lunes, 25 de agosto de 2008

548 - Alkimia - Contraidentidades - Golpazo tres, lumpenazgo vertical y crisis final - RB

* casi nos señalan un candidato. pero ese no es el tema. lo es como llegué de otras crisis con hijos - flia a una tesis documentada sobre mi ultra tema de las clases ocupantes, que transfiere a la tesis sobre la eventual verticalidad del lumpenazgo y su múltiple dimensión antirevolucionaria (motivo próximo libro).
* esto es, hay que escarbar para encontrar las raíces de los macachines, incorporo un pre-texto de hace unos años, el seis.
* ¿Qué hacer?
Respuesta: qué hacer supone..., implica...
Pero es difícil entender (me) en esta situación.
Estoy harto de no hacer, no tener qué hacer, sobre todo cuando hay tanto para hacer.
No me creo un héroe, pero hay grados de heroicidad y de heroísmo. La limitación es espantosa, y se agrega lo económico. Determinante.
Desde mis sillas percibo la lucha de clases. Si antes de caer no estás muy asegurado y alguien te apoya, para que no te jodan, estás liquidado.
El garrón fue muy grande, y el abandono de casi todos.
Lo entiendo pero no lo comprendo. ¡Es tan salvaje!
No puede ser un tema de competencia o competir. Sentís que estaban esperando que cayeras para devorarte, dejarte solo, seguirte hasta que murieras para comerse los restos y, después, el olvido.

* ahí está el punto, situación y necesidad, heroísmo y coyuntura, momento o circunstancia, proceso..., por ahí todos estamos políticamente locos, y eso es lo correcto, vean, texto siete.
* Política y locura
Por Horacio González *
La locura siempre fue un tema de debate político. Pero también la política es un tema ante el que suele pronunciarse la palabra locura. A veces podría pensarse que existe la política para poder definir qué es la locura. Por eso, la palabra escapa al campo de las psiquiatrías o los estudios de la mente para alojarse en un sentido genérico, que es el modo en que el lenguaje se destruye y perdería su sentido vital. Sin embargo, aun si no se dice nada que posea un significado claro, no por eso estamos locos. “No estamos locos” cuando damos la garantía de que, aun en el enredo de las palabras, no perdimos ni el poder de rectificación ni la cuerda de ironía que permite “retirar todo lo dicho”. La locura no es hablar sin ton ni son –eso lo hacemos todos, todos los días–, sino la culpable incapacidad de revocatoria. La locura es no tener memoria de lo ya hablado, es decir, la pérdida de la facultad de autorreflexión. La capacidad de revocar es una cuerda inherente al habla, un sentimiento que debemos sentir en todos los tratos que emprendemos mediante el lenguaje. Es la garantía de que no hay locura.
En los momentos agudos de crisis social, reflorece la pregunta por la locura. En verdad, la percepción de la crisis aparece como un sinónimo de locura. Lo inadmisible puede ser “locura”. Ante lo desquiciado, solemos tener preparada la fácil expresión: “¡qué locura!”. Es una obvia expresión cotidiana, pero podrá tener luego sus redactores psiquiátricos ofrecidos para la gran reparación política. Resurge entonces el recurso de los presuntos salvadores o terapeutas de urgencia que, en primer lugar, son dictaminadores. Dicen: “hay locura”; “el poder está loco”; “los gobiernos están locos”.
Los médicos lombrosianos de la política, personajes redentores de última hora, deben ser creíbles a la hora de designar a la locura o a los locos. Así como los Estados represivos que habían obstruido su vitalidad social declararon locos a sus opositores apelando al argumentum psiquiatricum, hay un nuevo Parnaso redescubierto por la reacción conservadora. Cuando ésta se recrea como acción de multitudes, se siente más cómoda en el suministro de sensaciones de alarma –la amenaza del miedo, de la locura, del pánico: toman esto de las series de televisión–, que amparando el lenguaje político en sus coordenadas objetivas. La razón que los restauradores ansían comienza por ser un manojo selecto de políticas del miedo. Lo que fascina y se quiere expulsar, la locura, es ahora el otro nombre de la turbación que parecería anidar en la política clásica y sus hipótesis realistas de transformación social, bien o mal expresadas.
Acusar de locura a la política clásica, en todo el mundo, es hoy un percutor técnico de los asesores de las derechas modernistas. Llamo política clásica a la que argumenta bajo el signo del realismo crítico, es decir, la que postula historicidad, herencias, voluntad de transformación y lo moderno como reapropiación colectiva de los nuevos horizontes tecnológicos. En cambio, las derechas renovadas ven todo eso como paleopolítica, gozan de los trastrocamientos, concurren a sus actos masivos como descamisados, confunden “look” con simbología, ven la pureza mística ofendida por cuestiones tributarias y hablan de la “gente” para rechazar el clientelismo sin sentirse en ningún momento como clientela aldeana de las peores formas de la globalización. Todo lo que se opone a esto, ya están seguros, puede denominarse frenesí o demencia. El desmantelamiento de los legados de la ciudad política, con sus baches históricos, está listo. Hay locura, profieren.
Obras teóricas de gran repercusión en los tiempos modernos trataron de diverso modo esta cuestión. Se trataba de ver si los momentos de angustia colectiva o de profunda alteración llevaban también a la pérdida de la razón, al desatino individual. Una ciencia de moda a fines del siglo XIX, una suerte de psiquiatría social novelizada, imaginó que se acrecentaba la locura cuanto más se manifestasen los rasgos de una zozobra histórica. Grandiosamente, el Facundo de Sarmiento había rondado por esas regiones. Luego, un siglo y poquitas décadas después, un sabio francés postuló que la locura era una pieza esencial para pensar la historia de la filosofía, tanto para ir revelando cada momento en que la civilización enclaustraba a su propio ser trastornado como para sugerir, sin terminar de hacerlo nunca –¡ah, Michel!–, que la reposición de la verdad consistiría en considerar la locura como la tragedia necesaria por la que debería pasar la autenticidad de la vida.
