que se formó el Frente Amplio.
Algunos consideran que decir esto es atentar contra la unidad. Me disculpo. Yo considero que la hegemonía en toda la línea, es decir en el gobierno, en el Frente Amplio, en el parlamento de un bloque compuesto básicamente por dos de los grupos del FA, es un cambio radical con el pasado.
¿Hubo otros grupos hegemónicos en el FA? Hubo grupos mayoritarios, incluso uno que llegó a tener el 48% de los votos y más del 60% de los delegados en un Congreso del Frente Amplio, pero que en ningún caso impuso su voluntad y sus decisiones a los restantes sectores. Negoció y siempre tuvo el contrapeso de los otros sectores y sobre todo de una presidencia del FA muy potente y decisiva.
Ahora ese bloque que disputa la hegemonía en el FA incluso nació a partir de fuertes contradicciones con el propio Presidente de la República. Y aunque hoy eso ya no se exprese cotidianamente, nadie puede negar esa realidad y ese origen.
Ese agrupamiento no se diferencia sólo por este proceso hegemónico que puede cambiar radicalmente al propio Frente Amplio, sino por sus propuestas, algunas de sus ideas que han circulado en estas semanas, por su manejo de las relaciones internacionales totalmente por afuera de las propias prioridades del gobierno nacional y muchas otras cosas y hasta por su propia visión antropológica del socialismo (que ya le dedicaremos el espacio necesario para polemizar con algunos exegetas) implican un corte abrupto con la historia construida en forma colectiva y común por las diferentes izquierdas. Y ese es el tercer gran desafío de esta elección.
En Bitácora publicamos la semana pasada un artículo enviado desde Argentina que tiene su propia interpretación del surgimiento de este proceso. Más allá de los exabruptos típicos de cierta la política argentina, acostumbrada a cortar grueso lo cierto es que intenta una explicación más de fondo de este bloque y su líder, sobre todo desde el punto de vista ideológico. Sería interesante conocer la visión de una de las componentes del bloque, el Partido Comunista, sobre esa interpretación nacionalista que pone en la misma bolsa al Che, Perón, Herrera, Rosas, San Martín, Artigas y Mujica.
Las teorías, las predicciones políticas tienen una sola forma de fracasar y dos de demostrarse correctas. Una es por las buenas, es decir evitamos este hegemonismo y su cambio radical en la tradición unitaria de las diversas izquierdas uruguayas o no logramos evitarlo y esperamos sus resultados y sus consecuencias. En este último caso espero desde lo más profundo de mi sensibilidad, desde mis 46 años de militancia que me equivoque. Que me equivoque en toda la línea.
(*) Periodista, escritor, coordinador de Bitácora. Uruguay PD. Dejo para cuando haya buen tiempo algunas polémicas con los que basan todo en el origen “protestante” y de Colonia Suiza (¿???) y a otros que la ven desde China. Mi Dios si a los chinos y su tradición campesina les hubiera dado por avanzar hacia el encuentro de los bosquimnos. Donde estaría el mundo.
En cuanto a la gentileza del compañero Fernández Huidobro cuando en un reportaje en La República afirma que "el error lo cometió su vociferante asesor Esteban Valenti, al cual creo que también lo van a tener que echar... Con todo el respeto que le tengo a Valenti, hay que decir que en este caso ha fracasado estrepitosamente desde el punto de vista profesional; él también tendrá que devolver la plata, o pedir prórroga (se ríe)...como hacemos los uruguayos” Menos mal que me tiene respeto... Lo que no tiene de que preocuparse es sobre asumir mis responsabilidades, lo hago siempre, cosas que no todos acostumbran. Plata no tengo que devolver porque yo lo hago como militante, dudo que sea lo mismo del otro lado. Reitero que no creo que haya dos izquierdas, pero no tengo dudas que yo no estoy en la izquierda que le hace las porquerías que le hicieron a Nicolini y las que le están haciendo ahora a Fernández Huidobro y sus compañeros de la CAP-L expulsándolo de las listas oficiales de la 609. Eso si, no vociferan, lo hacen de callados.
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miércoles, 20 de mayo de 2009
lunes, 27 de abril de 2009
621 - 11-09 - Polis - ¿Cuántos y quiénes votarán en junio? - Daniel Chasquetti
* parte de ciertos consejos
para leer las encuestas, a
tomar en cuenta, red.
En países donde el voto no es obligatorio, como por ejemplo Estados Unidos, España, Francia o Colombia, los ciudadanos que participan en las elecciones presentan atributos más o menos similares: son ciudadanos bastante informados, interesados en política, y con un nivel educativo medio o alto. En nuestro país –y también en casi todo occidente-, el nivel educativo de las personas tiende a correlacionar con el ingreso económico, por lo cual los menos educados (por ejemplo, con sólo primaria concluida) son al mismo tiempo pobres. Este segmento de la población normalmente participa poco de los asuntos públicos y cuando lo hace es porque los partidos son capaces de movilizarlos mediante algún tipo de persuasión de carácter ideológico, político o material. La experiencia internacional indica que los niveles de participación en elecciones con voto no obligatorio suelen ser bajos y oscilar entre el 40% y el 60% de los habilitados. La variación entre uno y otro extremo responde en general al nivel de competencia observado en la contienda.
En nuestro país, la participación ciudadana con voto no obligatorio ha sido poco estudiada, fundamentalmente porque los investigadores radican su interés en las elecciones nacionales, donde se define la presidencia y la composición del parlamento. Los últimos resultados de las encuestas de opinión pública, dejan muy en claro que el nivel de participación será decisivo en las internas de junio. Una mayor participación puede beneficiar a unos y perjudicar a otros. En virtud de esta constatación, me tomo aquí la libertad de ensayar una muy sencilla especulación sobre el nivel de participación que podría alcanzar la elección de junio y las características que pueden tener las personas que en ella participen.
Participación. En el estreno del nuevo sistema electoral, realizado en abril de 1999, participaron 1.289.817 personas, o sea, un 53,7% de los 2.399.707 habilitados. Cinco años más tarde, en junio de 2004, fueron a las urnas 1.134.606 personas, esto es un 45,9% de los 2.471.390 habilitados. Ambos porcentajes son infinitamente más bajos si se los compara con los registrados en las elecciones nacionales con voto obligatorio, donde la población que acude a votar nunca baja del 92%.
En mi opinión, un buen abordaje para saber cuánta gente votará en la próxima elección de junio consiste en considerar a la participación como una función del nivel de competencia que muestren las carreras internas de los partidos. Dicho de otro modo, a mayor competencia intrapartidaria, mayor será el grado de participación en la contienda. Si esto es así, podríamos esperar que en la próxima elección se registren niveles superiores a los alcanzados en las instancias anteriores. Veamos por qué.
En abril de 1999, hubo una gran competencia entre Batlle y Hierro en el Partido Colorado (55% a 44%); una competencia no tan pareja aunque escandalosa, y por tanto muy comentada, en el Partido Nacional, entre Lacalle y Ramírez (48% a 32%); y en el Frente Amplio an sólo una competencia formal entre el candidato oficial, Tabaré Vázquez, y su desafiante, Danilo Astori (82% a 18%). En junio de 2004, el nivel de competitividad de las primarias fue sensiblemente inferior. El Frente Amplio tuvo un candidato único, el Partido Nacional generó la única gran batalla que se definió a favor de Larrañaga (66% a 33%), y en el Partido Colorado la competencia fue ficticia (Stirling alcanzó el 91% y su más inmediato perseguidor, Alberto Iglesias, obtuvo sólo un 7%). Por tanto, en el primer caso tuvimos un partido con una interna competitiva, un segundo partido con una interna moderadamente competitiva y un tercero casi sin competencia. El nivel general de competencia fue entonces moderado y la participación fue algo superior al 53%. En 2004, sólo un partido contó con competencia efectiva, un segundo casi no la tuvo, y un tercero presentó un candidato único. El nivel general de competencia fue mínimo y ello redundó en una tasa de participación del 45%.
Las encuestas recientes muestran que las internas 2009 están siendo mucho más competitivas que sus versiones anteriores. Es cierto que en el Partido Colorado la distancia entre el primero y el segundo es muy holgada, pero en los restantes partidos se mantiene todavía la incertidumbre sobre el resultado final. Con este escenario, cabe esperar un aumento de la proporción de votantes respecto al nivel máximo observado en 1999. Un diagnóstico razonable debería ubicar el piso de participación en un 54% (similar al de abril de 1999) y el techo en un 65%, según lo muestran las últimas encuestas. Estas cifras muestran que el número de participantes puede variar sustantivamente (hasta en diez puntos) y esto, a mi juicio, responde a factores tales como el mantenimiento del nivel actual de competencia hasta la semana previa a la elección, el peso que muestren las maquinarias electorales de los partidos, y la existencia o no de hechos fortuitos (como por ejemplo un día de sol o un día de lluvia).
Participantes. Sabemos que en una interna sin voto obligatorio participa normalmente el público más informado e interesado en política. En este conjunto están los ciudadanos con definición ideológica y proximidad a los partidos. Por ejemplo, en noviembre de 2006, el Frente Amplio realizó la elección de su Plenario Nacional y participaron más de 200 mil ciudadanos. Al año siguiente, los partidos tradicionales realizaron las elecciones juveniles y participaron en cada colectividad más de 40 mil personas. Este público integra el núcleo duro del sistema político y es seguro que se hará presente el último domingo de junio. Pero el público interesado en política no se agota entre los adherentes y simpatizantes de los partidos. Este segmento es algo mayor que el anterior y cuenta con algunos rasgos muy específicos: un nivel educativo medio y alto, ingresos también medios y altos. Para este segmento la elección de junio suele ser más un deber que un derecho.
Pero normalmente en las internas también participará otro segmento del electorado que no tiene nada que ver con el descripto anteriormente. Me refiero al público poco interesado en política, con poca educación y bajos niveles de ingresos. Este público es bastante mayor que el anterior y concurre a votar sólo si existe una razón sustantiva. Quien ofrece esos argumentos suelen ser los partidos, a través de su militancia cara a cara. Por esa razón, el porcentaje de ciudadanos pertenecientes a este segmento que puede concurrir a votar variará según la intensidad de la campaña electoral y la capacidad de penetración de las estructuras partidarias. Despertar a este público –ponerlo al tanto del asunto público- tiene un costo grande que algunos candidatos parecen haber asumido. Las bicicleteadas de Mujica en zonas periféricas de la capital están orientadas a cumplir con esa meta. Un atajo bastante eficaz es la publicidad televisiva, porque este público consume ávidamente la cajita mágica. Sin embargo, nada sustituye al cultivo sistemático (recorrida por los barrios y diálogo cara a cara) de estos sectores.
Finalmente, para este público, la concurrencia a votar en una elección no obligatoria representa obviamente un costo, ya sea en pérdida de tiempo o en inversión monetaria para pagar un boleto de ómnibus. Por esa razón, los partidos políticos que deseen movilizarlo deberán asumir la nada sencilla tarea de trasladarlos y solventar los gastos. Las maquinarias electorales de los partidos pueden en este aspecto, hacer una diferencia.
Para los candidatos que cuenten con poca estructura, la estrategia más lógica será la disputa de los sectores medios y medio-altos. Llegar con su voz a este segmento no representa un costo tan alto porque en ese sentido, los medios de comunicación y la publicidad en las grandes arterias, facilitan las cosas. Deberían saber esos candidatos que el costo de movilizar a los sectores más pobres y menos educados de la población tiene un costo alto, aunque como ya se ha dicho, quien lo logre tendrá una ventaja sustantiva que puede llegar a determinar la victoria.
Veamos como funciona todo esto en las dos internas más competitivas.
Partido Nacional. Las encuestas muestran que Lacalle le gana a Larrañaga con comodidad en los segmentos altos de la población. En cambio, Larrañaga vence apretadamente a Lacalle en los estratos bajos. Los sectores medios son el escenario principal de disputa en la interna blanca. Las maquinarias electorales del Herrerismo y de Alianza Nacional están desde hace tiempo orientadas a conseguir ese voto, sobre todo en el interior del país, donde la estructura de caudillos y dirigentes intermedios se mantiene intacta. Pero en esos despliegues, las maquinarias parecen también estar operando sobre los sectores bajos, en virtud de que ellos saben que quién los consiga ganará la elección interna. La lucha seguirá siendo palmo a palmo pese a la pequeña ventaja que el ex presidente ha sacado. No existen razones para creer que la contienda ya tiene un ganador.
Frente Amplio. Las encuestas muestran que Mujica destroza a sus rivales en el segmento menos educado y por tanto más pobre de la población. Gana en forma ajustada en los sectores medios, y pierde con Astori en los altos. Para ganar, el líder del MPP deberá efectivamente movilizar a los sectores más pobres y mantener su ventaja en los sectores medios. La estructura del electorado de Astori es exactamente al revés. Para ganar, el líder de Asamblea Uruguay deberá revertir su situación en los estratos medios y esperar que la maquinaria electoral emepepista-comunista no tenga grandes éxitos en junio. Esto funciona más o menos así. Si en junio vota, por ejemplo, el 60% de los habilitados y el Frente Amplio consigue algo más del 45% de los votos, la candidatura presidencial será para aquél candidato que supere los 380 o 400 mil votos. El único antecedente que tenemos para razonar en estos términos son las elecciones del Plenario Nacional del año 2006, cuando el MPP y el PCU lograron el apoyo de casi 100 mil ciudadanos, en su gran mayoría interesadas en política y cercanos al Frente Amplio como partido. En esa oportunidad no se elegía el candidato a la presidencia y el entusiasmo y compromiso de la militancia era obviamente menor. Con una máquina más afinada, como creo que tendrán estos sectores, el resultado garantizado podría ser tal vez la movilización del doble de votantes. El resto de la votación de Mujica saldría de los sectores medios y bajos de la población que irían por su propia convicción a votar. La estrategia de Mujica parece estar enfocada en ese rumbo. La batalla con Astori estará entonces planteada en el primer segmento, aunque el esfuerzo militante de los partidarios emepepistas estará seguramente en el segundo.
para leer las encuestas, a
tomar en cuenta, red.
En países donde el voto no es obligatorio, como por ejemplo Estados Unidos, España, Francia o Colombia, los ciudadanos que participan en las elecciones presentan atributos más o menos similares: son ciudadanos bastante informados, interesados en política, y con un nivel educativo medio o alto. En nuestro país –y también en casi todo occidente-, el nivel educativo de las personas tiende a correlacionar con el ingreso económico, por lo cual los menos educados (por ejemplo, con sólo primaria concluida) son al mismo tiempo pobres. Este segmento de la población normalmente participa poco de los asuntos públicos y cuando lo hace es porque los partidos son capaces de movilizarlos mediante algún tipo de persuasión de carácter ideológico, político o material. La experiencia internacional indica que los niveles de participación en elecciones con voto no obligatorio suelen ser bajos y oscilar entre el 40% y el 60% de los habilitados. La variación entre uno y otro extremo responde en general al nivel de competencia observado en la contienda.
En nuestro país, la participación ciudadana con voto no obligatorio ha sido poco estudiada, fundamentalmente porque los investigadores radican su interés en las elecciones nacionales, donde se define la presidencia y la composición del parlamento. Los últimos resultados de las encuestas de opinión pública, dejan muy en claro que el nivel de participación será decisivo en las internas de junio. Una mayor participación puede beneficiar a unos y perjudicar a otros. En virtud de esta constatación, me tomo aquí la libertad de ensayar una muy sencilla especulación sobre el nivel de participación que podría alcanzar la elección de junio y las características que pueden tener las personas que en ella participen.
Participación. En el estreno del nuevo sistema electoral, realizado en abril de 1999, participaron 1.289.817 personas, o sea, un 53,7% de los 2.399.707 habilitados. Cinco años más tarde, en junio de 2004, fueron a las urnas 1.134.606 personas, esto es un 45,9% de los 2.471.390 habilitados. Ambos porcentajes son infinitamente más bajos si se los compara con los registrados en las elecciones nacionales con voto obligatorio, donde la población que acude a votar nunca baja del 92%.
En mi opinión, un buen abordaje para saber cuánta gente votará en la próxima elección de junio consiste en considerar a la participación como una función del nivel de competencia que muestren las carreras internas de los partidos. Dicho de otro modo, a mayor competencia intrapartidaria, mayor será el grado de participación en la contienda. Si esto es así, podríamos esperar que en la próxima elección se registren niveles superiores a los alcanzados en las instancias anteriores. Veamos por qué.