De un modo u otro, se resiste a dejar la escena la idea de que la locura es social, un verdadero momento de la historia, el instrumento más fértil para juzgarla. De ahí que esta vigilia de la locura sobre la filosofía pueda tener una intencionada traducción política, tan vulgar como frecuente, tan trivializada como urgente. Es el estigma que los políticos perezosos tienen a su disposición cuando ven la cosa fácil, a punto para la póstuma estocada “restauradora de las leyes”. Las derechas mundiales ya no principian su demolicionismo ofreciendo alternativas económicas, sino de saneamiento mental. Así, Duhalde ha dicho –y luego desdicho: o sea, dicho– que Kirchner parecía Hitler o Mussolini. Esto es, que estaba loco. Locura, aquí, es sinónimo de desmesura, atribución abrupta de nombres impropios, lo horrendo en la historia, lo que surge ya condenado. Desde hace unos meses el pensamiento sobre la locura de los gobernantes es la piedra angular del estilete desestabilizador.
Un ingrediente que excede el desarrollo que puede tener una oposición cabal –que lo debería ser por su fortuna argumentativa, su capacidad de aglutinamiento, su lucidez histórica, sus expectativas de un caudal creciente, lo que fuera– es precisamente el desmontaje específico de una legitimidad inherente a la existencia democrática. Sería lo característico, lo perteneciente a la lógica de los actos políticos de la institución pública, que se abate por obra del argumento mayor del sentido: si hay locura, no puede haber ley. Así, como dice Ignacio Vélez, las neoderechas declaran la legitimidad pública como ilegal y su propia ilegalidad como legítima. Con este retorcimiento, revalorizan la leyenda del espíritu capitalista de los patrones en huelga como si fuera el “mito de la huelga general” que hace un siglo procuraron los activistas del vitalismo revolucionario.
Mientras el Gobierno ronda sobre el antiguo peñasco de la razón de Estado –y esto debe cambiarlo: se entiende lo que quiero decir–, la oposición no está atada a ningún raciocinio, a ningún punto fijo. Actúa como si fuera un “medio de comunicación”, reticular y difusa. Manos libres, traslúcida, movilera, canchera, talante novelero, levedad del ser, bajando de su anaquel decisionista fraseologías de izquierda o de derecha, estatistas o liberales, tanto da, conjeturando una nueva aerolínea del aire o dándole aire a cualquier línea conjeturada.
La noción de locura como acto de degradación de la institución pública, que precisamente se debe exponer a través de la voz gubernativa, es una imputación límite, la pieza final de un ánimo exonerativo. Ha conseguido en una medida importante neutralizar la capacidad estatal de generar creencias colectivas. Ha puesto sitio a la diferencia política que encarnaba el Gobierno. Parece haberlo logrado con una difusa división de trabajo que comienza por quienes en barrios lejanos formulan mediciones de riesgo –digamos, un puñado de ejecutivos de Standard & Poor’s– y los que en suburbios conocidos arrojan de a puñados la idea de que estamos en el punto de riesgo estándar. Hay locura. Así como Néstor Perlongher decía “hay cadáveres”, algo se nos devuelve diciéndose “hay perturbados, hay delirantes”. El ex presidente Duhalde quedó a cargo de esa ulterior formulación.
Es la que habilita que todo sea posible en materia de conflagración o antítesis. El sentimiento de que todo es posible es en verdad un rasgo del totalitarismo. Y esto lo garantiza el arpón que proviene de los sitiadores y sus exorbitantes acopios, ese volumen de lenguaje que no cesa para declarar la mácula, el escarnio, la tara. No hace mucho, un diario opositor publicó un “diagnóstico psiquiátrico” sobre Kirchner. La expresión bipolar –bien calificada por Jorge Pinedo en PáginaI12 como “hazaña gramatical de última generación, capaz de hacer mutar una categoría (nunca al azar) psicológica en diatriba de cabotaje”– aparece como pseudociencia del chiste entre amigos, como golpe en el diccionario y como diccionario golpista. No es posible combatirlo afirmando sólo una razón de Estado que ahora será vista como locura, sino recreando el lenguaje público de la razón crítica, la de los movimientos populares argentinos del siglo XX, aun con su herencia a ser reescrita.
* el autor es sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

** no comparto la idea sobre los k, los veo partícipes de este proceso de los revolu raros, y me extiendo en este texto ocho,

* LA SEGUNDA ERA DEL POPULISMO LATINOAMERICANO
Por Constanza Moreira
Chávez tuvo ocasión de festejar, luego de conocido el resultado electoral en Paraguay, la victoria de Lugo. Lo sumó al conjunto de países que ahora tenían gobiernos progresistas en América Latina, y declaró que el "eje del mal" se ampliaba. El propio Lugo fue identificado con Evo y con Chávez por sus contendientes durante la campaña electoral. La idea era trasmitirle al conservadurismo paraguayo los riesgos que devendrían de una victoria de Lugo y que ya eran visibles en otras partes del continente. Y eso, a pesar del natural tono moderado del discurso de Lugo, y de su coalición electoral con un partido del que pueden decirse mucha cosas, menos que sea de izquierda.
Así que tanto desde fuera del país, como desde dentro, Lugo ha pasado a formar parte del llamado "giro a la izquierda" de América Latina. Varias cosas tiene en común el caso paraguayo con el de los otros países, aunque su especificidad es enorme, para empezar por ser el último país en procesar el tan mentado "recambio político" que fue la nota de América Latina de estos años.
En primer lugar, Lugo es un candidato situado a la izquierda del espectro político, aunque él mismo tiene problemas con esta definición, hasta por el hecho de pertenecer a la Iglesia. Esto lo pone en sintonía con varios de los gobiernos progresistas de América Latina, caracterizados por presidentes que están más a la izquierda que los partidos o coaliciones que los apoyan. Así, Kirchner primero y Cristina después, están a la izquierda del peronismo que los sustenta, Bachelet está a la izquierda de algunos de los partidos que componen la Concertación, y Lula está a la izquierda del promedio del conjunto de partidos que constituye su base parlamentaria. En el caso de Chávez, Lugo y Correa, éstos fueron antes líderes que partidos: fueron líderes que aglutinaron una oposición al statu quo, y que en torno a sí mismos juntaron movimientos y partidos.
En segundo lugar, Lugo representa una alternativa al status quo político dominante en la escena política de su país. Lo más importante del proceso electoral reciente, fue que ganó la oposición, después de más de sesenta años de gobierno del Partido Colorado. Esto lo asemeja enormemente al caso uruguayo, pero lo diferencia del caso chileno o argentino, donde los partidos hoy en el gobierno ostentan una larga trayectoria como partidos propios del "status quo" político del país. Al menos en el caso de la democracia cristiana en Chile y del peronismo en Argentina. Y quizás en esto radica la gran novedad de la elección paraguaya del pasado domingo y la elección uruguaya de noviembre de 2004. Es que en ambos casos, lo que triunfó fueron alternativas de oposición a un status quo político instalado y reproducido durante casi un siglo.