En abril de 1999, hubo una gran competencia entre Batlle y Hierro en el Partido Colorado (55% a 44%); una competencia no tan pareja aunque escandalosa, y por tanto muy comentada, en el Partido Nacional, entre Lacalle y Ramírez (48% a 32%); y en el Frente Amplio an sólo una competencia formal entre el candidato oficial, Tabaré Vázquez, y su desafiante, Danilo Astori (82% a 18%). En junio de 2004, el nivel de competitividad de las primarias fue sensiblemente inferior. El Frente Amplio tuvo un candidato único, el Partido Nacional generó la única gran batalla que se definió a favor de Larrañaga (66% a 33%), y en el Partido Colorado la competencia fue ficticia (Stirling alcanzó el 91% y su más inmediato perseguidor, Alberto Iglesias, obtuvo sólo un 7%). Por tanto, en el primer caso tuvimos un partido con una interna competitiva, un segundo partido con una interna moderadamente competitiva y un tercero casi sin competencia. El nivel general de competencia fue entonces moderado y la participación fue algo superior al 53%. En 2004, sólo un partido contó con competencia efectiva, un segundo casi no la tuvo, y un tercero presentó un candidato único. El nivel general de competencia fue mínimo y ello redundó en una tasa de participación del 45%.
Las encuestas recientes muestran que las internas 2009 están siendo mucho más competitivas que sus versiones anteriores. Es cierto que en el Partido Colorado la distancia entre el primero y el segundo es muy holgada, pero en los restantes partidos se mantiene todavía la incertidumbre sobre el resultado final. Con este escenario, cabe esperar un aumento de la proporción de votantes respecto al nivel máximo observado en 1999. Un diagnóstico razonable debería ubicar el piso de participación en un 54% (similar al de abril de 1999) y el techo en un 65%, según lo muestran las últimas encuestas. Estas cifras muestran que el número de participantes puede variar sustantivamente (hasta en diez puntos) y esto, a mi juicio, responde a factores tales como el mantenimiento del nivel actual de competencia hasta la semana previa a la elección, el peso que muestren las maquinarias electorales de los partidos, y la existencia o no de hechos fortuitos (como por ejemplo un día de sol o un día de lluvia).
Participantes. Sabemos que en una interna sin voto obligatorio participa normalmente el público más informado e interesado en política. En este conjunto están los ciudadanos con definición ideológica y proximidad a los partidos. Por ejemplo, en noviembre de 2006, el Frente Amplio realizó la elección de su Plenario Nacional y participaron más de 200 mil ciudadanos. Al año siguiente, los partidos tradicionales realizaron las elecciones juveniles y participaron en cada colectividad más de 40 mil personas. Este público integra el núcleo duro del sistema político y es seguro que se hará presente el último domingo de junio. Pero el público interesado en política no se agota entre los adherentes y simpatizantes de los partidos. Este segmento es algo mayor que el anterior y cuenta con algunos rasgos muy específicos: un nivel educativo medio y alto, ingresos también medios y altos. Para este segmento la elección de junio suele ser más un deber que un derecho.
Pero normalmente en las internas también participará otro segmento del electorado que no tiene nada que ver con el descripto anteriormente. Me refiero al público poco interesado en política, con poca educación y bajos niveles de ingresos. Este público es bastante mayor que el anterior y concurre a votar sólo si existe una razón sustantiva. Quien ofrece esos argumentos suelen ser los partidos, a través de su militancia cara a cara. Por esa razón, el porcentaje de ciudadanos pertenecientes a este segmento que puede concurrir a votar variará según la intensidad de la campaña electoral y la capacidad de penetración de las estructuras partidarias. Despertar a este público –ponerlo al tanto del asunto público- tiene un costo grande que algunos candidatos parecen haber asumido. Las bicicleteadas de Mujica en zonas periféricas de la capital están orientadas a cumplir con esa meta. Un atajo bastante eficaz es la publicidad televisiva, porque este público consume ávidamente la cajita mágica. Sin embargo, nada sustituye al cultivo sistemático (recorrida por los barrios y diálogo cara a cara) de estos sectores.
Finalmente, para este público, la concurrencia a votar en una elección no obligatoria representa obviamente un costo, ya sea en pérdida de tiempo o en inversión monetaria para pagar un boleto de ómnibus. Por esa razón, los partidos políticos que deseen movilizarlo deberán asumir la nada sencilla tarea de trasladarlos y solventar los gastos. Las maquinarias electorales de los partidos pueden en este aspecto, hacer una diferencia.
Para los candidatos que cuenten con poca estructura, la estrategia más lógica será la disputa de los sectores medios y medio-altos. Llegar con su voz a este segmento no representa un costo tan alto porque en ese sentido, los medios de comunicación y la publicidad en las grandes arterias, facilitan las cosas. Deberían saber esos candidatos que el costo de movilizar a los sectores más pobres y menos educados de la población tiene un costo alto, aunque como ya se ha dicho, quien lo logre tendrá una ventaja sustantiva que puede llegar a determinar la victoria.
Veamos como funciona todo esto en las dos internas más competitivas.
Partido Nacional. Las encuestas muestran que Lacalle le gana a Larrañaga con comodidad en los segmentos altos de la población. En cambio, Larrañaga vence apretadamente a Lacalle en los estratos bajos. Los sectores medios son el escenario principal de disputa en la interna blanca. Las maquinarias electorales del Herrerismo y de Alianza Nacional están desde hace tiempo orientadas a conseguir ese voto, sobre todo en el interior del país, donde la estructura de caudillos y dirigentes intermedios se mantiene intacta. Pero en esos despliegues, las maquinarias parecen también estar operando sobre los sectores bajos, en virtud de que ellos saben que quién los consiga ganará la elección interna. La lucha seguirá siendo palmo a palmo pese a la pequeña ventaja que el ex presidente ha sacado. No existen razones para creer que la contienda ya tiene un ganador.
Frente Amplio. Las encuestas muestran que Mujica destroza a sus rivales en el segmento menos educado y por tanto más pobre de la población. Gana en forma ajustada en los sectores medios, y pierde con Astori en los altos. Para ganar, el líder del MPP deberá efectivamente movilizar a los sectores más pobres y mantener su ventaja en los sectores medios. La estructura del electorado de Astori es exactamente al revés. Para ganar, el líder de Asamblea Uruguay deberá revertir su situación en los estratos medios y esperar que la maquinaria electoral emepepista-comunista no tenga grandes éxitos en junio. Esto funciona más o menos así. Si en junio vota, por ejemplo, el 60% de los habilitados y el Frente Amplio consigue algo más del 45% de los votos, la candidatura presidencial será para aquél candidato que supere los 380 o 400 mil votos. El único antecedente que tenemos para razonar en estos términos son las elecciones del Plenario Nacional del año 2006, cuando el MPP y el PCU lograron el apoyo de casi 100 mil ciudadanos, en su gran mayoría interesadas en política y cercanos al Frente Amplio como partido. En esa oportunidad no se elegía el candidato a la presidencia y el entusiasmo y compromiso de la militancia era obviamente menor. Con una máquina más afinada, como creo que tendrán estos sectores, el resultado garantizado podría ser tal vez la movilización del doble de votantes. El resto de la votación de Mujica saldría de los sectores medios y bajos de la población que irían por su propia convicción a votar. La estrategia de Mujica parece estar enfocada en ese rumbo. La batalla con Astori estará entonces planteada en el primer segmento, aunque el esfuerzo militante de los partidarios emepepistas estará seguramente en el segundo.
620 - 10-09 - Polis - El destino de la izquierda uruguaya - Esteban Valenti
* COMO en casi toda polis, subyace y se explicita una polémiva,
bienvenidos los polemos!!!!!!, red
Como voy a tratar de decir cosas pesadas y graves no sé si lo lograré o si me atreveré , me siento en la necesidad de hacer algunas aclaraciones previas. No creo en el tremendismo y en el efectismo, no vengo ni de esa cultura política ni la he practicado.
Si me interrogo sobre el destino de la izquierda uruguaya, me estoy interrogando en definitiva sobre el destino nacional - por la importancia que la izquierda asumió en el país - y me estoy preguntando sobre mi propio destino personal. Y con esas cosas no jugueteo.
Otras premisas. No creo en absoluto que José Mujica y sus más directos compañeros sean un grupo de primitivos e incultos que encontraron una veta para captar determinados sectores de la sociedad uruguaya. Al contrario, lo he dicho y lo reafirmo nuevamente, tienen una visión estratégica, política e incluso antropológica de la política y la sociedad uruguaya. Con las que yo tengo pocas coincidencias. Esta campaña electoral ha profundizado mis diferencias.
Tampoco comparto la idea bastante extendida en sectores de la izquierda de que Mujica comete errores en forma permanente. Creo que es inteligente, sagaz y que incluso trata de demostrarlo de manera permanente, no quiere quedar prisionero de una imagen primitiva y tosca. Y creo que su estrategia de emitir opiniones de impacto de manera permanente no es una táctica, ni una postura circunstancial, es parte esencial de una estrategia para dar la batalla cultural y política. Y que en especial Fernández Huidobro le agrega aspectos emocionales y reconstrucciones históricas funcionales a esa estrategia. En eso son profundamente auténticos. Con estos aspectos y sus definiciones tengo diferencias todavía más profundas.
Nuestro destino
Ahora vayamos a la pregunta de fondo sobre el destino de la izquierda uruguaya. Partiendo naturalmente de dos factores que se cruzan siempre y en particular en este momento: historia y futuro, tradiciones y proyectos políticos, sociales y culturales.
La izquierda uruguaya hoy – y las elecciones son simplemente un episodio más, muy importante, pero totalmente parcial – está ante una alternativa como no se registraba desde la década de finales de los años 60, pero desde el punto de vista cultural e ideológico mucho más profunda. En aquellos tiempos había líneas constantes y “duras”, que nos condicionaban a todos. Hoy, no existen o se han diluido.
No creo que ante un tema de estas dimensiones se deba recurrir a las simplificaciones, pero para tener una dimensión completa de lo que voy a referir invito a los lectores a leer la entrevista al senador Mujica en la radio el Espectador del 13 de abril de este año http://www.espectador.com/1v4_contenido.php?id=148841&sts=1 Como verán tomé en cuenta las definiciones más recientes.
Hay que partir de la total coherencia de todas las afirmaciones allí contenidas. Dice cosas y las reafirma y fundamenta. Y aprovechando voy a referirme a la famosa frase sobre “como te digo una cosa te digo la otra”. No es un “error” es parte esencial de una visión metodológica, de un pragmatismo esencial, de la necesidad de tener siempre la capacidad de que el “sentido común” y la comunicación con los diversos interlocutores sea la prioridad absoluta. Y en ese sentido comparto la opinión del gran semiólogo Roland Barthes “el sentido común trafica ideología”
Los Kung San (ver la publicación del artículo sobre este tema incluida en esta edición de Bitácora)
La idea y la referencia a los “Kung San”, los bosquimanos, expresada como modelo o proyecto –obviamente adaptado a la sociedad uruguaya – es absolutamente congenial con la propuesta de traer pastores bolivianos, peruanos indígenas pobres para poblar el campo uruguayo. A eso se refiere incluso en su reportaje de El Espectador. Es transparente, claro y sólo el que no quiere o se hace el distraído, deja de verlo. Es parte esencial de una visión de la sociedad uruguaya.
Su visión de que sus colaboradores más cercanos en el gobierno, incluyendo ministros, deben aceptar vivir con 20.000 pesos mensuales, su forma de vida en una chacra de las afuera de Montevideo y todo su estilo de vida es coherente con esa visión política y antropológica. Lo ha repetido hasta el cansancio. No es ninguna caricatura.
Incluso algunos episodios y reconocimientos asombrados sobre la industria turística o su visión sobre la discriminación de “clase” de la que sería objeto en el Frente Amplio son parte de su visión. El papel que le atribuye o que critica de los abogados, los escribanos, los economistas, corresponden a ese diseño. Hay que reconocerle nuevamente su coherencia, no son elementos episódicos. Y no son descripciones de la realidad, son su propia visión de la sociedad a la que el aspira en el Uruguay, al socialismo a su estilo y definición que es su meta. Lo ha dicho explícitamente
En cuanto a temas más lejanos, como la historia, o el manejo de la tecnología y la ciencia no escapan a esta visión integrada y completa – que podremos discutir y polemizar – pero que hay que reconocer que no las oculta en absoluto. La reivindicación permanente de su pasado tupamaro, hasta el relato hecho por Fernández Huidobro sobre el postrero aporte de Raúl Sendic, ya al borde de su muerte, al referéndum contra la ley de caducidad, son de una claridad meridiana. Recomiendo su lectura en la contratapa de La República http://www.larepublica.com.uy/contratapa/360295-veinte-anos.
Podría agregar otros muchos elementos, pero me parece que estos son representativos de un pensamiento, de una forma de ver la sociedad uruguaya y en cierto sentido, el mundo en su conjunto.
La violencia y la ideología
Aclaración: si pensara que lo que está en juego es una visión básica de democracia lo diría explícitamente. No necesito explicar las razones. Existe otra constante en el razonamiento y en la práctica que corresponde a esta visión ideológica y política, es el uso y abuso de los elementos administrativos y coercitivos del Estado en la vida social y a nivel político, cierta forma de prepotencia. Este último elemento se corresponde casi siempre con esas visiones globales y totales del destino del mundo.
Los ejemplos de este uso y abuso de los instrumentos administrativos y coercitivos del control – que son formas de empobrecimiento de la práctica y de las ideas de la democracia – se expresan en la propuesta de una policía administrativa para resolver las limitaciones burocráticas, las reacciones frente al tema de las drogas y los jóvenes o por ejemplo, el reclamo de controlar la acción de las encuestadoras de opinión pública. Todas cosas que están al borde.
Estas formas de actuación prepotente, no tanto de Mujica sino de su barra chica tienen por otro lado connotaciones en la lucha política. Las tuvieron en la interna del MPP con el caso Nicolini, con otros casos de ajustes de cuentas dentro del Frente Amplio. La lista es bastante amplia.
La base de todo refiere a una visión de que hay que defender la pureza y esa supuesta pureza ideológica puede llegar a justificar demasiadas cosas, algunas realmente no tan santas. Esa reivindicación de la “pureza” la hizo explícitamente Julio Marenales, hace algunos años, en un reportaje desde el interior del país, al atribuirle a la falta de cuadros del MLN las carencias de la IM de Montevideo.
La experiencia concreta y palpable no podía ser peor. El cerco que se le impuso a una excelente persona y profesional como Ricardo Ehrlich por parte de la “barra chica”, dio resultados nefastos. Pero la pureza estuvo a buen resguardo.
Los resultados y sus causas.
Repetiré una frase desgastada: las mayorías no dan la razón. Son un elemento importante, pero sólo miradas en el largo proceso de la historia marcan tendencias y derroteros maestros. Aquí, en Uruguay, no sabemos todavía dónde terminaremos, pero no hay duda que esta corriente tiene hoy una enorme fuerza en el país y en la izquierda uruguaya. Desconocerlo sería estúpido y miope.
La otra comprobación es que han logrado prácticamente absorber en su proyecto nada menos que al que fuera el más grande partido de la izquierda uruguaya y con un peso cultural, ideológico, social y político muy importante en el pasado, el Partido Comunista. Nadie todavía puede arriesgar un pronóstico sobre la relación de fuerzas dentro del conglomerado que apoya a Mujica, pero lo más importante no es sólo la supeditación cuantitativa sino la total victoria y sometimiento ideológico y sobre la propia historia. Es realmente asombroso. Merecería análisis más detallados. El cambio en este sentido es total, no es táctico y es mucho más profundo que el que se produjo luego de la crisis de los años 90 en el PCU.
¿Cuáles son las causas de este crecimiento? Obviamente no hay una sola causa, pero para entender el proceso hay que tratar de encontrar respuestas. Yo ensayo algunas.
Ante una izquierda que en muchos casos está todavía shockeada por la caída del muro, que se ha replegado de una visión integral y de propuestas audaces y a largo plazo sobre las alternativas al sistema - en particular en los partidos marxistas o de origen marxista-, hay que reconocer que esta visión integral y una estrategia de apoyo consecuente y constante son una importante ventaja, y es precisamente con esa ideología en su conjunto y no con sus episodios que yo estoy radical y profundamente en desacuerdo, y la considero muy negativa para la sociedad uruguaya y para la izquierda de este país. Es más, me cuesta mucho reconocer sus raíces progresistas. Soy consciente de la gravedad de esta afirmación.
La pobreza del debate ideológico incluso de la investigación y la reconstrucción histórica de los grandes partidos, pero sobre todo del PCU y más en general de la diáspora comunista – entre los que me incluyo – dejó el vacío necesario para que lo ocupara una reconstrucción totalmente parcial del período previo a la dictadura y sobre todo, durante la dictadura. Al punto que si se hiciera una encuesta sobre quiénes combatieron a la dictadura del 73 al 84 en el Uruguay, un sector muy importante de los uruguayos dirán que fueron los tupamaros. Y no es culpa de ellos esta grave deformación, es entera responsabilidad nuestra, del resto.
Yo sentí una profunda vergüenza cuando en una intervención de Gerardo Caetano en un homenaje a Arismendi reivindicó el PCU en la lucha contra la dictadura pero sobre todo, que el eje de la represión fueron los comunistas. Estaba haciendo, como historiador y hombre de izquierda, lo que no fuimos capaces de hacer nosotros. Me incluyo en primera persona, asumo mis culpas.
Hay un elemento cultural-social que hay que incorporar al análisis: la sociedad uruguaya ha cambiado profundamente, su relación con la política, con la lucha de ideas, con los líderes y con elementos complejos como el conjunto de las causas colectivas se ha modificado profundamente. Se ha empobrecido en todos los planos. El proyecto Mujica ha logrado captar y reaccionar perfectamente esos cambios y darle respuestas, claras, simples y sobre todo, transmitir un humor, una sensación general y difusa pero muy fuerte. Asumamos otro hecho: el proyecto está basado esencialmente en la figura de Mujica, del “Pepe” que no es un nombre, es todo un mensaje. Su fuerza está más que en su propuesta, en su identidad.
¿Es marketing o filosofía? No despreciemos a los uruguayos, son nuestros compatriotas en todos sus matices y contradicciones. Es capacidad de comunicación y sobre todo, es política.
Y es a este último elemento esencial que me voy a referir en las causas del proceso. Nos equivocamos, creíamos que sólo o fundamentalmente desde el gobierno podíamos hacer política de izquierda y ése fue un grave error. El vacío sustantivo dejado durante cuatro años por el Frente Amplio, en su imprescindible batalla política y cultural en la sociedad uruguaya, fue ocupado por una figura, un mensaje y en mucho menor medida por algunos aparatos.
Mientras la batalla del FA debía ser contra las ideas de la derecha, contra la derecha como elemento político, para construir una base socio-político cultural del cambio y de la izquierda, más fuerte, más profunda, más arraigada, el eje se desplazó en otra dirección y tuvo a Mujica -y en menor medida al MPP y al MLN- como sus protagonistas. Y esos errores se pagan, duro.
La derecha lo ha comprendido perfectamente, sabe a ciencia cierta que contra la izquierda “Vázquez” (para sintetizar) con todos sus matices y diferencias, es imposible triunfar en las próximas elecciones. Apuesta todas sus cartas a triunfar sobre la izquierda “Mujica”. La izquierda “Vazquez” está hoy representada tanto por Astori como por Carámbula. Y todos lo sabemos, aunque hagamos cuentas electorales.
¿Y?
No estoy para describir la situación o interpretarla, quiero seguir siendo un actor, alguien que se involucra. Y tengo claro una cosa y quiero asumirla explícitamente, quiero quemar las naves, o mejor dicho la única que me queda: si en junio triunfa ese proyecto me sentiré derrotado y responsable directo de esa derrota. No abandonaré la lucha porque es parte esencial de mi vida, pero cambiarán mis prioridades. Es posible que esto alegre a unos cuantos, pero lo que quiero significar es la profundidad de lo que creo que está en juego. Al menos para mi. Y hoy no me siento para nada derrotado, si introduzco este elemento ideológico, si no me acomodo es porque creo en primer lugar en las ideas y en segundo lugar porque considero que se puede ganar. En ese orden.
Estoy absolutamente convencido que es una batalla que está todavía en curso y que hay posibilidades ciertas y concretas de ganarla, cada día que pasa me entusiasmo un poco más en este difícil proceso y encuentro en muchos, muchos compañeros, la misma vieja y querida pasión de siempre y de ahora. Me ha rejuvenecido la vida y la política. Cosa nada fácil.
Es una batalla que para mi va mucho más allá de una simple batalla electoral, tiene que ver con una visión del mundo y de la sociedad uruguaya. Mi discrepancia con el proyecto Mujica es muy profunda y no puedo ponerme a calcular como un timbiriche si estos debates dan o quitan votos, lo que ahora me preocupa es hacia dónde vamos.
Considero que esa interpretación es profundamente equivocada y contiene peligros muy grandes porque es contraria a la tradición de la propia izquierda como idea de progreso, no considero que sea antropológicamente ni culturalmente progresista. Lo digo en el sentido histórico del término. Los Kung San, de los que tuve referencia hace muchos años en Angola, no me parecen ni remotamente un modelo de formas de vida y organización del trabajo y la sociedad. Son una de esas novelerías sustitutivas de teorías serias y profundas. Lo lamento por Marvin Harris y su formidable aporte a la antropología del siglo XX a partir de su materialismo cultural.
No quiero ni remotamente que los uruguayos tengamos como referencia un país de pastores de ovejas y cabras que trabajen dos horas por día y que no tengan ni jefes ni guías. No es el “sueño que yo persigo” y lo que es mucho más importante creo que tener de presidente de la república alguien que persigue ese sueño es profundamente equivocado. Aunque suene novedoso y aunque asumo y presumo todas las adaptaciones a la realidad nacional. Es la visión la que me resulta equivocada, anti histórica. .
Es más, creo que es una ideología profundamente funcional al conservadurismo y que afecta sobre todo, a los más débiles, a los pobres y a los trabajadores. En un mundo en que la derecha, las grandes fuerzas del sistema reclamarán y tratarán de imponer resignación ante las tragedias y las consecuencias de las catástrofes económicas y sociales producidas por su ultra liberalismo -y sobre todo, por la codicia elevada a la suprema condición humana y motor del capitalismo-, lo que necesitamos es rebeldía, no adaptación a una vida casi monástica y pastoril.
En un momento en que la izquierda debería lanzar una gran contraofensiva política e ideológica con una bandera principal y absoluta: la centralidad del trabajo, el trabajo como valor económico, social y cultural de la civilización, creo que la idea central del proyecto de Mujica es un grave error.
Son los trabajadores que deben reivindicar más que nunca el fracaso de las cadenas de valor que excluían el trabajo como elemento esencial de progreso y de producción y colocaron la especulación como el rotor del mundo. ¿Los Kung San tienen algo que ver con una cultura moderna, actual, del trabajo como eje central del progreso y el desarrollo de la humanidad? Todo lo contrario, el trabajo es un elemento despreciable, lo principal es aceptar las condiciones básicas de pastores-cazadores para subsistir y utilizar su tiempo. ¿Es ése el socialismo del siglo XXI?
Si es ése, no es el mío, y creo que no tiene parentesco alguno con el socialismo. Considero que sería un retroceso histórico y a todos los niveles para la sociedad uruguaya. Y no me refiero a ninguna caricatura de las posiciones de Mujica, me refiero a la coherencia de sus principales propuestas e ideas y al respeto intelectual que hay que tenerle por animarse a asumir esa postura y defenderla. No simplifiquemos.
¿Esta posición es mayoría en la izquierda uruguaya? ¿Lo es en la sociedad uruguaya? Estoy profundamente convencido que no, pero...las ingenierías electorales, los eslabones que se van generando pueden tener una influencia determinante. Y podemos descubrirlo tarde, muy tarde.
Ya tengo una edad en que me siento obligado siempre a mirar hacía atrás, allí está la parte más larga y más densa de mi vida. Además, soy uruguayo. Por eso no puedo evitar formularme una pregunta final: ¿cuánto tiene que ver este proyecto, estas ideas con las ideas de nuestros grandes viejos, con nuestros fundadores?
619 - 09-09 - Polis - LA GENTE Y LOS MUROS HABLAN - Fernando Caputi
El señor arrepentido no está solo
Me dicen sin preguntar –no me desvelaba averiguarlo– que determinado vecino que despotrica duro contra el actual gobierno improvisando auditorios entre quienes desean o no escucharlo, en las últimas elecciones votó por el Frente Amplio.
De arrepentidos está lleno el mundo o casi, visto (1) el caudal humano que puebla este edificio de 25 pisos y seis apartamentos por nivel y (2) que esa reversión no sería apenas la individual del mencionado disidente. Porque sin contar a la coherente señora que desde la asunción de Tabaré Vázquez cacerolea toda vez que el galeno usa radio y televisión para arengar, son numerosos quienes confiesan sin empacho haberse equivocado al sufragar por un cambio a la postre frustrado y frustrante.
Faltando un buen trecho para saber qué determinarán los comicios, sondeos de opinión preliminares de espectro más amplio indican un virtual empate entre oficialismo y restantes lemas. No lo aseguro yo, que no soy politólogo ni lo quiero ser.
Viajar o esperar el ómnibus, frecuentar un bar o esperar en cualesquier empresa pública, sin aguzar el oído es posible recoger testimonios coincidentes con los del señor desencantado.
La defensa a ultranza del trabajador, que de entrada originó el supuesto de un real cogobierno sindical, hace tiempo se desvirtuó. De las grandes reformas asoma un ruidoso descontento de militantes gremiales que esperaban más –incluso dirigentes del superpolitizado Pit Cnt todavía alineados con la causa progresista– y, de yapa, manifestado no sólo por la desmedida sangría de tributos tan cuantiosos como en la práctica inoperantes para la población (IRPF/IASS en la pole position, Contribución Inmobiliaria y otros) sino también en pasacalles colocados en paredes de escuelas, liceos y sobre todo facultades por quienes aguardaban un 4,5% del PIB para una bien reestructurada enseñanza y se encuentran con que la Universidad de la República destina dineros públicos (U$S 216.848 o más) a importar butacas a U$S 870 cada una para su Paraninfo, dejando la sensación de que de no ser empleado como sea, el consiguiente sobrante de partida iría a Rentas Generales cuando, sin el segundo soñado mandato, esta gente pueda haber perdido la potestad de gastarlo.
La salud pública barajó hospitales y mutualistas haciendo la banca de un juego que no se sabe a ciencia cierta si será conga (ya hubo reenganches), escoba de 15 (¿quién levanta?), aquél del as de oro (falta sobre todo autocrítica) o, en función de gestos, morisquetas y desencuentros que menudean en la polícroma realidad intestina izquierdista sobre todo al irrumpir la “tercera vía”, truco.
Muchos analizan si efectivizar a Momo en planilla todo el año y declarar a Montevideo Capital Iberoamericana del Carnaval (Rio de Janeiro estaría pintado, ¿no existe?) ha sido decisión por consenso de un gabinete ministerial donde varias miembros-itinerantes curten personalmente esa actividad o burdo símil de pan & circo romano. Pero ni así consiguieron satisfacer a las huestes involucradas, y el Municipio difícilmente pudo sortear un espinoso litigio con 38 comparsas aglutinadas en Audeca.
En tanto corre como un buscapié la versión de la OPP admitiendo que 12.581 nuevos funcionarios del Estado ingresaron en el período hasta 2007 y nada dice sobre los (¿cuántos?) enrolados después, aparecen como historias criticada aquella del clientelismo en presidencias anteriores y mal contada la inmaculada cristalinidad de la que aún sigue en ejercicio.
El muro exterior de una cuadra íntegra (Eduardo Acevedo entre Canelones y Maldonado), monopolizado durante años para sus pintadas por moderados e intransigentes desde que se practicaba despiadada obstrucción a los partidos tradicionales, sorpresivamente luce un graffiti en similar caligrafía pero tenor bien diferente (“Autopistas sí multas no; Frente Amplio represor”), por lo que alguien pregunta, tal vez rememorando aquella vez en que los árboles de Montevideo se abstuvieron, si las paredes votan y es ésta, hoy –contraria al FA– su intención de voto.
Me dicen sin preguntar –no me desvelaba averiguarlo– que determinado vecino que despotrica duro contra el actual gobierno improvisando auditorios entre quienes desean o no escucharlo, en las últimas elecciones votó por el Frente Amplio.
De arrepentidos está lleno el mundo o casi, visto (1) el caudal humano que puebla este edificio de 25 pisos y seis apartamentos por nivel y (2) que esa reversión no sería apenas la individual del mencionado disidente. Porque sin contar a la coherente señora que desde la asunción de Tabaré Vázquez cacerolea toda vez que el galeno usa radio y televisión para arengar, son numerosos quienes confiesan sin empacho haberse equivocado al sufragar por un cambio a la postre frustrado y frustrante.
Faltando un buen trecho para saber qué determinarán los comicios, sondeos de opinión preliminares de espectro más amplio indican un virtual empate entre oficialismo y restantes lemas. No lo aseguro yo, que no soy politólogo ni lo quiero ser.
Viajar o esperar el ómnibus, frecuentar un bar o esperar en cualesquier empresa pública, sin aguzar el oído es posible recoger testimonios coincidentes con los del señor desencantado.
La defensa a ultranza del trabajador, que de entrada originó el supuesto de un real cogobierno sindical, hace tiempo se desvirtuó. De las grandes reformas asoma un ruidoso descontento de militantes gremiales que esperaban más –incluso dirigentes del superpolitizado Pit Cnt todavía alineados con la causa progresista– y, de yapa, manifestado no sólo por la desmedida sangría de tributos tan cuantiosos como en la práctica inoperantes para la población (IRPF/IASS en la pole position, Contribución Inmobiliaria y otros) sino también en pasacalles colocados en paredes de escuelas, liceos y sobre todo facultades por quienes aguardaban un 4,5% del PIB para una bien reestructurada enseñanza y se encuentran con que la Universidad de la República destina dineros públicos (U$S 216.848 o más) a importar butacas a U$S 870 cada una para su Paraninfo, dejando la sensación de que de no ser empleado como sea, el consiguiente sobrante de partida iría a Rentas Generales cuando, sin el segundo soñado mandato, esta gente pueda haber perdido la potestad de gastarlo.
La salud pública barajó hospitales y mutualistas haciendo la banca de un juego que no se sabe a ciencia cierta si será conga (ya hubo reenganches), escoba de 15 (¿quién levanta?), aquél del as de oro (falta sobre todo autocrítica) o, en función de gestos, morisquetas y desencuentros que menudean en la polícroma realidad intestina izquierdista sobre todo al irrumpir la “tercera vía”, truco.
Muchos analizan si efectivizar a Momo en planilla todo el año y declarar a Montevideo Capital Iberoamericana del Carnaval (Rio de Janeiro estaría pintado, ¿no existe?) ha sido decisión por consenso de un gabinete ministerial donde varias miembros-itinerantes curten personalmente esa actividad o burdo símil de pan & circo romano. Pero ni así consiguieron satisfacer a las huestes involucradas, y el Municipio difícilmente pudo sortear un espinoso litigio con 38 comparsas aglutinadas en Audeca.
En tanto corre como un buscapié la versión de la OPP admitiendo que 12.581 nuevos funcionarios del Estado ingresaron en el período hasta 2007 y nada dice sobre los (¿cuántos?) enrolados después, aparecen como historias criticada aquella del clientelismo en presidencias anteriores y mal contada la inmaculada cristalinidad de la que aún sigue en ejercicio.