En tercer lugar, la elección paraguaya del domingo resalta un proceso que se está verificando en la América Latina post "desilusión" de los noventa. Recordemos que los noventa fueron los años de oro del liberalismo económico en la región. La primera media década, muy exitosa desde el punto de vista del crecimiento, la estabilidad monetaria y la recepción de inversión externa, fue de la mano con el triunfo de opciones políticas en sintonía ideológica con este movimiento: el caso más evidente fue el de Menem en Argentina, pero también representaron a este movimiento Collor en Brasil y Lacalle en Uruguay. Las crisis financieras que comenzaron a ser recurrentes en la región y que revelaron la fragilidad y vulnerabilidad del crecimiento económico, parecen haber dado lugar a este "giro a la izquierda" ­en la versión más ambiciosa­ o a este triunfo de los partidos de oposición ­en la versión más neutra. La Comisión Económica para América Latina llamó al período comprendido entre 1998 y 2002 la "media década perdida". Sabemos lo que pasó en Uruguay en esos años. Los gobiernos del giro a la izquierda tienen su punto de inflexión en ese período; Lula en el 2002 y Kirchner en el 2003 lo inauguraron.
¿Está vinculado el crecimiento de la izquierda a momentos de crisis económica y el triunfo de opciones conservadoras a momentos de auge económico? Esta proposición, corriente en la ciencia política, afirma que cuando las cosas van bien y existe movilidad social, la gente tiende a volverse más conservadora y las opciones de cambio a ser más débiles y concitar menos entusiasmo. Esta proposición no se verifica sin embargo con el crecimiento de las izquierdas en la posguerra, en la "era de oro" del populismo latinoamericano. Esta fue la era de Vargas, de Perón, de Velasco Alvarado, y en Uruguay, de Luis Batlle. El populismo, en aquel momento, designaba un tipo de política que se hacía "para el pueblo", pues sin el beneplácito de las grandes masas, los políticos ya no podían gobernar. El populismo designó un momento muy especial de la política latinoamericana: la irrupción de "las masas" a la política. Fue el momento en el que la política dejó de estar circunscripta a una elite, y los movimientos y las organizaciones sociales pasaron a escena: en especial, el sindicalismo. En muchos países, este momento coincidió con un acelerado proceso de urbanización y con el desarrollo industrial (y por consiguiente, del proletariado urbano). El populismo fue una política para "las masas" porque estas habían entrado a escena y no se podía hacer política sin ellas. Por supuesto que para la izquierda, y especialmente para los pequeños partidos de izquierda, como el comunista o el socialista, el populismo designaba un momento negativo de la política. Era el momento en que las masas se dejaban manipular por los grandes líderes y no ostentaban el comportamiento "de clase" al que estos partidos aspiraban (y para lo cual el sindicalismo era una verdadera escuela). Populismo era el momento en que las masas, desprovistas de conciencia de clase, se comportaban apenas como eso; como masas, detrás de un gran líder. Así, estas izquierdas, en general, fueron muy desconfiadas del populismo. Tanto como las derechas.
¿Estamos en un nuevo momento del "populismo latinoamericano", como tantos se empeñan en decir? En algún sentido, sí. Estamos en un nuevo momento de la "inclusión de las masas" en la política. Esto es válido tanto para países como Bolivia y Ecuador, con componentes indígenas desplazados durante siglos que ahora se incorporan decisivamente a la política, como para Paraguay, con la entrada en escena de los movimientos campesinos. Es también la hora de los presidentes "populares", y no sólo por lo muy carismáticos que puedan ser, sino por la condición "de clase" que representan. Esto vale al menos para Evo Morales, Chávez, Lula o Lugo. Resta saber si esta nueva era del populismo, en la mejor de sus versiones (en la versión de "ampliación" de la política) tendrá la potencia que tuvieron otros populismos para diseñar una política económica al servicio de esta "inclusión de las masas". Este es el desafío más importante que tienen estos nuevos gobiernos. Y más importante aún cuando los modelos de acumulación heredados de la década del noventa muestran que se puede crecer, sin mejorar sustancialmente la situación de los más pobres, o peor aún, profundizando la brecha entre los más ricos y los más pobres. Sin atacar este proceso de raíz, la política populista de América Latina se reducirá a una representación más simbólica que real y a convivir con altas expectativas y bajas posibilidades de satisfacerlas.
la autora es politóloga.

547 - Alkimia - Contraidentidades - Golpazo dos, lúmpen y ocupante - RB

*por su propia definición, el lúmpen es ocupante. ocupa el lugar de la clase obrera, intentando anular su papel de oprimida que se torna constructora de la liberación, que para américa latina implica - con todas sus secuelas lógicas y materiales - tercermundismo y antiimperialismo - y antes también tercerismo - pero la consolidación de un único block guerrero dominador mundial, delincuente y policía ecuménica, gran hermano insolente, supuso la necesidad de convertir a sus soldados nacionales en ocupantesde sus países, regiones.
* esto me está dificultanto los vínculos con especies que incluyen amigos, profesionales y hasta hijos y familiares, y siempre hay idas y venidas, y sigo con hd, texto tres.
* BOLIVIA: ESTA EN JUEGO LA SUPERVIVENCIA
DE LA PATRIA GRANDE - Por Heinz Dieterich
1. El autoengaño sobre la derrota
Con la peligrosa derrota geoestratégica de la política de Evo Morales y Alvaro García Linera, en Santa Cruz; la activación de la Cuarta Flota Imperial en Mayport, Florida (28.4.), y la de facto autorización de la Organización de Estados Americanos (OEA) de la división de Bolivia, Washington ha avanzado tres pasos trascendentales para reestablecer su control sobre el "patio trasero" y destruir la revolución democrática-bolivariana de América Latina.
La afirmación de Evo de que el "referendo" fue un "rotundo fracaso" ­repetida por las agencias de propaganda oficiales de los gobiernos afines y sus intelectuales liberales­ es otro más de los autoengaños que han caracterizado la política del Palacio Quemado frente al cáncer de la subversión imperial-oligárquica en las cuatro provincias separatistas, durante los dos últimos años.