El muro exterior de una cuadra íntegra (Eduardo Acevedo entre Canelones y Maldonado), monopolizado durante años para sus pintadas por moderados e intransigentes desde que se practicaba despiadada obstrucción a los partidos tradicionales, sorpresivamente luce un graffiti en similar caligrafía pero tenor bien diferente (“Autopistas sí multas no; Frente Amplio represor”), por lo que alguien pregunta, tal vez rememorando aquella vez en que los árboles de Montevideo se abstuvieron, si las paredes votan y es ésta, hoy –contraria al FA– su intención de voto.
viernes, 13 de febrero de 2009
613 - 03-09 - Polis - DISPAREN SOBRE LA CLASE MEDIA - Fernando Caputi
como es obvio, las opiniones políticas, bien
fundadas, van por cuenta de quién las
propone, y se admiten contraproposiciones, red
Si mides los panes, la conclusión es una sola
Gila describía la urgente renuncia al Partido Comunista como reacción inmediata de quien gana el premio mayor de la lotería. De seguro, el humorista español volvería a explayar el irónico poder de observación que caracterizaba sus frecuentes visitas a los países platenses si, hoy y aquí, constatase que un cierto Ministerio de Desarrollo Social (Mides) pregona “Justicia tributaria para los que tienen menos recursos”, arbitrio ideado para limitar la ecuanimidad mandatada por la Constitución para todos los ciudadanos. E ignorando olímpicamente que todos y cada uno los integrantes del pueblo deben ser considerados idénticos ante la Ley, penaliza por descarte, arrollando incuestionables derechos, a los culpables de no tener menos.
Con ello, el gobierno de cambio cambia, igualando hacia abajo y con criterio clasista propio del ismo que mucho después de Gila desapareciera sólo en naciones con capacidad de pensar.
Clonando la discriminación programática perpetrada a nivel departamental en la contribución inmobiliaria mediante la condonación de atrasos en barrios a su entender menos chics, dicha secretaría de Estado profundizó el arbitrio anunciando expresos descuentos en UTE (80% en cargos fijo y por potencia, 20% para los primeros 100 kWh de consumo), con la aclaración de que los eventuales postulantes obtendrán “financiaciones especiales” para sus deudas de ya ser clientes, y si no lo son, “accederán al servicio sin costo”. Concluye que empresa y ministerio “juntan sus energías para que la electricidad llegue a todos” (falso: todos, no; el beneficio es privativo para inscriptos en el Panes, Plan de Atención Nacional a la Emergencia Social, dejando claro que esta no bíblica multiplicación panificadora exceptúa a humildes con dignidad pero sin patente de pobreza ostensiva, condición en muchos casos falluta como la de beneficiarios que mes a mes agotaban de apuro el subsidio consumiendo copas en el boliche más cercano a la ventanilla que lo liquidaba).
En una línea de coherencia, el Banco de Previsión Social (BPS) ubica el tope jubilatorio para empleados y patrones en poco más de dos tercios de los $ 28.332 fijados como remuneración en un llamado a novatos funcionarios para el mismo instituto publicitado el 6 de junio último, cerrando el organismo pingüe negocio toda vez que quien pasa a retiro suma y no recupera ni cerca –ejemplo real, como tantos otros– 57 años de tributos previdenciarios desde múltiples empleos calificados o no y a veces simultáneos. Y a ese jubilado con tope no le cabe nada más salvo, si cumplió 70 años de edad, transporte colectivo metropolitano gratis en domingos y ciertos feriados.
Cosa parecida ocurre con el Fonasa (Fondo Nacional de Salud), sigla que más parece apodo de tenefonista gorda, creado para que los que reciben menos –gente humilde sacrificada y honrada pero también vagabundos oportunistas– mejoren lo suyo a costa del laborioso resto, aunque a los no rotulados como carentes la salud se les escape como agua de un canasto por pagar el precio de haberse descostillado trabajando con tremendo rigor y en planilla desde niños, pasando hoy a invertir la mayor parte de su único y último ingreso en medicamentos.
A estos ex clase media, el haber pago mutualista de por vida activa sólo les sirve para, en retiro y hasta que la queden, seguir abonando pesada cuota de entre $ 1.000/2.000 para en definitiva compartir beneficios compulsivamente con paracaidistas de la vida, privándose a aquéllos de la prebenda anual de gratuidad reservada a estos últimos (36 medicamentos, pudiendo 12 de ellos ser “raros”, una docena de consultas médicas, urgencias a domicilio, un examen de Rayos X, dos “rutinas” de laboratorio, más –de yapa– cirugía de cataratas al barrer made in Cuba y otras yerbas), resuelta únicamente para jubilados/pensionistas no privilegiados que perciben hasta $ 4.800. Lógica frenteamplista: jubilarte con más de $ 4.800 es un “privilegio”, no un derecho adquirido rompiéndote el lomo.
¿Que ocurre, a su vez, con la cónyuge legal, durante más de medio siglo, del individuo que tomábamos como ejemplo? Incansable ama de casa, esposa y madre tanto como en el desempeño de ocupaciones calificadas y alta responsabilidad a las que dignamente y sin quejas se hizo espacio en base a la educación recibida y ahincado denuedo individual por dominar cinco idiomas y cultivar las artes.
A ella, típico ejemplar de aquella clase media que hizo memorable a este país, el BPS le otorga una jubilación de poco más de $ 3.000, es decir, en principio comprendida en la franja a la que sí se reservan compensaciones como pago de su sociedad médica y régimen de consiguiente acceso sin cargo a los servicios en esa mutual de la que es socia. Pero no, la criba revanchista de clases decide que siga pagando la máxima tarifa a la sociedad médica para mantener un superávit en la previsión social capaz de premiar a quienes contemporáneamente se asociaban para delinquir contra la democracia y su poder constituído o, sin tantas pretensiones revolucionarias, robaban macetas de cualquier balcón para revender en la feria adecuada o incautaban desde jabones a lamparitas y canillas en baños de los bares a los que a esa clase de malandra –los desconocidos de siempre– ya no le es permitido ingresar. ¿Por qué? “El ingreso familiar global (sumada la jubilación del marido) supera los $ 4.800”.
Es decir, a dedo, la foja individual del contribuyente dejó de ser sagrada y ahora se maneja como colectiva.
¿Es, el precedente, un alegato contra el amparo a los no pudientes o al Plan de Emergencia? Ni por asomo. En este mi país, la solidaridad rigió y se impuso naturalmente como uno de los principios ganados con esfuerzo, persistencia y convicción hasta, un dia, ufanarnos de integrar una clase media que fuera robusto sostén social por obra del magistral civismo vernáculo, no necesitado de ideologías foráneas ajenas a la esencia republicana de aquella Suiza de América no proclamada por riqueza, como pretende algún revisionista farsante o mal informado, sino por alumbrar con luz propia la comunidad de naciones sin ismos que tomaban al ilustre Uruguay como modelo.
Por el contrario, que en lo expresado quede implícito el repudio a la farsa de barata politiquería con que se pretende manejar, de nuevo, a electores desprevenidos. El 26 de junio p.p., Enrique Rubio, director de la OPP, ante una platea partidariamente amiga confiaba que si bien el Frente Amplio corre el “riesgo de perder pie” en la clase media, “hay otra parte y es la frontera social que el Frente corrió hacia los niveles de pobreza”, a la que podría convertir “en base electoral” y tener así “asegurada la elección” próxima (Búsqueda, edición Nº 1.464).
Pero en este mandato y, en hipótesis, para el que se viene si prospera la maniobra cazavotos, el poder frenteamplista se atribuye como propio el mérito de un cambio que define otra cara del engaño, pues no es el Estado que aplica fondos legítimos para mejorar el estándar de vida de las clases económicamente bajas sino que secuestra dineros de quienes, clase media, se los ganaron en auténtica ley de juego, para emparejar su estatus con el de los que hoy se renganchan en la conga de la maniobra progresista.
Nota: utilizo el vocablo clase, que como uruguayo siempre detesté, por no encontrar sinónimo con similar graficismo.
Fernando Caputi (22.1.2009)
viernes, 5 de septiembre de 2008
575 - Polis - De qué hablamos cuando decimos democracia - John Molyneux
* analiza los orígenes de la limitada democracia
que tenemos hoy en día y los enfrenta a una
sociedad radicalmente diferente en la cual todos
tengamos poder para decidir sobre el presente y
el futuro. Una democracia basada en el
poder de los trabajadores, original-
La democracia es una de las palabras más abusadas del diccionario. Casi cada político reaccionario o deshonesto en que podamos pensar –George Bush, Dick Cheney, Tony Blair, Gordon Brown, Richard Nixon, Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Silvio Berlusconi– ha tenido fe ciega en eso.
Los regímenes y partidos manifiestamente poco democráticos se llaman a sí mismos democracias – el partido del dictador egipcio Hosni Mubarak se llama Partido Demócrata Nacional; Los estados stalinistas de partido único en la Europa del Este fueron llamados Democracias Populares. Para colmo, Nick Griffin, el líder del fascista BNP británico, dijo en Oxford el mes pasado, “la libertad de expresión y la democracia son nuestros valores de fondo absolutos.”
Al mismo tiempo, sin embargo, la democracia es invocada por personas que no pueden ser tildadas de deshonestas y oportunistas. Nelson Mandela proclamó su voluntad de morir por la democracia poco antes de ser encarcelado por el apartheid en el Sudáfrica. De modo semejante Martin Luther King perdió su vida en el profundo sur estadounidense durante una campaña por los derechos democráticos.
Karl Marx también fue un demócrata comprometido, antes y después de convertirse en comunista, y así también lo fueron los revolucionarios rusos Vladimir Lenin y Leon Trotsky – aunque no podríamos creer eso con la forma en que los comentaristas mayoritarios hablan de ellos.
Aun más importante, millones de personas corrientes ha peleado y muerto por la democracia. La tradición arranca de los Levellers en la Guerra Civil Inglesa, a través de los sans culottes de la Revolución Francesa, los Cartistas, los Sufragistas, los batalladores antifascistas de la Guerra Civil Española, los resistentes de la Europa ocupada en la Segunda Guerra Mundial hasta los activistas egipcios Kefaya, los monjes birmanos y los abogados pakistanís del día de hoy.
Intercambio
Pero también es cierto que millones de personas que viven bajo lo que generalmente es considerado ser una democracia, en Estados Unidos o Gran Bretaña por ejemplo, están fieramente desilusionados con ella. Intercambiemos la palabra “política” por “democracia” y la gente correrá a expresar su desprecio, dirán que no importa quién gane, “ellos ” -los políticos- son todos iguales.
Es así como las personas privadas de democracia darían sus vidas por ella, pero una vez que la consiguen rápidamente se vuelven indiferentes hacia ella.
Para solucionar este aparente acertijo hay que mirar la “democracia” históricamente –entender que fue tanto un ideal político como un sistema político desarrollado en circunstancias históricas específicas y que fue siempre definida tanto por aquello que estaba en contra como por lo que defendía.
La palabra “democracia” misma –literalmente queriendo decir “gobierno del pueblo"– se originó en la Antigua Grecia, pero la democracia moderna no viene de allí, sino de la lucha contra el feudalismo en Europa.
Antes del surgimiento del capitalismo, apenas entre los siglos XV y XVIII, el orden predominante en Europa fue el sistema feudal. Residía en una división básica de la sociedad entre aristócratas (los grandes hacendados hereditarios ) y campesinos (los agricultores pobres).
Estas sociedades, que se extendieron desde diminutas villas hasta los enormes imperios desvencijados, fueron regidas por una variada colección de monarcas que frecuentemente afirmaron que dominaban por el derecho divino. No hubo democracia de ningún tipo y las masas populares no tenían derechos políticos en absoluto. Similares sistemas antidemocráticos existieron en la mayor parte del resto de mundo, en China e India, por ejemplo.
Gradualmente, sin embargo, una nueva clase social comenzó a desarrollarse dentro del orden feudal. Estos fueron primordialmente artesanos en los pueblos que se convirtieron en comerciantes, vendedores, empresarios y pequeños fabricantes –a menudo llamados “burgueses” (los conciudadanos), de ahí el posterior término “burguesía” adoptado por Marx. Ellos fueron los precursores de los grandes capitalistas de hoy y las gigantes corporaciones.
Bajo el feudalismo la aristocracia negó el poder político a estos burgueses, si bien muchos de ellos se hicieron ricos –algunos, incluso más ricos que muchos señores feudales.
Progresivamente la burguesía empezó a cuestionar el arbitrario poder hereditario de la aristocracia, el cuál creyeron que frenaba no sólo su propio avance sinó también el de la sociedad en conjunto. Eventualmente la burguesía pudo desplazar a la aristocracia y asumir su posición “constitucional” a la cabeza de la sociedad.
Capas bajas
Esto implicó una serie de insurrecciones, revoluciones y guerras como la Rebelión Holandesa de 1556, la Revolución Inglesa o Guerra Civil de 1642, la Guerra Americana de Independencia de 1775 y la Revolución Francesa de 1789.
Pero los comerciantes y fabricantes, como los abogados y filósofos, no podían luchar en guerras y revoluciones por sí mismos. Para ganar poder tuvieron que movilizar “al pueblo”, las capas bajas de artesanos y pobres urbanos –los precursores de la clase trabajadora moderna– y campesinos . En otros casos, las capas bajas se movilizaron por ellas mismas y la burguesía tuvo que maniobrar para colocarse a la cabeza de las movilizaciones. Para hacer ésto, necesitaban una filosofía política y un programa que ofreciera algo a las masas.
La ideología y la retórica de la democracia moderna nacieron de estas luchas –el dominio de la ley, la igualdad de derechos, la libertad de expresión y asociación, y un gobierno representativo y que rindiera cuentas basado en la elección y no en la herencia.
Al principio, sin embargo, fue una democracia sumamente restringida. La burguesía pensaba, por ejemplo, que las personas sin ninguna propiedad no debían tener el derecho a votar por si a caso lo usaban para abolir la propiedad.
El gobierno rendía cuentas, sí, pero las rendía para sí mismo, no para las masas trabajadoras. Todos los hombres son nacidos iguales , sí, pero esto no incluía a las mujeres, los esclavos negros, los “nativos”, o los trabajadores de la fábricas.
Los burgueses estaban preparados para argumentar abiertamente a favor de su visión de una democracia restringida, como hicieron los seguidores de Oliver Cromwell en la Revolución Inglesa e hicieron los Tories en los décadas de 1830 y 1840.
Pero una vez que el genio de la democracia estaba fuera de la botella no fue tan fácil confinarlo ni controlarlo. A medida que las clases obreras crecieron, especialmente como resultado de la revolución industrial, más se agarraban a la idea de democracia y se la apropiaron. Los Cartistas, la primera organización de masas de los trabajadores del mundo, se centró en la demanda de “un hombre, un voto”.
Luego a finales del siglo XIX, la burguesía británica, después de hacer una serie de concesiones para el movimiento obrero, hizo un descubrimiento notable –que es posible conceder el voto a los trabajadores sin que ellos voten a favor de deshacerse de la burguesía. Ciertamente era incluso posible persuadir a algunos trabajadores a votar por sus jefes capitalistas.
De ahí en adelante, cada político reaccionario comenzó a proclamarse como verdadero creyente en la democracia, algo que continúa hasta el día de hoy. Al mismo tiempo que discretamente admiten que “ocasionalmente” la democracia tiene que ser aquella de la que se prescindió.
¿Qué conclusiones deberíamos sacar de esto? ¿Que la idea entera de democracia fue o es un error? Tal conclusión sería desastrosa. El problema con la democracia de hoy, y con la visión dominante de democracia en nuestra sociedad, es que también está muy limitada.
La democracia de la que hemos estado hablando, y de la qué todos los políticos tradicionales y profesores de ciencia política hablan, es democracia política. Para hacer la democracia verdaderamente relevante para la mayor parte de personas trabajadoras lo necesario es democracia política junto a democracia económica y social.
La clase capitalista puede vivir con democracia política, con la elección de parlamentos y gobiernos, porque las palancas decisivas de poder no yacen allí. Existen primeramente en las salas de juntas de la industria y los bancos y en segundo lugar en las instituciones permanentes del Estado y, por encima de todas, las Fuerzas Armadas.
Los primeros poseen y controlan directamente, los últimos están atados a ellos por mil lazos económicos, sociales e ideológicos y, de esta manera pueden convertir el parlamento en mercado hablante y atar los gobiernos a su voluntad –como hemos visto tantas veces con el laborismo y otros gobiernos reformistas en Gran Bretaña y alrededor del mundo.
Por eso los marxistas llamamos a esta forma de democracia, democracia burguesa –la democracia que venera y se basa en el dominio de la burguesía.
La democracia de los trabajadores
Para avanzar más allá de la democracia burguesa hacia un sistema basado en el poder real de las masas populares, hay que extenderlo de la esfera política hacia la esfera de producción y el trabajo, y luego hacia otras áreas de la vida social.
Ésto quiere decir democracia en cada fábrica, en cada centralita telefónica, supermercado, escuela, universidad, hospital y oficinas de correos. Quiere decir democracia en las Fuerzas Armadas, la policía, los tribunales y la administración. En resumen quiere decir democracia de los trabajadores.
Pero nada de eso puede lograrse sin volcar la propiedad capitalista, la ley y el estado –en otras palabras, es necesaria una revolución de los trabajadores que cree una nueva forma de estado que permita a la clase obrera hacer funcionar la sociedad.
Y gracias a la experiencia de la Revolución Rusa de 1917 –respaldada por otras experiencias revolucionarias como Alemania en 1919, Hungría en 1956 e Irán en 1979– sabemos que la institución central de tal estado es el soviet o consejo de trabajadores. Estos se basan en la elección de delegados revocables en las reuniones en el lugar de trabajo.
Sin embargo, reconociendo el carácter sumamente restringido de la democracia burguesa y comprendiendo cómo aliena y frustra a millones de personas trabajadoras no quiere decir que no sea digno de defender cuando está bajo ataque, o pelear por ella donde no existe.
Al contrario, incluso una libertad de expresión que deja al periódico Sun dominar el mercado de la prensa inglesa también deja publicar periódicos socialistas revolucionarios. Incluso un parlamento reducido para un mercado hablante puede ser una plataforma desde la cual las ideas socialistas pueden andar en boca de todo el mundo. Incluso un gobierno electo del Nuevo Laborismo es preferible a una dictadura. Incluso el dominio de la ley que defiende la propiedad de los ricos ofrece alguna protección contra los extremos de la represión.
Pero eso quiere decir que en la lucha por las demandas demócratas, ya sea aquí en Gran Bretaña o en Egipto, Birmania, o Pakistán, la clase obrera debería liderar la lucha y no estar satisfecha simplemente con la democracia política, o burguesa.
En lugar de eso debería continuar y transformar la lucha “democrática” en una revolución social, la única que hará realidad una genuina democracia para la inmensa mayoría de la humanidad.
* de la web www.enlucha.org, traducido del periódico británico Socialist Worker (www.socialistworker.co.uk) por Enric Rodrigo.
que tenemos hoy en día y los enfrenta a una
sociedad radicalmente diferente en la cual todos
tengamos poder para decidir sobre el presente y
el futuro. Una democracia basada en el
poder de los trabajadores, original-
La democracia es una de las palabras más abusadas del diccionario. Casi cada político reaccionario o deshonesto en que podamos pensar –George Bush, Dick Cheney, Tony Blair, Gordon Brown, Richard Nixon, Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Silvio Berlusconi– ha tenido fe ciega en eso.
Los regímenes y partidos manifiestamente poco democráticos se llaman a sí mismos democracias – el partido del dictador egipcio Hosni Mubarak se llama Partido Demócrata Nacional; Los estados stalinistas de partido único en la Europa del Este fueron llamados Democracias Populares. Para colmo, Nick Griffin, el líder del fascista BNP británico, dijo en Oxford el mes pasado, “la libertad de expresión y la democracia son nuestros valores de fondo absolutos.”
Al mismo tiempo, sin embargo, la democracia es invocada por personas que no pueden ser tildadas de deshonestas y oportunistas. Nelson Mandela proclamó su voluntad de morir por la democracia poco antes de ser encarcelado por el apartheid en el Sudáfrica. De modo semejante Martin Luther King perdió su vida en el profundo sur estadounidense durante una campaña por los derechos democráticos.
Karl Marx también fue un demócrata comprometido, antes y después de convertirse en comunista, y así también lo fueron los revolucionarios rusos Vladimir Lenin y Leon Trotsky – aunque no podríamos creer eso con la forma en que los comentaristas mayoritarios hablan de ellos.
Aun más importante, millones de personas corrientes ha peleado y muerto por la democracia. La tradición arranca de los Levellers en la Guerra Civil Inglesa, a través de los sans culottes de la Revolución Francesa, los Cartistas, los Sufragistas, los batalladores antifascistas de la Guerra Civil Española, los resistentes de la Europa ocupada en la Segunda Guerra Mundial hasta los activistas egipcios Kefaya, los monjes birmanos y los abogados pakistanís del día de hoy.
Intercambio
Pero también es cierto que millones de personas que viven bajo lo que generalmente es considerado ser una democracia, en Estados Unidos o Gran Bretaña por ejemplo, están fieramente desilusionados con ella. Intercambiemos la palabra “política” por “democracia” y la gente correrá a expresar su desprecio, dirán que no importa quién gane, “ellos ” -los políticos- son todos iguales.
Es así como las personas privadas de democracia darían sus vidas por ella, pero una vez que la consiguen rápidamente se vuelven indiferentes hacia ella.
Para solucionar este aparente acertijo hay que mirar la “democracia” históricamente –entender que fue tanto un ideal político como un sistema político desarrollado en circunstancias históricas específicas y que fue siempre definida tanto por aquello que estaba en contra como por lo que defendía.
La palabra “democracia” misma –literalmente queriendo decir “gobierno del pueblo"– se originó en la Antigua Grecia, pero la democracia moderna no viene de allí, sino de la lucha contra el feudalismo en Europa.
Antes del surgimiento del capitalismo, apenas entre los siglos XV y XVIII, el orden predominante en Europa fue el sistema feudal. Residía en una división básica de la sociedad entre aristócratas (los grandes hacendados hereditarios ) y campesinos (los agricultores pobres).
Estas sociedades, que se extendieron desde diminutas villas hasta los enormes imperios desvencijados, fueron regidas por una variada colección de monarcas que frecuentemente afirmaron que dominaban por el derecho divino. No hubo democracia de ningún tipo y las masas populares no tenían derechos políticos en absoluto. Similares sistemas antidemocráticos existieron en la mayor parte del resto de mundo, en China e India, por ejemplo.
Gradualmente, sin embargo, una nueva clase social comenzó a desarrollarse dentro del orden feudal. Estos fueron primordialmente artesanos en los pueblos que se convirtieron en comerciantes, vendedores, empresarios y pequeños fabricantes –a menudo llamados “burgueses” (los conciudadanos), de ahí el posterior término “burguesía” adoptado por Marx. Ellos fueron los precursores de los grandes capitalistas de hoy y las gigantes corporaciones.
Bajo el feudalismo la aristocracia negó el poder político a estos burgueses, si bien muchos de ellos se hicieron ricos –algunos, incluso más ricos que muchos señores feudales.
Progresivamente la burguesía empezó a cuestionar el arbitrario poder hereditario de la aristocracia, el cuál creyeron que frenaba no sólo su propio avance sinó también el de la sociedad en conjunto. Eventualmente la burguesía pudo desplazar a la aristocracia y asumir su posición “constitucional” a la cabeza de la sociedad.
Capas bajas
Esto implicó una serie de insurrecciones, revoluciones y guerras como la Rebelión Holandesa de 1556, la Revolución Inglesa o Guerra Civil de 1642, la Guerra Americana de Independencia de 1775 y la Revolución Francesa de 1789.
Pero los comerciantes y fabricantes, como los abogados y filósofos, no podían luchar en guerras y revoluciones por sí mismos. Para ganar poder tuvieron que movilizar “al pueblo”, las capas bajas de artesanos y pobres urbanos –los precursores de la clase trabajadora moderna– y campesinos . En otros casos, las capas bajas se movilizaron por ellas mismas y la burguesía tuvo que maniobrar para colocarse a la cabeza de las movilizaciones. Para hacer ésto, necesitaban una filosofía política y un programa que ofreciera algo a las masas.
La ideología y la retórica de la democracia moderna nacieron de estas luchas –el dominio de la ley, la igualdad de derechos, la libertad de expresión y asociación, y un gobierno representativo y que rindiera cuentas basado en la elección y no en la herencia.
Al principio, sin embargo, fue una democracia sumamente restringida. La burguesía pensaba, por ejemplo, que las personas sin ninguna propiedad no debían tener el derecho a votar por si a caso lo usaban para abolir la propiedad.
El gobierno rendía cuentas, sí, pero las rendía para sí mismo, no para las masas trabajadoras. Todos los hombres son nacidos iguales , sí, pero esto no incluía a las mujeres, los esclavos negros, los “nativos”, o los trabajadores de la fábricas.
Los burgueses estaban preparados para argumentar abiertamente a favor de su visión de una democracia restringida, como hicieron los seguidores de Oliver Cromwell en la Revolución Inglesa e hicieron los Tories en los décadas de 1830 y 1840.
Pero una vez que el genio de la democracia estaba fuera de la botella no fue tan fácil confinarlo ni controlarlo. A medida que las clases obreras crecieron, especialmente como resultado de la revolución industrial, más se agarraban a la idea de democracia y se la apropiaron. Los Cartistas, la primera organización de masas de los trabajadores del mundo, se centró en la demanda de “un hombre, un voto”.
Luego a finales del siglo XIX, la burguesía británica, después de hacer una serie de concesiones para el movimiento obrero, hizo un descubrimiento notable –que es posible conceder el voto a los trabajadores sin que ellos voten a favor de deshacerse de la burguesía. Ciertamente era incluso posible persuadir a algunos trabajadores a votar por sus jefes capitalistas.
De ahí en adelante, cada político reaccionario comenzó a proclamarse como verdadero creyente en la democracia, algo que continúa hasta el día de hoy. Al mismo tiempo que discretamente admiten que “ocasionalmente” la democracia tiene que ser aquella de la que se prescindió.
¿Qué conclusiones deberíamos sacar de esto? ¿Que la idea entera de democracia fue o es un error? Tal conclusión sería desastrosa. El problema con la democracia de hoy, y con la visión dominante de democracia en nuestra sociedad, es que también está muy limitada.
La democracia de la que hemos estado hablando, y de la qué todos los políticos tradicionales y profesores de ciencia política hablan, es democracia política. Para hacer la democracia verdaderamente relevante para la mayor parte de personas trabajadoras lo necesario es democracia política junto a democracia económica y social.
La clase capitalista puede vivir con democracia política, con la elección de parlamentos y gobiernos, porque las palancas decisivas de poder no yacen allí. Existen primeramente en las salas de juntas de la industria y los bancos y en segundo lugar en las instituciones permanentes del Estado y, por encima de todas, las Fuerzas Armadas.
Los primeros poseen y controlan directamente, los últimos están atados a ellos por mil lazos económicos, sociales e ideológicos y, de esta manera pueden convertir el parlamento en mercado hablante y atar los gobiernos a su voluntad –como hemos visto tantas veces con el laborismo y otros gobiernos reformistas en Gran Bretaña y alrededor del mundo.
Por eso los marxistas llamamos a esta forma de democracia, democracia burguesa –la democracia que venera y se basa en el dominio de la burguesía.
La democracia de los trabajadores
Para avanzar más allá de la democracia burguesa hacia un sistema basado en el poder real de las masas populares, hay que extenderlo de la esfera política hacia la esfera de producción y el trabajo, y luego hacia otras áreas de la vida social.
Ésto quiere decir democracia en cada fábrica, en cada centralita telefónica, supermercado, escuela, universidad, hospital y oficinas de correos. Quiere decir democracia en las Fuerzas Armadas, la policía, los tribunales y la administración. En resumen quiere decir democracia de los trabajadores.
Pero nada de eso puede lograrse sin volcar la propiedad capitalista, la ley y el estado –en otras palabras, es necesaria una revolución de los trabajadores que cree una nueva forma de estado que permita a la clase obrera hacer funcionar la sociedad.
Y gracias a la experiencia de la Revolución Rusa de 1917 –respaldada por otras experiencias revolucionarias como Alemania en 1919, Hungría en 1956 e Irán en 1979– sabemos que la institución central de tal estado es el soviet o consejo de trabajadores. Estos se basan en la elección de delegados revocables en las reuniones en el lugar de trabajo.
Sin embargo, reconociendo el carácter sumamente restringido de la democracia burguesa y comprendiendo cómo aliena y frustra a millones de personas trabajadoras no quiere decir que no sea digno de defender cuando está bajo ataque, o pelear por ella donde no existe.
Al contrario, incluso una libertad de expresión que deja al periódico Sun dominar el mercado de la prensa inglesa también deja publicar periódicos socialistas revolucionarios. Incluso un parlamento reducido para un mercado hablante puede ser una plataforma desde la cual las ideas socialistas pueden andar en boca de todo el mundo. Incluso un gobierno electo del Nuevo Laborismo es preferible a una dictadura. Incluso el dominio de la ley que defiende la propiedad de los ricos ofrece alguna protección contra los extremos de la represión.
Pero eso quiere decir que en la lucha por las demandas demócratas, ya sea aquí en Gran Bretaña o en Egipto, Birmania, o Pakistán, la clase obrera debería liderar la lucha y no estar satisfecha simplemente con la democracia política, o burguesa.
En lugar de eso debería continuar y transformar la lucha “democrática” en una revolución social, la única que hará realidad una genuina democracia para la inmensa mayoría de la humanidad.
* de la web www.enlucha.org, traducido del periódico británico Socialist Worker (www.socialistworker.co.uk) por Enric Rodrigo.
568 - Polis - Decisionismo y cambio democrático - RB
* "ganar sea como sea", frase que traiciona cierto devenir de la izquierda modernamente principista y moral, casi kantiana. parece inevitable que ese aserto lleve a un decisionismo, cuya esencia democrática sería al menos discutible.
* siguiendo con el origen y sustrato filosófico de tal actitud, se ingresaría en el ámbito de la obediencia - democrático representativa -a la voluntad general, expresada ora en el voto - y mejor si es de grandes y abrumadoras mayorías -, ora en la presencia de la ciudadanía en la calle - expresión que refiere a la actividad de masas en apoyo o repudio de tal o cual objeto o agente social -.
* en "esos" sentidos, la sociedad civil "ordena" y el agente de gobierno/poder actúa, acortando plazos de reivindicaciones y de avances, generando progreso y ampliando su propia base de poder/gobierno.
* en definitiva, apoyándose en la fuerza, los consensos o las mayorías - cuando no en la apatía -, ese es, o esos son, la (s) dirección (es) de toda revolución, que ya no se diferencia de lo anterior por un mellado, lento y manoseado proceso evolutivo sino por una aceleración de los cambios.
* desde ese momento, la nueva opción implica determinar tres elementos del cambio revolucionario, todos en sostenida dialéctica, a saber: a qué grupo - mayoría "real" o virtual - se favorece, cuál es el vehículo privilegiado del cambio - la "vía" -, y cuál es el destino - parcial o total, fijo o inamovible - de la mudanza.
* en esos parámetros deben asimilarse los nuevos populismos latinoamericanos, inexcusablemente influidos por la revolución cubana y necesariamente en un postguevarismo que amplíe su concepción de "iluminados" hasta abarcar a grandes porciones de clase dominada/explotada para convertirlas en motores del desarrollo político y económico de una sociedad civil integrada democráticamente.
* queda la interrogante sobre los límites del mentado decisionismo, pero no la que refiere a su pertinencia como acelerados del cambio plural-republicano.
* siguiendo con el origen y sustrato filosófico de tal actitud, se ingresaría en el ámbito de la obediencia - democrático representativa -a la voluntad general, expresada ora en el voto - y mejor si es de grandes y abrumadoras mayorías -, ora en la presencia de la ciudadanía en la calle - expresión que refiere a la actividad de masas en apoyo o repudio de tal o cual objeto o agente social -.
* en "esos" sentidos, la sociedad civil "ordena" y el agente de gobierno/poder actúa, acortando plazos de reivindicaciones y de avances, generando progreso y ampliando su propia base de poder/gobierno.
* en definitiva, apoyándose en la fuerza, los consensos o las mayorías - cuando no en la apatía -, ese es, o esos son, la (s) dirección (es) de toda revolución, que ya no se diferencia de lo anterior por un mellado, lento y manoseado proceso evolutivo sino por una aceleración de los cambios.
* desde ese momento, la nueva opción implica determinar tres elementos del cambio revolucionario, todos en sostenida dialéctica, a saber: a qué grupo - mayoría "real" o virtual - se favorece, cuál es el vehículo privilegiado del cambio - la "vía" -, y cuál es el destino - parcial o total, fijo o inamovible - de la mudanza.