2. Combatiendo el cáncer con aspirinas
La esencia de esta política ha sido enfrentar ese cáncer con las aspirinas del diálogo pacífico; de la redacción de papeles en la Asamblea Constituyente; de la petición de socorro al Departamento Colonial de Washington, la OEA; de la mediación de la reaccionaria Iglesia católica; de la inoperante ONU y del, en el contexto actual, insignificante Premio Nobel de la Paz.
El resultado fue previsible. Mientras el gobierno situaba su terapia en las elevadas esferas de la democracia burguesa, del diálogo y del humanismo, el cáncer crecía rápidamente en el darwiniano mundo de la realpolitik boliviana ­alimentado desde su cordón umbilical, la embajada gringa, y fortalecido por las bandas paramilitares (UJC)­, haciendo metástasis en otras cinco provincias. El final del desfase entre la enfermedad imperialista y la terapia humanista nacional es pronosticable. Si el gobierno de Evo no cambia cualitativamente su política y si no logra un apoyo real de los países latinoamericanos decisivos, antes de los referenda separatistas de junio, el oriente boliviano terminará como Panamá y Kosovo.
3. La largamente previsible crisis del gobierno boliviano en Santa Cruz
La noche del sábado, 9 de diciembre de 2006, el gabinete boliviano se reunió en el exclusivo "Hotel Portales" de Cochabamba, para deliberar sobre el peligro de sedición separatista de la oligarquía de Santa Cruz. Coordinaba la sesión uno de los tres hombres decisivos del Palacio Quemado. Durante un breve receso comentó que la opinión del gabinete se inclinaba hacia la militarización de las provincias sediciosas. "En algún momento el Estado tiene que mostrar fuerza", decía. "Este momento ha llegado."
4. "Recuerden el estado de sitio de Fernando de la Rúa"
Conociendo bien la historia boliviana, y habiendo hablado con oficiales de la Fuerza Armada de Bolivia sobre la situación, me permití decirle al amigo: "Si mañana mandan las tropas, pasado mañana tendrán que entregar el gobierno. Las Fuerzas Armadas de Bolivia no van a matar por ustedes. Si decretan el estado de sitio y los civiles salen a la calle y las Fuerzas Armadas no disparan, tienen que entregar el poder. Recuerden lo que pasó con Fernando de la Rúa, el 11 de diciembre del 2001."
5. Memorando del Bloque Regional de Poder Popular (BRPP), al Gobierno
Esa misma noche, una delegación del Bloque Regional de Poder Popular (BRPP) ­fundado en el "Primer Encuentro de Pueblos y Estados por la Liberación de La Patria Grande", en octubre, 2006, en Sucre, Bolivia­ redactó un memorando sobre el escenario de la subversión separatista en los Departamentos de la "Media Luna", sugiriendo una serie de medidas para contrarrestarla.
En esencia, el documento sostenía que era demasiado tarde para parar la conspiración tan sólo con la fuerza del gobierno central. Que, entre otras medidas, era urgente organizar un programa nacional de formación de cuadros, una campaña mundial de información sobre la conspiración, fortalecer un movimiento multisectorial de solidaridad latinoamericano y, lo más importante, enviar misiones diplomáticas bolivianas capaces a determinadas capitales latinoamericanas, para que Brasil, Argentina, Venezuela y Cuba encabezaran una enérgica iniciativa política latinoamericana, destinada a neutralizar la conspiración oligárquica-imperial.
La calidad teórica-política y el realismo de este documento ­redactado por delegados de Perú, Paraguay, Argentina, Venezuela y Bolivia, entre otros países­ estaban plenamente establecidos, entre otros factores, por el fracaso del planeado golpe policiaco-militar del 11 de octubre, 2006, contra Evo; fracaso que se debe esencialmente al BRPP y a Hugo Chávez, contrario a algunas declaraciones tontas que posteriormente hizo el entonces vocero presidencial, Alex Contreras.
6. Ideas liberales y políticas legalistas, en lugar de realpolitik antiimperialista
En la tarde del domingo, 10 de diciembre de 2006, en una reunión televisiva con el presidente y el vicepresidente, se le entregó al vicepresidente el memorando. Obviamente, no tuvo consecuencia alguna.
En lugar de implementar un plan estratégico regional para neutralizar el proyecto de Washington, el gobierno seguía insinuaciones exógenas para realizar congresos de intelectuales liberales en Bolivia y distrajo la escasa capacidad de su aparato diplomático en el proyecto del "Premio Nobel de la Paz"; en vez de realizar cursos de formación política revolucionaria en todo el país, promovió a los intelectuales de la burguesía imperial, desde los confusionistas "posmodernos" de Hart y Negri, hasta la socialdemocracia europea y académicos españoles de flaca solvencia teórica; creyó en la quimera del "conflicto local" y del posible arreglo local con la oligarquía, aumentando sus subsidios económicos; se aferró a la Asamblea Constituyente, aún cuando ésta se había convertido en el caballo de Troya de la derecha y, posteriormente, a los buenos oficios de la jerarquía católica y de la OEA. En fin, errores teóricos-políticos garrafales en cadena.
7. El debacle geoestratégico y el desastre que se viene
Las consecuencias políticas de la derrota geoestratégica son potencialmente catastróficas. El vocero imperial, el Washington Post (WP), las formuló el 6 de mayo, sin tapujos: "Si Bolivia tiene suerte, el Señor Morales reconocerá que la mayoría de su país jamás aceptará una política etnocéntrica... Si, instigado por el Sr. Chávez, prosigue imponiendo su Constitución, es probable que el resultado sea un baño de sangre". Más claro aviso de un golpe de Estado no puede haber.
Los ejecutores del "baño de sangre" anunciado serán los sectores militares golpistas bolivianos y las bandas paramilitares, al igual que en Chile. El brazo externo lo proporcionan las bases militares estadounidenses en Colombia, Manta, Ecuador, y la Cuarta Flota Imperial. Anunciando la reactivación de la U.S. 4th Fleet, el Comandante de la Marina de Guerra (CNO), Almirante Gary Roughead, dijo que se trataba de mandar "una fuerte señal a todos los servicios marítimos civiles y militares en América Central y América Latina". Considerando, que el Pentágono conceptualiza actualmente sus Fuerzas Navales y Aéreas como la "reserva estratégica" de su poderío militar y que el comandante de esta nueva fuerza intervencionista es el actual jefe del Comando Naval de Operaciones Especiales, el mensaje es tan claro como el del Washington Post.