* en esos parámetros deben asimilarse los nuevos populismos latinoamericanos, inexcusablemente influidos por la revolución cubana y necesariamente en un postguevarismo que amplíe su concepción de "iluminados" hasta abarcar a grandes porciones de clase dominada/explotada para convertirlas en motores del desarrollo político y económico de una sociedad civil integrada democráticamente.
* queda la interrogante sobre los límites del mentado decisionismo, pero no la que refiere a su pertinencia como acelerados del cambio plural-republicano.
567 - Polis - La izquierda, sus dilemas y sus riesgos- Jorge Jauri
A pocas semanas de definiciones importantes en lo que refiere a la conformación orgánica que condicionará el posicionamiento electoral de la izquierda, los dilemas programáticos van perdiendo sentido, sustituidos por uno central, decisivo: ganar cueste lo que cueste o arriesgarse a una reformulación de la fuerza política en términos tales que, por si misma, sea un aporte a la nación mayor a lo que ya ha realizado la izquierda en toda su historia. El dilema es de identidad y en tanto presupone definiciones que, probablemente la izquierda no pueda procesar sin crisis que precipiten una solución racional y razonable, en ese orden. Si ese fuera el caso, el Frente Amplio eludirá la discusión principal y enfrentará una, secundaria y terrible en su trámite: la conciliación imposible en torno a una fórmula única de dos corrientes de pensamiento absolutamente diferenciadas. Y no vale abundar en esto porque es obvio que cuando el senador Mujica advierte que Astori y él “son como el agua y el aceite”, lo hace sin liviandad alguna y pensando en algo más importante que si usan o no saco y corbata.
Sin razón
No hay en esta instancia una metodología de elaboración de pensamiento basada en la acumulación y el tránsito según etapas históricas, en base a la cual se construyó la unidad y la organización de la fuerza motriz de una revolución que admitía el putsch –hacia adentro y afuera de la fuerza - en algún momento del recorrido. Si no existe ese sustrato, la discusión de la unidad está vinculada a lo inmediato; a la resolución de problemas concretos o, a la defensa de un poder menor, mal y pobremente diagnosticado por demás.
Salidas
La salida del dilema, la más probable por cierto, supone que Astori o Mujica conciliarán formalmente un programa básico y una manera de hacer las cosas en común para un segundo período de gobierno. Ello es posible e, incluso, es creíble para dos hombres que son capaces de cumplir sus compromisos. Lo que no es creíble es que ese programa de conciliación no sea violado por el embate de la realidad; desdicho, fracturado o superado por las acciones de un gobierno que –al igual que el presente- considerará el programa de su fuerza política pero, gobernará en base a un plan cada vez más alejado de aquel. Aquí también hay que ordenar y revisar la historia reciente para ponernos de acuerdo si lo principal que ha hecho este gobierno, desde sus exigencias constitucionales, hay que buscarlo en las reformas más mediáticas o en aquellas que se deslizan en la profundidad de la realidad, esencialmente: habilitación y desarrollo de la salida comprehnsiva de la crisis de 2002 con todo su dispositivo normativo; la liberalización y apertura de la economía, incluyendo preferentemente todo lo esencial de las reformas agrarias nacionalistas de la década de los 90´; la dinámica actual de su política exterior; una serie de reformas de mercado que a la actual conducción económica le han costado mucho aprobar y explicar; o las habilidades adquiridas por la actual conducción económica para mostrar un engañoso déficit fiscal menor que, en realidad, es un considerable superávit generador de una reserva que este gobierno mantiene en un bóveda muy particular, a cubierto del juego redistrubutivo menor. Esa reserva no se registra en las cuentas públicas cerradas en matrices y modelos ya obsoletos. El equipo económico es muy solvente, quizás el mejor disponible en el país y conoce esto perfectamente. La otra salida del dilema no está disponible. Es temprano aún para que, voluntariamente, la familia reordene y distribuya su patrimonio encaminando los hijos hacia un futuro de mayor realismo, de más independencia y libertad individual. Esa salida resultará de una maduración aún más rápida que la izquierda ha logrado ya en el ejercicio del gobierno. Aquella exigencia de Rawls respecto a la necesidad de la rotación en los cargos públicos no estaba vinculada sólo a su igualitarismo tan criticado, sino en una dinámica de desarrollo social que pasaba por la acumulación de experiencias prácticas.
Esa formula…
En tanto, estamos en el umbral de una etapa cuyos riesgos son extremadamente elevados. Esos riesgos están vinculados esencialmente más que a crisis catastróficas -que no las habrá- a pérdida de oportunidades y tiempo. Cómo en la economía el mercado descuenta futuro en presente, en política una ciudadanía atenta que define en el centro –entendido como espacio de racionalidad mayor- todas las cuestiones electorales principales está descontando esos riesgos de ruptura y quiebre. Más que un problema nacional, la solución más probable del dilema representa un problema de primera magnitud para la izquierda. Es un problema de realidad y de afectos. Al menos, hay que saberlo.
Sin razón
No hay en esta instancia una metodología de elaboración de pensamiento basada en la acumulación y el tránsito según etapas históricas, en base a la cual se construyó la unidad y la organización de la fuerza motriz de una revolución que admitía el putsch –hacia adentro y afuera de la fuerza - en algún momento del recorrido. Si no existe ese sustrato, la discusión de la unidad está vinculada a lo inmediato; a la resolución de problemas concretos o, a la defensa de un poder menor, mal y pobremente diagnosticado por demás.
Salidas
La salida del dilema, la más probable por cierto, supone que Astori o Mujica conciliarán formalmente un programa básico y una manera de hacer las cosas en común para un segundo período de gobierno. Ello es posible e, incluso, es creíble para dos hombres que son capaces de cumplir sus compromisos. Lo que no es creíble es que ese programa de conciliación no sea violado por el embate de la realidad; desdicho, fracturado o superado por las acciones de un gobierno que –al igual que el presente- considerará el programa de su fuerza política pero, gobernará en base a un plan cada vez más alejado de aquel. Aquí también hay que ordenar y revisar la historia reciente para ponernos de acuerdo si lo principal que ha hecho este gobierno, desde sus exigencias constitucionales, hay que buscarlo en las reformas más mediáticas o en aquellas que se deslizan en la profundidad de la realidad, esencialmente: habilitación y desarrollo de la salida comprehnsiva de la crisis de 2002 con todo su dispositivo normativo; la liberalización y apertura de la economía, incluyendo preferentemente todo lo esencial de las reformas agrarias nacionalistas de la década de los 90´; la dinámica actual de su política exterior; una serie de reformas de mercado que a la actual conducción económica le han costado mucho aprobar y explicar; o las habilidades adquiridas por la actual conducción económica para mostrar un engañoso déficit fiscal menor que, en realidad, es un considerable superávit generador de una reserva que este gobierno mantiene en un bóveda muy particular, a cubierto del juego redistrubutivo menor. Esa reserva no se registra en las cuentas públicas cerradas en matrices y modelos ya obsoletos. El equipo económico es muy solvente, quizás el mejor disponible en el país y conoce esto perfectamente. La otra salida del dilema no está disponible. Es temprano aún para que, voluntariamente, la familia reordene y distribuya su patrimonio encaminando los hijos hacia un futuro de mayor realismo, de más independencia y libertad individual. Esa salida resultará de una maduración aún más rápida que la izquierda ha logrado ya en el ejercicio del gobierno. Aquella exigencia de Rawls respecto a la necesidad de la rotación en los cargos públicos no estaba vinculada sólo a su igualitarismo tan criticado, sino en una dinámica de desarrollo social que pasaba por la acumulación de experiencias prácticas.
Esa formula…
En tanto, estamos en el umbral de una etapa cuyos riesgos son extremadamente elevados. Esos riesgos están vinculados esencialmente más que a crisis catastróficas -que no las habrá- a pérdida de oportunidades y tiempo. Cómo en la economía el mercado descuenta futuro en presente, en política una ciudadanía atenta que define en el centro –entendido como espacio de racionalidad mayor- todas las cuestiones electorales principales está descontando esos riesgos de ruptura y quiebre. Más que un problema nacional, la solución más probable del dilema representa un problema de primera magnitud para la izquierda. Es un problema de realidad y de afectos. Al menos, hay que saberlo.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
561 - Polis - Percepciones y conjeturas - Guillermo Asi
* además de contener y contextualizar
permanentemente textos de discusión,
apertura y conocimiento, bussblogger da
lugar a propuestas, red
¿Es posible aumentar la cantidad de policías sin aumentar el presupuesto nacional?
Anécdota:
En la habitual recorrida que hace el gerente por la empresa, el encargado de logística le dice:
Eduardo, mira tenemos un problema, la producción de la línea C, esta desfasada y nos atrasa todo el armado.
Muy bien Jorge te agradezco la rápida información, ¿ya pensaste como solucionarlo?
Si, fue el componente Z vino una parte de la partida con un defecto de fabricación imperceptible pero en el armado salto la dificultad ya hablé con el proveedor y en un rato nos trae los buenos, también organice un nuevo sistema de control de calidad para que esto no se repita.
Jorge te felicito gente como tu es la que hace que ocupemos el lugar que ocupamos gracias nuevamente.
Por nada Eduardo, soy conciente de que si uno además del problema no aporta una posible solución, uno forma parte del problema.
_________________________________________________________________________
Sra. Ministra del Interior, tenemos un problema, falta vigilancia en las calles de Montevideo y creo que puedo aportar una solución.
1) Solicitar a los mejores instructores de la Policía que preparen un curso breve pero intensivo, de no más de 90 días con el objetivo de capacitar e instruir en lo necesario a varios grupos de soldados para que puedan cumplir la función de vigilancia policial.
2) Abrir un periodo de pases para todos aquellos soldados menores de 35 años y en condiciones físicas e intelectuales, apropiadas puedan pasar del Ministerio de Defensa al Ministerio del Interior a cumplir la función de policías.
3) Coordinar con el Ministerio de Economía y las autoridades que correspondan para trasladar los rubros correspondientes a los sueldos y aportes de dichos funcionarios del Ministerio de Defensa al Ministerio del Interior.
Creo que de esta manera podríamos poner en la calle varios cientos de vigilantes más, sin que aumente el presupuesto del Estado.
permanentemente textos de discusión,
apertura y conocimiento, bussblogger da
lugar a propuestas, red
¿Es posible aumentar la cantidad de policías sin aumentar el presupuesto nacional?
Anécdota:
En la habitual recorrida que hace el gerente por la empresa, el encargado de logística le dice:
Eduardo, mira tenemos un problema, la producción de la línea C, esta desfasada y nos atrasa todo el armado.
Muy bien Jorge te agradezco la rápida información, ¿ya pensaste como solucionarlo?
Si, fue el componente Z vino una parte de la partida con un defecto de fabricación imperceptible pero en el armado salto la dificultad ya hablé con el proveedor y en un rato nos trae los buenos, también organice un nuevo sistema de control de calidad para que esto no se repita.
Jorge te felicito gente como tu es la que hace que ocupemos el lugar que ocupamos gracias nuevamente.
Por nada Eduardo, soy conciente de que si uno además del problema no aporta una posible solución, uno forma parte del problema.
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Sra. Ministra del Interior, tenemos un problema, falta vigilancia en las calles de Montevideo y creo que puedo aportar una solución.
1) Solicitar a los mejores instructores de la Policía que preparen un curso breve pero intensivo, de no más de 90 días con el objetivo de capacitar e instruir en lo necesario a varios grupos de soldados para que puedan cumplir la función de vigilancia policial.
2) Abrir un periodo de pases para todos aquellos soldados menores de 35 años y en condiciones físicas e intelectuales, apropiadas puedan pasar del Ministerio de Defensa al Ministerio del Interior a cumplir la función de policías.
3) Coordinar con el Ministerio de Economía y las autoridades que correspondan para trasladar los rubros correspondientes a los sueldos y aportes de dichos funcionarios del Ministerio de Defensa al Ministerio del Interior.
Creo que de esta manera podríamos poner en la calle varios cientos de vigilantes más, sin que aumente el presupuesto del Estado.
martes, 2 de septiembre de 2008
555 - Polis - Neopopulismo latinoamericano - José Sebreli
* ¿Quiénes son y cómo piensan Ernesto Laclau
y Chantal Mouffe, el matrimonio de
intelectuales que inspiró la polìtica kirchnerista?,
y me tomé el atrevimiento de sumar un artículo
de esteban valenti, un comentario del colaborador
de bussblogger santiago valledor y la breve
respuesta de ev, polis y polemos, red.
El sociólogo rastrea la genealogía de las influencias intelectuales que gravitan en la toma de decisión de Néstor Kirchner y de la presidenta Cristina Fernández. Y establece la inspiración de su característica forma de gobernar. ¿Quiénes son y cómo piensan Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, el matrimonio de intelectuales que inspiró la política kirchnerista? “Del viejo populismo y el posestructuralismo francés de los 70 surgió el modelo del neopopulismo latinoamericano que, según sueña Laclau, puede llegar a jugar un papel protagónico en el futuro”, escribe aquí Sebreli.
Durante el conflicto del campo, cartas abiertas, entrevistas radiales y televisivas y hasta un diálogo público con Néstor Kirchner han dado a conocer un nuevo estilo político, el de los peronistas posmodernos o “intelectuales K”. Conforma un derivado del impreciso “neopopulismo latinoamericano” o “socialismo del siglo XXI”, que representan Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y los hermanos Fidel y Raúl Castro, sempiternos patriarcas. Para el matrimonio Kirchner se trata de un viaje de ida y vuelta, del antiguo al nuevo populismo; ellos imitan a Chávez que, a su vez, se inspira en Perón. No hay muchas diferencias entre el viejo y el nuevo populismo, el modelo es el mismo: movimientismo opuesto al sistema de partidos, líderes autoritarios, manipulación de masas, desprecio por las instituciones republicanas y una economía mercadointernista y antiexportadora. Más sofisticados que los populistas históricos, los neopopulistas promueven un autoritarismo suave o, como decía un opositor venezolano, “un totalitarismo light”, de acuerdo a los tiempos medianamente democráticos que vive el continente.
Algunos adherentes al movimiento llamado Carta Abierta son funcionarios públicos o montoneros reciclados y algún firmante equívoco como David Viñas que luego, en un acto en la Biblioteca Nacional, declaró: “No soy un intelectual K”. En ese agrupamiento apresurado y heteróclito se destaca, con perfiles propios, un subgrupo inspirado por Ernesto Laclau, a su vez mentor intelectual de los Kirchner. Cristina Kirchner se dice discípula de Chantal Mouffe, mujer de Laclau, y En torno a lo político pasa por ser su libro de cabecera. Laclau mantuvo diálogos telefónicos desde Londres con los Kirchner aconsejándoles no transar con el campo y en su último viaje participó en un acto kirchnerista. La biografía intelectual de Laclau explica en parte sus complicadas posiciones. Hizo su primera intervención política allá por los años 50 en el FIP (Frente Izquierda Popular), agrupación trotkista-peronista presidida por Jorge Abelardo Ramos, inventor del nacionalismo de izquierda. Sin embargo, ya por entonces Laclau se acercaba más a Gramsci y al concepto de “lo nacional y popular” que al internacionalismo proletario de Trotsky, aunque se mantuvo apartado de los gramscianos argentinos a los que menospreciaba por “liberales”. También se fue alejando de Marx, difícil de conciliar con el nacionalismo, aunque se le agregara el calificativo de popular.
Esas preferencias del joven Laclau señalaban un rasgo que definiría su concepción posterior: el predominio de lo político sobre lo económico y de las particularidades nacionales sobre el universalismo. Después Laclau se estableció en Gran Bretaña, estudió en Oxford, fue profesor en la Universidad de Essex y reconoció en París su “verdadera patria espiritual”. En ese derrotero intelectual, insólito para un tercermundista, entró en contacto con las corrientes filosóficas europeas en boga: althusserismo, lacanismo, deconstructivismo. De esa mezcla rara entre el viejo populismo de su juventud porteña y el posestructuralismo francés de los 70, surgió el modelo del neopopulismo latinoamericano que, según sueña Laclau, puede llegar a jugar un papel protagónico en el futuro.
La fracción laclauista de Carta Abierta está integrada por profesores y sus discípulos de las facultades de humanidades de la UBA, incluido algún decano. Próximos a disciplinas periféricas como los estudios culturales, algunos de ellos se dedicaron a hacer filosofía de la literatura, y ahora quieren hacer literatura de la política. Su repercusión se ha reducido a los enclaves universitarios de las calle Puán o Marcelo T. De Alvear, y a engrosar las escuálidas huestes de las izquierdas en los actos kirchneristas; apenas una tormenta en un vaso de agua.
Este populismo de cátedra es distinto al de los años 60 y 70 centrado entonces en las “cátedras nacionales” originadas en el nacionalismo católico. El nuevo populismo proviene de la progresía convencida por Laclau de que la corriente institucionalista socialdemócrata es incapaz de responder a las demandas populares; acusa a Tabaré Vazquez y a Michelle Bachelet de “traidores” y a Lula Da Silva de “ambiguo”.
Pero el verdadero pensamiento de los intelectuales K es muy difícil de desentrañar dado que la prosa de Laclau y sus continuadores es críptica, comprensible tan sólo por una elite de iniciados, extraña opción para quienes se proponen “la construcción de un pueblo”, “la constitución de un nuevo sujeto político”. El estilo de Laclau está empedrado de indefinidos plurales: “Ideales emancipatorios”, “prácticas articulatorias”, “materialidades de la estructura discursiva”, “especificidades del vínculo hegemónico”, que traen el eco del barroco krausista-yrigoyenista. Con esa misma jergosidad academicista están escritas las proclamas de los intelectuales K y con la retórica hermética de sus papers o sus tesis universitarias hablan en los medios de comunicación. Más que declaraciones políticas parecen ser ejercicios de estilo. El alambicamiento sustituye a la argumentación y a la ausencia de datos objetivos. La oscuridad oculta la trivialidad y anacronismo de consignas que compañeros de ruta menos sutiles como Luis D’Elía reducen a antagonismos simplistas como pueblo-oligarquía y patria-colonia.
Además de los posestructuralistas franceses, otra fuente inesperada de Laclau es Carl Schmitt, jurista del nazismo a quien, aunque con reservas, reivindica. Se trata de un Schmitt algo distinto del admirado por los viejos populistas Arturo Sampay y Joaquín Díaz de Vivar, que querían convencer a Perón de invitarlo a la Argentina. El neoschmittianismo ha sido blanqueado de su nacionalsocialismo por la nueva izquierda después de que el jurista elogió las guerrillas campesinas. A través de Laclau y Mouffe, los Kirchner se enteraron de que eran schmittianos sin saberlo, ya que practican la concepción política preconizada por el teórico alemán: confrontación permanente, antagonismo insuperable de amigo-enemigo y decisionismo como forma opuesta a la discusión liberal. Aprendieron de Schmitt que el poder no reside en las instituciones republicanas sino en la persona del “soberano”, el que decide en el estado de excepción ante la crisis. Esta estrategia no les ha dado, sin embargo, los resultados esperados, y hasta llegó a ser derrotada en el Parlamento por la –para ellos– desdeñable deliberación indecisa de la democracia formal.
El laclauismo K tiene su parte de razón cuando sostiene que los conceptos de izquierda y derecha no están caducos y que sólo sus contenidos deben ser reconsiderados. Pero se equivoca cuando, al analizar las situaciones concretas, identifica a la izquierda con el populismo y a la derecha con la democracia liberal o la socialdemocracia. Se equivoca al calificar despectivamente de optimismo utópico al universalismo racionalista y democrático, y oponerle las “identidades colectivas” de pueblo y nación cuando éstas se están disolviendo ante el avance conjunto del individualismo y la globalización. El resurgimiento actual de los particularismos religiosos, étnicos y nacionales parecería darles la razón a los neopopulistas. Pero en la historia de las ideas políticas siempre ha ocurrido así, el avance avasallador de una tendencia provoca la reacción crispada de lo opuesto que lucha desesperadamente antes de morir.
/////////////////////
La izquierda y la autoridad
Esteban Valenti (*)
"El reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder"Corintios 1, atribuido a Pablo de Tarso
Nosotros vivimos en medio de varias fuerzas históricas que nos condicionan. Fuerzas y tradiciones contradictorias. Tenemos un tronco anarquista innegable, que se revuelve ante la sola mención de la autoridad, otra de origen dictadura del proletariado en sus múltiples variantes, considera la autoridad como parte esencial del poder y todos venimos de muchos cascotazos y derrumbes y vivimos en la duda.
Desde que nacimos como jacobinos sentados a la izquierda de la Asamblea nacional francesa y nos debatimos entre los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad y el ejercicio del poder contra la monarquía y luego contra nosotros mismos, o en el surgimiento del movimiento obrero con la revolución industrial, que basó su desarrollo no sólo en las máquinas sino en nuevas formas de disciplina en el trabajo, la autoridad ha sido un tema de extrema tensión para la izquierda.
Ahora en Uruguay y no es una reflexión superflua, abstracta, se trata de un tema central a la hora de gobernar. ¿Cómo y hasta donde utilizar el poder, la autoridad? El que no asuma estas preguntas y todas sus consecuencias en realidad no está preparado en absoluto para gobernar y menos para cambiar. A lo sumo será un buen comentarista.
La inmensa mayoría de la izquierda uruguaya viene de sus propias experiencias de autoridad y de democracia. Todos hemos avanzado, cambiado, enriquecido nuestra propia cultura democrática. A veces a golpes y otras críticamente. O en forma combinada.
Hoy estamos en el gobierno nacional y en ocho intendencias. Y obviamente hemos tenido que ejercer la autoridad. Nadie puede decir que nuestro pecado haya sido excedernos. En lo fundamental hemos sido respetuosos de todas las normas, leyes y sobre todo de la Constitución. A pesar de que la oposición nos dedicó tres largos años de acusaciones catastróficas sobre los peligros que se cernían sobre el orden constitucional. Patrañas y poco más. Los viejos reflejos condicionados de agitar sábanas. Hemos asumido plenamente la frase de Cicerón, Somos esclavos de las leyes para poder ser libres .
El ejercicio de la autoridad no queda reducido solo a la observancia de las normas, es algo cotidiano, permanente que exige mucho equilibrio, pero también personalidad y coraje. Exige audacia, jugarse. La autoridad es algo muy peligroso y complejo, tiene que ver nada menos que con la libertad. La afecta si nos excedemos en cualquiera de los dos sentidos, si nos pasamos de la raya o si somos timoratos y asustadizos.
Un buen gobierno sabe utilizar adecuadamente la autoridad. Dentro de las normas democráticas. Repitámoslo para que no haya dudas. Un buen presidente, coordina, delega, agrupa, dialoga, discute, pero llegado el momento decide. Y asume la responsabilidad. Eso vale para cualquier gobernante dentro de los límites de sus potestades y responsabilidades.
Hay zonas de la actividad de los gobiernos nacional y departamentales, donde esa capacidad de decidir, de utilizar la autoridad no ha sido ni es tan clara. Hay en la izquierda una cierta resistencia a considerar la autoridad como parte esencial del ordenamiento democrático. Tenemos un cierto pudor con el uso de la autoridad.
Hay aparatos especializados dentro del estado, que utilizan la fuerza y la disuasión y que tienen determinadas estructuras de mando, donde si estas se debilitan lo único que avanza no es la democracia sino el desorden.
Hay temas que debe afrontar la sociedad que si les damos una justificación ideológica y social como por ejemplo el delito y su crecimiento, lo que estamos creando es una sensación térmica muy peligrosa. No me refiero a lo que tradicionalmente le llamamos sensación térmica, sino al mensaje que transmitimos a los delincuentes, a los potenciales delincuentes y a los aparatos del Estado destinados a combatir el delito. En esos temas hay que ser muy, muy cuidadosos y muy claros. Los errores se pagan muy caros.
Nuestro lema en la campaña electoral fue que seríamos duros con el delito pero más duros con las causas del delito. Son durezas diferentes, no en cantidad sino en calidad y en tiempos. La izquierda no puede ni debe transmitir la sensación de que es débil y titubeante en el uso de la autoridad en ninguno de los frentes donde esta se requiere, en particular en la lucha contra la delincuencia de todo tipo.
Pero la autoridad no termina allí. Tiene expresiones diferentes, mucho más complejas. Por ejemplo en la educación. Por algunas experiencias de las últimas semanas tengo la impresión que en muchos institutos de enseñanza media los límites entre la autoridad y el desborde están muy confusos. La reforma de la educación deberá discutirse, enriquecerse, y todo lo que haga falta, pero no habrá ni reforma ni educación, si crece el desmadre que se percibe en algunos institutos. La autoridad en estos casos es mucho más compleja, tiene que ver con las experiencias sociales y familiares de los adolescentes, pero no puede ser substituida por abundantes conversaciones sobre sociología. Hay demasiada sociología y poca autoridad.
Notoriamente yo pertenezco a otra generación. Revoltosa, llena de luchas, de tensiones, de confrontaciones muy duras con el sistema, con las autoridades, pero a la hora de entrar a clase o al liceo, había cosas y límites bien claros. Directores y profesores que nos marcaron nuestros límites y nuestras vidas. Para bien, para aprender a vivir en sociedad, para estudiar y respetar formas de convivencia. Y seguíamos queriendo y luchando por la revolución.
Yo he visto varias clases enteras asomadas por la ventana en horas de clase, detrás de barrotes y enrejados típicos de esta época insultando a todos los que pasaban por las inmediaciones. Creo que no se salvó nadie. ¿Será la nueva pedagogía, la nueva libertad de educación? ¿El nuevo orden?
Tengo absolutamente claro que para llegar a esos niveles se han acumulado varios años de decadencia y de desorden, pero si creemos que los cambios que la educación reclama de forma perentoria, podrán escabullirse de esos problemas, asumirlos como una fatalidad y pasar de largo, estamos profundamente equivocados.
Sin una autoridad adecuada, profundamente democrática, pero autoridad al fin, no habrá reforma que funcione y peor aún, la educación se irá precipitando en un marasmo cada día peor y más hondo. El respeto por ciertas formas de convivencia, entre los propios adolescentes, con sus profesores y con las instituciones de enseñanza no son un instrumento, son una de las bases del sistema educativo y de la propia sociedad uruguaya.
No nos asombremos cuando asistimos a manifestaciones frecuentes de violencia, de excesos, de perdida de los límites en el deporte, en las fiestas, en la puertas y en las aulas de los centros de enseñanza. Estamos a tiempo, pero hay que cambiar, hay que discutir sobre estos temas. Pero todo no puede ser una interminable e intrascendente perorata. Hay que decidir.
Cuando se decidió que el resto de los uruguayos que no fumamos no teníamos porque someternos al vicio de los fumadores, nadie creía que las medidas adoptadas se acatarían de manera unánime. ¿Cómo? ¿los uruguayos? Y allí están, firmes y claras.
Cuando el control en el exceso de consumo de alcohol en los conductores se haga práctica cotidiana, permanente y más exigente, veremos disminuir muchas cosas, sobre todo los accidentes y una parte del caos en el tráfico. Cuando la autoridad se ejerce con un sentido social, con claridad y responsabilidad republicana, es parte esencial de la democracia. Y la izquierda es cada día más claramente democrática. Por eso no sólo no debe temerle a la autoridad, debe elaborar, pensar, y actuar en por sociedad con más y mejor autoridad.
* valenti se presenta como periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay.
*******
Ev, perdoná que te siga ocupando tiempo, pero siento la necesidad de subrayar algunas cosas.
1- no te "acusé" de ª"pragmático2, por el contrario. No veo mal actuar de ese modo para sacar/salvar un proceso que, sin duda, es millones de veces que lo anterior.
2- lo que particularmente me parecería positivo - no se si mejor - sería aplicar cierta "mano dura" con lo que llamaría una CLASE OCUPANTE, representante del capitalismo imperialista.
3- eso supondría una política de estímulo a la inversión amiga y de atención s lo que en otras épocas llamamos tercerismo, en la búsqueda de la opción tercermundista. Consolidado el bloque único, habrá que pensar en un salto dialéctico cualitativamente correcto, que no interrumpa desarrollos tan positivos como el que TABARÉ ha encabezado.
4- una vez que el UNO ha decido no buscar la reelección, ese tema se cuela en la definición de candidaturas en al menos tres etapas, a saber:
A- en cada decisión sectorial hacia el congreso, y sus respectivas repercusiones en la interna del FA y en los bombos - positivos y negativos, verdaderos y falsos, bien y mal intencionados -.
B- el desarrollo del congreso - posiciones, negociaciones, presiones, prensa, definiciones ideológicas y programáticas (que son necesarias) y decisión final (un candidato o ir a internas)
C- entre el congreso y las internas - sobre todo si hay puja interno - y su contemporaneidad con parte de la recta final del primer y exitoso gobierno de izquierda en el país.
D- de las internas a las elecciones - OJO -
E- LUEGO - -ganamos, hurraaa¡¡¡
-ballotaje, cuidado con la (s)políticas de alianzas
-ganamos, hurrrrra¡¡¡, ahora con los dientes apretados y mucho suspensor para aguantar la mayoría derechoide, sería una linda y jodida prueba.
-perdemos, recontrajodido. Habrá incluso quiénes propongan no entregar nada, y veremos qué quieren tirar abajo, con qué reforma solidaria se la agarran...NOOOOO¡¡¡¡
EN CONCLUSIÓN, HAY QUE HACER TODO PARA GANAR EN PRIMERA VUELTA, PERO ¿QUÉ ES TODO?
ROBERTO
PD, PERDONÁ, NO PUEDO CON MI CONDICIÓN DE PERIODISTA Y DOCENTE, A TUS ÓRDENES PA'SEGUIRLA O ESTIRARME DIALÉCTICAMENTE HABLANDO, UNIDAD, sv
****************
Gracias por tus comentarios. Pero no me siento pragmÁtico.
Creo que la izquierda debía pasar una prueba, sacar el pais del pozo
y mostrar que sabe gobernar el pais. Y lo estamos haciendo, mejor de
lo que lo han hecho todos los anteriores y mejor de lo que imagin´ÑAbamos
los más optimistas.
Ahora hay que consolidar el cambio y acompañarlo de un cambio
cultural, profundo. Nos falta mucho.EV
>
y Chantal Mouffe, el matrimonio de
intelectuales que inspiró la polìtica kirchnerista?,
y me tomé el atrevimiento de sumar un artículo
de esteban valenti, un comentario del colaborador
de bussblogger santiago valledor y la breve
respuesta de ev, polis y polemos, red.
El sociólogo rastrea la genealogía de las influencias intelectuales que gravitan en la toma de decisión de Néstor Kirchner y de la presidenta Cristina Fernández. Y establece la inspiración de su característica forma de gobernar. ¿Quiénes son y cómo piensan Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, el matrimonio de intelectuales que inspiró la política kirchnerista? “Del viejo populismo y el posestructuralismo francés de los 70 surgió el modelo del neopopulismo latinoamericano que, según sueña Laclau, puede llegar a jugar un papel protagónico en el futuro”, escribe aquí Sebreli.
Durante el conflicto del campo, cartas abiertas, entrevistas radiales y televisivas y hasta un diálogo público con Néstor Kirchner han dado a conocer un nuevo estilo político, el de los peronistas posmodernos o “intelectuales K”. Conforma un derivado del impreciso “neopopulismo latinoamericano” o “socialismo del siglo XXI”, que representan Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y los hermanos Fidel y Raúl Castro, sempiternos patriarcas. Para el matrimonio Kirchner se trata de un viaje de ida y vuelta, del antiguo al nuevo populismo; ellos imitan a Chávez que, a su vez, se inspira en Perón. No hay muchas diferencias entre el viejo y el nuevo populismo, el modelo es el mismo: movimientismo opuesto al sistema de partidos, líderes autoritarios, manipulación de masas, desprecio por las instituciones republicanas y una economía mercadointernista y antiexportadora. Más sofisticados que los populistas históricos, los neopopulistas promueven un autoritarismo suave o, como decía un opositor venezolano, “un totalitarismo light”, de acuerdo a los tiempos medianamente democráticos que vive el continente.