8. Los objetivos estratégicos del enemigo
La derrota geoestratégica de la política de Evo y Alvaro en las provincias separatistas ha convertido la situación boliviana en un asunto hemisférico, tal como la agresión de Uribe a Ecuador transformó el conflicto interno colombiano en un asunto de paz y guerra regional.
En este escenario de ofensiva generalizada de Washington, la próxima jugada de la Casa Blanca es clara: con el informe de Interpol sobre las supuestas computadoras de Raúl Reyes, que se publicará a mediados de mayo, se pondrá a Hugo Chávez o a Venezuela en la lista de países que apoyan el "terrorismo internacional"; salvo que acepte cambiar esencialmente su política de integración latinoamericana.
Los objetivos de esa ofensiva para este año son evidentes: neutralizar o hacer caer el gobierno de Evo Morales; facilitar la derrota electoral del presidente Chávez en noviembre e intimidar al presidente Correa, Lula y Cristina Kirchner, para impedir la Constitución del Consejo de Defensa de Sudamérica, planeada para setiembre.
9. La hora del Termidor
A todo proyecto serio de desarrollismo latinoamericano, desde el Dr. Francia en Paraguay, el general Perón en Argentina, la Revolución Sandinista y el coronel Hugo Chávez, le llega pronto la hora del golpe militar. Esta es la coyuntura que vive América Latina: es la hora del Termidor.
Ante este momento decisivo, es necesario un cambio cualitativo en la política del gobierno boliviano, porque la continuidad de su política actual significaría la destrucción del bolivarianismo latinoamericano.
Siendo evidente: 1. la incapacidad del gobierno boliviano de resolver esta crisis; 2, que está en juego la sobrevivencia del proyecto de la Patria Grande, y 3, que el desenlace de esta derrota geoestratégica es un asunto de seguridad nacional para Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Cuba, Brasil y Argentina; es imprescindible que los Presidentes de estos países encuentren, a la mayor brevedad posible, la forma de implementar un plan estratégico para contener el avance de la subversión separatista imperial-oligárquica.
La derrota geoestratégica de Bolivia es, al mismo tiempo, una derrota estrepitosa de los ineptos aparatos diplomáticos latinoamericanos y la catastrófica falta de inteligencia y planeación estratégica de esos gobiernos, que ante un peligro mortal evidente desde enero de 2006, no lograron hacer otra cosa que reaccionar en el último momento mediante firmas de intelectuales y declaraciones desdentadas de sus diplomáticos. Si este proyecto de integración bolivariano se malogra, no será por la falta de condiciones objetivas para triunfar, sino por el descuido catastrófico de esos gobiernos en cuanto a la creación de instituciones de planeación e inteligencia estratégica de alto nivel.
10. El Orden de Batalla
Ante los anuncios de matanza por los voceros imperiales, Evo puede ahorrarse el tiempo de protestar ante el Departamento de Estado o la OEA. La hora del Termidor (contrarrevolución) es la hora del poder real y con eso, la hora del Orden de Batalla. Es decir: la identificación precisa de los factores que deciden la guerra, entre ellos los efectivos, la estructura de mando, el despliegue de las unidades y el equipo de las fuerzas militares y civiles enemigas, así como de las fuerzas propias.
Esta correlación de fuerzas y objetivos determina tanto los probables cursos de acción del enemigo, como las operaciones tácticas y estratégicas de las fuerzas bolivarianas.
Fidel Castro es el más grande estratega militar de América Latina. Hay que pedirle que inicie con urgencia el análisis de este Orden de Batalla, no desde la Razón del Estado cubano, sino desde el campo de la batalla de Tierra Firme.
¡Tal como hizo, en su momento, Simón Bolívar!
* el querido hd es un poco extremo radical, o quizás no, puede preferirse esta versión de la defensa k contra poderosos, que debe multiplicar esfuerzos para evitar otra generación sushi. es el texto cuatro,

* Conflicto y desafíos
Por Mario de Casas
Pacificar es muy distinto que claudicar ante la seducción o la violencia de los poderosos: esto nunca conduce a la paz social. Tal vez por eso el conflicto que se activó cuando el gobierno nacional puso en vigencia las denominadas retenciones móviles y entidades vinculadas al agro respondieron con una agresión a toda la sociedad está lejos de haber concluido; ni el conflicto ni los desafíos que plantea, que vienen desde el fondo de nuestra historia. A diferencia de la colonización norteamericana de los siglos XVII y XVIII, de carácter rural-doméstico, la colonización argentina del siglo XIX se orientó desde su origen hacia el mercado externo: terratenientes, burguesía intermediaria e inmigrantes, no obstante sus muy distintas situaciones, tenían como objetivo común la exportación de los productos primarios para importar las mercancías que no se manufacturaban en estas tierras. Esa orientación dominante hacia el mercado externo le impuso a la economía agropecuaria una fuerte dependencia de los oligopolios comerciales, industriales y financieros transnacionales. El sistema productivo generado por la colonización descansaba en el “libre” juego de las leyes del mercado y confiaba sin límites en el mercado externo.
Las grandes demandas de alimentos y materias primas que mantuvieron elevados los precios internacionales de las exportaciones argentinas fueron considerados factores permanentes de riqueza, no el fenómeno coyuntural de una etapa de ascenso de las potencias del capitalismo industrial. Salvo honrosas pero marginales excepciones, la confianza en la continuidad ilimitada de la opulencia que surgía del comercio con Gran Bretaña se había arraigado a tal punto en políticos e intelectuales de la época, que a fines de la tercera década del siglo XX, cuando se invirtió la relación de los términos del intercambio ocasionando la caída relativa de los precios de nuestras exportaciones primarias, el país carecía de hombres ideológica y económicamente formados, y políticamente comprometidos, para entender y afrontar la nueva situación. A excepción de los pocos pioneros de la industria nacional, nadie se ocupaba del desarrollo del mercado interno diversificando la producción y sustituyendo importaciones. Sacrificar en lo más mínimo el comercio exterior era atentar contra los sagrados intereses agropecuarios, a los que se identificaba con los intereses de todo el país. Intereses que tampoco entonces constituían un bloque homogéneo: una parte de los inmigrantes había logrado incorporarse a la clase de los grandes y medianos terratenientes, o enriquecerse en el comercio o como prestamistas, mientras las ambiciones de la mayoría se veían frustradas por el monopolio de la tierra y el saqueo del capital comercial y las empresas extranjeras. Hoy han cambiado algunos actores (por ejemplo, en lugar de Gran Bretaña pensemos en China e India) y ya no cuenta el inmigrante como actor colectivo, pero el problema central es análogo: no entendieron la contradicción principal generada por el proceso de colonización los que oponían el conjunto de los inmigrantes a los terratenientes y a la burguesía intermediaria, como no la entienden hoy quienes suponen que se da entre el conjunto de los “pequeños y medianos productores” versus terratenientes, pools de siembra y burguesía intermediaria, y luego se sorprenden por las coincidencias entre la Federación Agraria y las otras patronales agropecuarias. La contradicción principal no fue ni es entre grandes y pequeños capitalistas agropecuarios: la oposición de estos últimos siempre fue débil y provisoria, como lo ha reflejado históricamente el comportamiento zigzagueante de las organizaciones que fundaron.
La contradicción principal fue y sigue siendo entre un país para los pocos que viven bien del mercado externo, un país que no se desarrolla ni ofrece condiciones de vida dignas para la mayoría, versus un país que aproveche sus importantísimos y variados recursos para generar industrias, producir ciencia y tecnología (aplicar nuevas tecnologías no es lo mismo que crearlas: plantar soja no garantiza que participemos de la futura fiesta de los agronegocios) y crecer con justicia social, integrándose política, económica y culturalmente a la región e intercambiando con el resto del mundo en condiciones de simetría: éste es el país en el que podremos vivir bien los cuarenta millones que somos y unos cuantos más. Siendo esto así, hay que seguir trabajando y para eso no está de más señalar que casi todos coincidimos en que el diálogo es el modo de comunicación que distingue a las sociedades democráticas. Las diferencias aparecen cuando algunos suponen que el diálogo debe necesariamente conducir al “consenso”; el diálogo puede conducir al disenso sin que esto implique un deterioro de la tan mentada “calidad institucional”. Todo lo contrario, el disenso dialogado es un signo vital de la democracia, que presupone el disenso y requiere el consenso sobre un solo punto: las reglas de la competencia por el poder, y que se basa en la presencia de un consenso que no excluya el disenso y en un disenso que no trivialice el consenso. Esto es fundamental, porque así como hay quienes, con tal de alcanzar el “consenso” (que confunden con unanimidad), son capaces de vaciar de contenido cualquier decisión política, están los que entienden que el “consenso” consiste en imponer –si es necesario a sangre y fuego– sus intereses y/o pareceres, “confundiéndolos” con los de “la patria”. Ambos subestiman la democrática regla de la mayoría.
Asimismo, la calidad institucional está lejos de ser una mera cuestión de formas. Calidad institucional implica que las instituciones cumplan con la finalidad para la que fueron diseñadas, pero el logro de esas finalidades está permanentemente expuesto al riesgo de captura, sea por parte de burocracias, del poder económico o de corporaciones. En cualquiera de estas situaciones el funcionamiento institucional queda unívocamente determinado, lo que equivale a decir que es autoritario. Este grave problema, cuya consecuencia visible es la pérdida creciente de confianza en las instituciones y en la democracia misma, encuentra un antídoto en el control social que a su vez se resiente cuando se niegan medios y oportunidades para la movilización y participación popular. En otras palabras, el consensualismo vacío –siempre funcional a los poderosos– o la imposición de ciertas coerciones –físicas, económicas o de otra índole– deterioran la calidad institucional, y hay necesidades y carencias que importan no sólo como sufrimientos de individuos aislados, sino como problemas sociales que debemos enfrentar a partir del reconocimiento de responsabilidades colectivas y públicas. No hay calidad institucional sin calidad de la democracia.
Es oportuno poner en evidencia otra de las falaces letanías de la derecha, que reitera diariamente su “preocupación” por la “concentración de poder político”. Si algo se ha podido comprobar con el conflicto entre los intereses sociales y los de algunos sectores del agro, es que nuestro país no es una excepción en cuanto al escaso poder relativo que –ante fuertes poderes corporativos– tienen los Estados y los gobiernos democráticamente electos en los países de nuestra América latina para avanzar en la democratización de sus respectivas sociedades. Por lo tanto, la construcción de poder político es una condición necesaria, no un peligro, y será tanto más legítima en la medida en que se haga respetando las formas pero también la razón de ser de la democracia, que es mejorar las condiciones de vida de nuestros pueblos. En estos desafíos está nuestro compromiso.
* el autor es presidente del ENRE, ex titular del ente regulador energético de Mendoza y uno de los redactores del documento de la Concertación Plural por parte de Julio Cobos.
** en esa dirección, también quizás debamos cobijar ciertas variedades del elemento socializante revolucionario, lindo este texto, el cinco.

Enemigos de la corbata
Un fantasma recorre América latina. Un nuevo movimiento revolucionario avanza sobre la vieja política: Los Sin Corbata. Reynaldo Sietecase.