Algunos adherentes al movimiento llamado Carta Abierta son funcionarios públicos o montoneros reciclados y algún firmante equívoco como David Viñas que luego, en un acto en la Biblioteca Nacional, declaró: “No soy un intelectual K”. En ese agrupamiento apresurado y heteróclito se destaca, con perfiles propios, un subgrupo inspirado por Ernesto Laclau, a su vez mentor intelectual de los Kirchner. Cristina Kirchner se dice discípula de Chantal Mouffe, mujer de Laclau, y En torno a lo político pasa por ser su libro de cabecera. Laclau mantuvo diálogos telefónicos desde Londres con los Kirchner aconsejándoles no transar con el campo y en su último viaje participó en un acto kirchnerista. La biografía intelectual de Laclau explica en parte sus complicadas posiciones. Hizo su primera intervención política allá por los años 50 en el FIP (Frente Izquierda Popular), agrupación trotkista-peronista presidida por Jorge Abelardo Ramos, inventor del nacionalismo de izquierda. Sin embargo, ya por entonces Laclau se acercaba más a Gramsci y al concepto de “lo nacional y popular” que al internacionalismo proletario de Trotsky, aunque se mantuvo apartado de los gramscianos argentinos a los que menospreciaba por “liberales”. También se fue alejando de Marx, difícil de conciliar con el nacionalismo, aunque se le agregara el calificativo de popular.
Esas preferencias del joven Laclau señalaban un rasgo que definiría su concepción posterior: el predominio de lo político sobre lo económico y de las particularidades nacionales sobre el universalismo. Después Laclau se estableció en Gran Bretaña, estudió en Oxford, fue profesor en la Universidad de Essex y reconoció en París su “verdadera patria espiritual”. En ese derrotero intelectual, insólito para un tercermundista, entró en contacto con las corrientes filosóficas europeas en boga: althusserismo, lacanismo, deconstructivismo. De esa mezcla rara entre el viejo populismo de su juventud porteña y el posestructuralismo francés de los 70, surgió el modelo del neopopulismo latinoamericano que, según sueña Laclau, puede llegar a jugar un papel protagónico en el futuro.
La fracción laclauista de Carta Abierta está integrada por profesores y sus discípulos de las facultades de humanidades de la UBA, incluido algún decano. Próximos a disciplinas periféricas como los estudios culturales, algunos de ellos se dedicaron a hacer filosofía de la literatura, y ahora quieren hacer literatura de la política. Su repercusión se ha reducido a los enclaves universitarios de las calle Puán o Marcelo T. De Alvear, y a engrosar las escuálidas huestes de las izquierdas en los actos kirchneristas; apenas una tormenta en un vaso de agua.
Este populismo de cátedra es distinto al de los años 60 y 70 centrado entonces en las “cátedras nacionales” originadas en el nacionalismo católico. El nuevo populismo proviene de la progresía convencida por Laclau de que la corriente institucionalista socialdemócrata es incapaz de responder a las demandas populares; acusa a Tabaré Vazquez y a Michelle Bachelet de “traidores” y a Lula Da Silva de “ambiguo”.
Pero el verdadero pensamiento de los intelectuales K es muy difícil de desentrañar dado que la prosa de Laclau y sus continuadores es críptica, comprensible tan sólo por una elite de iniciados, extraña opción para quienes se proponen “la construcción de un pueblo”, “la constitución de un nuevo sujeto político”. El estilo de Laclau está empedrado de indefinidos plurales: “Ideales emancipatorios”, “prácticas articulatorias”, “materialidades de la estructura discursiva”, “especificidades del vínculo hegemónico”, que traen el eco del barroco krausista-yrigoyenista. Con esa misma jergosidad academicista están escritas las proclamas de los intelectuales K y con la retórica hermética de sus papers o sus tesis universitarias hablan en los medios de comunicación. Más que declaraciones políticas parecen ser ejercicios de estilo. El alambicamiento sustituye a la argumentación y a la ausencia de datos objetivos. La oscuridad oculta la trivialidad y anacronismo de consignas que compañeros de ruta menos sutiles como Luis D’Elía reducen a antagonismos simplistas como pueblo-oligarquía y patria-colonia.
Además de los posestructuralistas franceses, otra fuente inesperada de Laclau es Carl Schmitt, jurista del nazismo a quien, aunque con reservas, reivindica. Se trata de un Schmitt algo distinto del admirado por los viejos populistas Arturo Sampay y Joaquín Díaz de Vivar, que querían convencer a Perón de invitarlo a la Argentina. El neoschmittianismo ha sido blanqueado de su nacionalsocialismo por la nueva izquierda después de que el jurista elogió las guerrillas campesinas. A través de Laclau y Mouffe, los Kirchner se enteraron de que eran schmittianos sin saberlo, ya que practican la concepción política preconizada por el teórico alemán: confrontación permanente, antagonismo insuperable de amigo-enemigo y decisionismo como forma opuesta a la discusión liberal. Aprendieron de Schmitt que el poder no reside en las instituciones republicanas sino en la persona del “soberano”, el que decide en el estado de excepción ante la crisis. Esta estrategia no les ha dado, sin embargo, los resultados esperados, y hasta llegó a ser derrotada en el Parlamento por la –para ellos– desdeñable deliberación indecisa de la democracia formal.
El laclauismo K tiene su parte de razón cuando sostiene que los conceptos de izquierda y derecha no están caducos y que sólo sus contenidos deben ser reconsiderados. Pero se equivoca cuando, al analizar las situaciones concretas, identifica a la izquierda con el populismo y a la derecha con la democracia liberal o la socialdemocracia. Se equivoca al calificar despectivamente de optimismo utópico al universalismo racionalista y democrático, y oponerle las “identidades colectivas” de pueblo y nación cuando éstas se están disolviendo ante el avance conjunto del individualismo y la globalización. El resurgimiento actual de los particularismos religiosos, étnicos y nacionales parecería darles la razón a los neopopulistas. Pero en la historia de las ideas políticas siempre ha ocurrido así, el avance avasallador de una tendencia provoca la reacción crispada de lo opuesto que lucha desesperadamente antes de morir.
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La izquierda y la autoridad
Esteban Valenti (*)
"El reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder"Corintios 1, atribuido a Pablo de Tarso
Nosotros vivimos en medio de varias fuerzas históricas que nos condicionan. Fuerzas y tradiciones contradictorias. Tenemos un tronco anarquista innegable, que se revuelve ante la sola mención de la autoridad, otra de origen dictadura del proletariado en sus múltiples variantes, considera la autoridad como parte esencial del poder y todos venimos de muchos cascotazos y derrumbes y vivimos en la duda.
Desde que nacimos como jacobinos sentados a la izquierda de la Asamblea nacional francesa y nos debatimos entre los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad y el ejercicio del poder contra la monarquía y luego contra nosotros mismos, o en el surgimiento del movimiento obrero con la revolución industrial, que basó su desarrollo no sólo en las máquinas sino en nuevas formas de disciplina en el trabajo, la autoridad ha sido un tema de extrema tensión para la izquierda.
Ahora en Uruguay y no es una reflexión superflua, abstracta, se trata de un tema central a la hora de gobernar. ¿Cómo y hasta donde utilizar el poder, la autoridad? El que no asuma estas preguntas y todas sus consecuencias en realidad no está preparado en absoluto para gobernar y menos para cambiar. A lo sumo será un buen comentarista.
La inmensa mayoría de la izquierda uruguaya viene de sus propias experiencias de autoridad y de democracia. Todos hemos avanzado, cambiado, enriquecido nuestra propia cultura democrática. A veces a golpes y otras críticamente. O en forma combinada.
Hoy estamos en el gobierno nacional y en ocho intendencias. Y obviamente hemos tenido que ejercer la autoridad. Nadie puede decir que nuestro pecado haya sido excedernos. En lo fundamental hemos sido respetuosos de todas las normas, leyes y sobre todo de la Constitución. A pesar de que la oposición nos dedicó tres largos años de acusaciones catastróficas sobre los peligros que se cernían sobre el orden constitucional. Patrañas y poco más. Los viejos reflejos condicionados de agitar sábanas. Hemos asumido plenamente la frase de Cicerón, Somos esclavos de las leyes para poder ser libres .
El ejercicio de la autoridad no queda reducido solo a la observancia de las normas, es algo cotidiano, permanente que exige mucho equilibrio, pero también personalidad y coraje. Exige audacia, jugarse. La autoridad es algo muy peligroso y complejo, tiene que ver nada menos que con la libertad. La afecta si nos excedemos en cualquiera de los dos sentidos, si nos pasamos de la raya o si somos timoratos y asustadizos.
Un buen gobierno sabe utilizar adecuadamente la autoridad. Dentro de las normas democráticas. Repitámoslo para que no haya dudas. Un buen presidente, coordina, delega, agrupa, dialoga, discute, pero llegado el momento decide. Y asume la responsabilidad. Eso vale para cualquier gobernante dentro de los límites de sus potestades y responsabilidades.
Hay zonas de la actividad de los gobiernos nacional y departamentales, donde esa capacidad de decidir, de utilizar la autoridad no ha sido ni es tan clara. Hay en la izquierda una cierta resistencia a considerar la autoridad como parte esencial del ordenamiento democrático. Tenemos un cierto pudor con el uso de la autoridad.
Hay aparatos especializados dentro del estado, que utilizan la fuerza y la disuasión y que tienen determinadas estructuras de mando, donde si estas se debilitan lo único que avanza no es la democracia sino el desorden.
Hay temas que debe afrontar la sociedad que si les damos una justificación ideológica y social como por ejemplo el delito y su crecimiento, lo que estamos creando es una sensación térmica muy peligrosa. No me refiero a lo que tradicionalmente le llamamos sensación térmica, sino al mensaje que transmitimos a los delincuentes, a los potenciales delincuentes y a los aparatos del Estado destinados a combatir el delito. En esos temas hay que ser muy, muy cuidadosos y muy claros. Los errores se pagan muy caros.
Nuestro lema en la campaña electoral fue que seríamos duros con el delito pero más duros con las causas del delito. Son durezas diferentes, no en cantidad sino en calidad y en tiempos. La izquierda no puede ni debe transmitir la sensación de que es débil y titubeante en el uso de la autoridad en ninguno de los frentes donde esta se requiere, en particular en la lucha contra la delincuencia de todo tipo.
Pero la autoridad no termina allí. Tiene expresiones diferentes, mucho más complejas. Por ejemplo en la educación. Por algunas experiencias de las últimas semanas tengo la impresión que en muchos institutos de enseñanza media los límites entre la autoridad y el desborde están muy confusos. La reforma de la educación deberá discutirse, enriquecerse, y todo lo que haga falta, pero no habrá ni reforma ni educación, si crece el desmadre que se percibe en algunos institutos. La autoridad en estos casos es mucho más compleja, tiene que ver con las experiencias sociales y familiares de los adolescentes, pero no puede ser substituida por abundantes conversaciones sobre sociología. Hay demasiada sociología y poca autoridad.
Notoriamente yo pertenezco a otra generación. Revoltosa, llena de luchas, de tensiones, de confrontaciones muy duras con el sistema, con las autoridades, pero a la hora de entrar a clase o al liceo, había cosas y límites bien claros. Directores y profesores que nos marcaron nuestros límites y nuestras vidas. Para bien, para aprender a vivir en sociedad, para estudiar y respetar formas de convivencia. Y seguíamos queriendo y luchando por la revolución.
Yo he visto varias clases enteras asomadas por la ventana en horas de clase, detrás de barrotes y enrejados típicos de esta época insultando a todos los que pasaban por las inmediaciones. Creo que no se salvó nadie. ¿Será la nueva pedagogía, la nueva libertad de educación? ¿El nuevo orden?
Tengo absolutamente claro que para llegar a esos niveles se han acumulado varios años de decadencia y de desorden, pero si creemos que los cambios que la educación reclama de forma perentoria, podrán escabullirse de esos problemas, asumirlos como una fatalidad y pasar de largo, estamos profundamente equivocados.
Sin una autoridad adecuada, profundamente democrática, pero autoridad al fin, no habrá reforma que funcione y peor aún, la educación se irá precipitando en un marasmo cada día peor y más hondo. El respeto por ciertas formas de convivencia, entre los propios adolescentes, con sus profesores y con las instituciones de enseñanza no son un instrumento, son una de las bases del sistema educativo y de la propia sociedad uruguaya.
No nos asombremos cuando asistimos a manifestaciones frecuentes de violencia, de excesos, de perdida de los límites en el deporte, en las fiestas, en la puertas y en las aulas de los centros de enseñanza. Estamos a tiempo, pero hay que cambiar, hay que discutir sobre estos temas. Pero todo no puede ser una interminable e intrascendente perorata. Hay que decidir.
Cuando se decidió que el resto de los uruguayos que no fumamos no teníamos porque someternos al vicio de los fumadores, nadie creía que las medidas adoptadas se acatarían de manera unánime. ¿Cómo? ¿los uruguayos? Y allí están, firmes y claras.
Cuando el control en el exceso de consumo de alcohol en los conductores se haga práctica cotidiana, permanente y más exigente, veremos disminuir muchas cosas, sobre todo los accidentes y una parte del caos en el tráfico. Cuando la autoridad se ejerce con un sentido social, con claridad y responsabilidad republicana, es parte esencial de la democracia. Y la izquierda es cada día más claramente democrática. Por eso no sólo no debe temerle a la autoridad, debe elaborar, pensar, y actuar en por sociedad con más y mejor autoridad.
* valenti se presenta como periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay.
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Ev, perdoná que te siga ocupando tiempo, pero siento la necesidad de subrayar algunas cosas.
1- no te "acusé" de ª"pragmático2, por el contrario. No veo mal actuar de ese modo para sacar/salvar un proceso que, sin duda, es millones de veces que lo anterior.
2- lo que particularmente me parecería positivo - no se si mejor - sería aplicar cierta "mano dura" con lo que llamaría una CLASE OCUPANTE, representante del capitalismo imperialista.
3- eso supondría una política de estímulo a la inversión amiga y de atención s lo que en otras épocas llamamos tercerismo, en la búsqueda de la opción tercermundista. Consolidado el bloque único, habrá que pensar en un salto dialéctico cualitativamente correcto, que no interrumpa desarrollos tan positivos como el que TABARÉ ha encabezado.
4- una vez que el UNO ha decido no buscar la reelección, ese tema se cuela en la definición de candidaturas en al menos tres etapas, a saber:
A- en cada decisión sectorial hacia el congreso, y sus respectivas repercusiones en la interna del FA y en los bombos - positivos y negativos, verdaderos y falsos, bien y mal intencionados -.
B- el desarrollo del congreso - posiciones, negociaciones, presiones, prensa, definiciones ideológicas y programáticas (que son necesarias) y decisión final (un candidato o ir a internas)
C- entre el congreso y las internas - sobre todo si hay puja interno - y su contemporaneidad con parte de la recta final del primer y exitoso gobierno de izquierda en el país.
D- de las internas a las elecciones - OJO -
E- LUEGO - -ganamos, hurraaa¡¡¡
-ballotaje, cuidado con la (s)políticas de alianzas
-ganamos, hurrrrra¡¡¡, ahora con los dientes apretados y mucho suspensor para aguantar la mayoría derechoide, sería una linda y jodida prueba.
-perdemos, recontrajodido. Habrá incluso quiénes propongan no entregar nada, y veremos qué quieren tirar abajo, con qué reforma solidaria se la agarran...NOOOOO¡¡¡¡
EN CONCLUSIÓN, HAY QUE HACER TODO PARA GANAR EN PRIMERA VUELTA, PERO ¿QUÉ ES TODO?
ROBERTO
PD, PERDONÁ, NO PUEDO CON MI CONDICIÓN DE PERIODISTA Y DOCENTE, A TUS ÓRDENES PA'SEGUIRLA O ESTIRARME DIALÉCTICAMENTE HABLANDO, UNIDAD, sv
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Gracias por tus comentarios. Pero no me siento pragmÁtico.
Creo que la izquierda debía pasar una prueba, sacar el pais del pozo
y mostrar que sabe gobernar el pais. Y lo estamos haciendo, mejor de
lo que lo han hecho todos los anteriores y mejor de lo que imagin´ÑAbamos
los más optimistas.
Ahora hay que consolidar el cambio y acompañarlo de un cambio
cultural, profundo. Nos falta mucho.EV
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