Un fantasma recorre América Latina. Se llama informalidad y está dispuesto a todo. Por lo pronto se conforma con llegar al poder. Un nuevo movimiento continental y revolucionario avanza sobre las viejas estructuras políticas. Son Los Sin Corbata. El último de sus representantes acaba de asumir la presidencia de Paraguay. El ex obispo Fernando Lugo hizo su primer discurso vestido con una camisa blanca de cuello mao y calzando sandalias. Antes de meterse en política, Lugo tuvo a su cargo la arquidiócesis de San Pedro, en el empobrecido norte paraguayo. Como si estuviese en misa, anunció: “Renuncio a vivir en un país donde unos no duerman porque tienen miedo y unos no duerman porque tienen hambre”. Y siguió, sin tener que sacarse el saco que no tenía, “renuncio a un Paraguay con jóvenes tristes. Yo anuncio un Paraguay con jóvenes protagonistas de su destino”. Después hizo un gesto que muchos dirigentes del Partido Colorado, derrotado después de seis décadas de hegemonía, no se cansaron de criticar: renunció a su sueldo. Los cuatro mil dólares que el Estado debería pagarle por su trabajo de presidente irán a un fondo de ayuda para los más necesitados. “Es un demagogo”; “otro populista”, “por qué no se preocupa por gobernar”, le dijeron. Antes que Lugo, otro presidente electo sepultó el uso de la corbata. Evo Morales hizo toda su campaña vestido con camisas o con un jersey. Para el acto de asunción, el 22 de enero de 2006, eligió un traje confeccionado por la diseñadora boliviana Beatriz Canedo Patiño. El primer presidente de origen indígena de América pidió que fuese confeccionado con algo de la cultura aymara. La diseñadora utilizó alpaca fina y un tejido centenario para el cuello y la solapa. En la película Cocalero se cuenta la historia de ese traje, que funciona como metáfora de la llegada de lo nuevo de la mano de lo ancestral. El economista Rafael Correa tampoco usa corbata. Su pinta de galán de cine lo exime de las críticas. Suele vestir trajes impecables y camisas bordadas con motivos indígenas. En enero de 2007, en el acto de posesión del mando, citó a Pablo Neruda y se despachó contra el neoliberalismo y los organismos internacionales que “dejaron al Ecuador en la miseria”. Tampoco son afectos a la corbata los presidentes Hugo Chávez y Daniel Ortega, de Venezuela y Nicaragua. Pero, cada tanto, para la foto, la desempacan. El senador uruguayo José “Pepe” Mujica, candidato a la presidencia, ya avisó que: “Puede seguir la moda de los presidentes raros”, en obvia referencia a Morales, Correa y Lugo. Al ex dirigente tupamaro es más fácil verlo con un termo y un mate que con una corbata. La corbata es inocente hasta cierto punto. Nació en el siglo XVII casi por casualidad. Cuentan que un regimiento de Croatas, después de vencer a los Turcos, llegó a París y sorprendió con su vestimenta a Luis XIV. Los soldados llevaban en el cuello unos pañuelos de colores. Se cree que su origen se remonta a los oradores romanos que utilizaban telas para proteger sus gargantas. Lo cierto es que el Rey de Francia hizo diseñar para la guardia de la corte un pañuelo con la insignia real al que llamó cravette, término que provenía de crabete, que quiere decir “croata”. El regimiento se llamó Royal Cravette. La tela en el cuello se extendió por el viejo continente y llegó a Inglaterra. Con los años, se convirtió en un símbolo de los sectores más opulentos de la sociedad. Los pronósticos iniciales apuntaban a su rápida desaparición: nadie le veía mucho sentido a eso de llevar una tela en el cuello que no estuviese destinada al abrigo. Pero a pesar de los agoreros, a principios del siglo XX empezó a producirse en forma masiva. “Destaca la verticalidad del cuerpo”, “realza la camisa”, “es signo de elegancia y estilo”, “ningún traje luce bien sin ella”, fueron algunos de los argumentos que todavía perduran. En 1924, el norteamericano Jerse Langsford “inventó” el corte de la tela en 45 grados y la dividió en tres piezas cosidas a mano. Éste es el método que siguen utilizando para su confección las casas de ropa más prestigiosas del mundo. Símbolo fálico, marca de virilidad. Según algunos estudiosos, las corbatas hasta pueden revelar la personalidad. La decisión de Lugo, Evo y Correa tal vez tenga más que ver con otra historia menos difundida y, por cierto, de imposible comprobación. Me la contó el psicoanalista y escritor mexicano Fredo Arias de la Canal. Él usaba camisas con el último botón del cuello abrochado. Ante mi pregunta por la ausencia de corbata, me contó que un gobernador militar inglés en Escocia obligaba a los habitantes de la zona que controlaba a llevar una soga alrededor del cuello para recordarles su condición de vasallos. Cuando alguno se rebelaba, lo hacía ahorcar con el mismo lazo que portaba en el cuello. Fredo estaba convencido de que esa política de sumisión devino en moda y así nació la corbata. Por esa razón se resistía a la costumbre de “amarrarse el cogote”. La rebeldía formal de un pequeño grupo de presidentes latinoamericanos no alterará el extendido uso de las corbatas en Occidente, pero tal vez funcione como una señal: es posible vivir sin una soga al cuello.

546 - Alkimia - Contraidentidades - Golpazo, y va largo - RB

* perdonen, voy a romper la regla, voy a largo, pero estimulante. debería ser bajón. podría. quizás. preferí NO. el concepto es la terrible AMBIVALENCIA - edy curbelo dixit - a que me obliga esta permanencia - término más edificante, cuanto no decir digno - parta referir a mi discap.
* ambivalencia que expone mi debilidad y mi fortaleza. amores y no amores - pues a su no puedo odiarla -, amistades y olvidos. ambiv que permiten ingresar en el campo de los constantes sabotajes, que suponen sabotajes cruzados, tozudos, desgastantes. y la necesidad de facilitar - se - espacios, sólidos y gruesos, densos.
* culpas que, a veces, no admiten remordimientos, sobre todo si implican imposibles perdones. y no quiero pasar al campo del culebrón, sucio y mezquino, maniqueo - dulce o salado -.
* pero no puedo abandonar la idea de contradicción, aunque el encontronazo ambiv sea ahora con hijo - s -, carne de mi semen. uno no puede guiar hacia..., y la conciencia de clase se construye desde la experiencia hiper moral de la condición de cada uno.
* contradicción que alienta el ser material infraestructural, estar e... clase, dialécticamente hablando. miren - primer texto -
** "Antes había contrastes entre pobres y ricos, ahora son entre ultrarricos y el resto”, advirtió el New York Times. Según la revista Washingtonian, para tener una vida holgada, una familia tipo necesita en EE.UU. ingresos anuales de 648.000 dólares. Estos gastos representan a tres millones entre los 300 millones de habitantes del país. Pero la última etapa fue mucho mejor para los 340.000 “superricos” de más diez millones, y los 420 multimillonarios. Según Isaac Shapiro, del Center on Budget and Policy Priorities, desde los ’30 no se producía una concentración tan grande del dinero. Lawrence Summers, ex rector de Harvard, dijo que sólo diez por ciento de los estudiantes de las universidades de elite viene de la mitad más baja de la pirámide de ingresos.
* lo señalo porque desde chiquitos nos dijeron que las contradicciones deberían venir desde la periferia hacia el centro, que estaban viniendo desde el socialismo soviético, el poststalinismo correcto y los planes quinquenales impertubables. el desbarranco, el muro símbolo por el suelo, destruyó un imaginario, y nos permitió pensar una revolución desde contradicciones en wall street y centros similares, extendidos en cientos y miles de recontracorporativismos imperialistas, extendidos en modos ejecutivos ultramontanos, al menos de proceder, que son las criollas clases ocupantes.
* por tanto, el pulpo se extiende y es posible que el cáncer positivo lo carcoma desde la cabeza, pero hay que ir cortándole tentáculos, destripando sus viscosas ventosas. esas clases ocupantes calientan, mediante el megaconsumo, las débiles economías tercermundistas, hasta provocar las crisis que harán pagar a los pobres y, especialmente, a la clase obrera.
* en esto, el caso georgia aparece como impensado episodio de ese proceso, leer segundo texto.
* Georgia y el colonialismo nuclear: la Nueva
Guerra Fría de la OTAN por Heinz Dieterich - sociólogo
La burguesía transatlántica y su brazo armado, la OTAN, están logrando el sueño dorado de su complejo militar-industrial: regresar el mundo hacia los tiempos de la Guerra Fría de Winston Churchill y Harry Truman.
Y, al igual que aquellos delincuentes políticos clásicos, no escatiman imponer sus intereses al precio de un holocausto nuclear, como evidencia cada vez más su prepotente geopolítica belicista en el Caucaso (Georgia), Ucrania y Europa oriental.
El dúo Cheney-Bush cosecha los frutos de la política trazada por el imperialista Bill Clinton. Al colapsar la Unión Soviética, con el inepto e iluso Gorbatchev y el borracho golpista de Estado Yeltsin, en el poder, Clinton tenía dos opciones estratégicas: integrar a las partes europeas de la URSS y Rusia, en la Unión Europea y la OTAN, o seguir considerándola enemigo.
En el segundo caso era "necesario" seguir aplicándole las dos doctrinas fundamentales de la política imperial estadounidense: el Grand Area y el Containment (contención).
Contra la opinión del fundador de ambas doctrinas, John Kenneth Galbraith, que habían sido extraordinariamente exitosas para Washington, Clinton decidió que a Rusia tenía que rodearse con una "cortina de hierro" (Churchill). Es decir, el brazo militar del imperialismo transatlántico, la OTAN, reforzado por Israel, debía amenazar directamente a Rusia desde sus fronteras. Balcanización y cordon sanitaire militar, apoyado en la amenaza nuclear-antimisilística (Star wars), fue la política de Clinton durante ocho años, en el ajedrez de dominación mundial y frente a la nueva colonia.
La política de colonialismo nuclear tuvo extraordinarios éxitos. Ucrania y Bielorrusia, que nunca habían sido naciones ni Estados propios, se convirtieron en tales. Para darse una idea de la importancia de la expropiación de Ucrania a Rusia, era comparable a quitarle a Estados Unidos la extremadamente importante región del Midwest.
Sin embargo, la estrategia comenzó a fallar cuando Putin recuperó el Estado ruso del control mafioso y occidental. Putin bloqueó el trascendental paso transcaucásico conquistador, que Washington había planeado a través de la separación de Chechenia; aplicando el modelo de represión militar que Washington usa en Irak (Falluya).
Con los reveses en Irak, Afganistán y Pakistán, la camarilla en torno al dúo Cheney-Bush decidió dar el golpe estratégico en el Cáucaso. Creó una fuerza de choque georgiana mediante instructores gringos, la dotó de armamento y le dio experiencia de combate en Irak.
Estacionó avanzadas fuerzas de defensa aérea misilística ucranianas en Georgia, aprovechó la distracción mundial de los juegos olímpicos en Beijing y la ausencia de Putin y Medvedev de Moscú, para un ataque con artillería pesada contra una ciudad civil (Tskhinvali), ocuparla después con tanques y cometer masacres.
No respetando más su estatus neocolonial, Putin reaccionó como es necesario reaccionar ante el fascismo: de manera mesurada y fría, pero con capacidad real para liquidar la intriga imperial-oligárquica en el nivel donde se plantea. En este caso, en el campo militar.
Desde entonces, Cheney-Bush han escalado el conflicto autorizando el despliegue del escenario reaganiano Star Wars (misiles antiaéreos) en Polonia que no es otra cosa que el intento de construir condiciones para dar un golpe preventivo nuclear (first strike capacity) contra Rusia y China. Y ahora han aumentado el peligro de un conflicto militar directo con Rusia al introducir buques militares estadounidenses en el Mar Negro.
La Guerra Fría, a la cual la lumpenburguesía atlántica no ha renunciado nunca desde 1945, es congénita a esa clase, porque es la guerra contra el Tercer Mundo y por los recursos y mercados mundiales. Cuando la URSS era el aliado estratégico de los movimientos de liberación nacional, la "Guerra Fría" asumió la máscara de una guerra contra "el socialismo". Hoy día, que no hay más socialismo histórico en Rusia y China, la guerra sigue. Y es obvio por qué.
La lumpenburguesía atlántica sigue con la ilusión del sistema mundial unipolar, controlado por ella. Por eso tiene que "contener" a Rusia, China y Hugo Chávez. Y si lo considera necesario lo hará al precio de un holocausto nuclear.
* y paso al golpazo dos

545 - Ponencia - Lesa humanidad - José Pablo Feinmann

Durante el gobierno de Raúl Alfonsín se produjo un hecho histórico notable: el Juicio a las Juntas de gobierno que implementaron en el país un proyecto de corte genocida. Hoy, eso o se está negando o se pretende –en lo esencial– equiparar los crímenes cometidos desde el Estado con los crímenes cometidos por ciertos grupos civiles que se alzaron en armas alegando fundamentalmente el motivo de la liberación del país de “las garras del imperialismo”, por recurrir al lenguaje que se utilizó. Incluso se esgrime un eslogan que exige una “memoria completa” ante los hechos del pasado. La memoria está bien completa, nada deja ni dejará de lado. Lo que se está juzgando (con enorme cautela y con la resistencia de los medios de comunicación más militaristas de la Argentina, más militaristas que los propios militares) es la responsabilidad del Estado argentino en crímenes de lesa humanidad, que son los crímenes cometidos desde el Estado contra la población, contra la civilidad. Aquí, el que está siendo sometido a juicio es el Estado. Esta tarea empezó en Nuremberg, en 1945, cuando los jueces de los tribunales se encontraron con que, por la dimensión de su horror, no se hallaban tipificados por jurisprudencia alguna. Se fijaron leyes fundamentales. Se anuló la obediencia debida. “El Estado criminal no debe excusar a los que en su nombre cometieron crímenes” (Paula Croci, Mauricio Kogan, Lesa humanidad, La Crujía, Buenos Aires, 2003, p. 184). Los tribunales de Nuremberg fueron minuciosos y claros en dejar establecido que nadie podía librarse de su responsabilidad en los crímenes, “ya que los crímenes habían sido cometidos por hombres y no por entidades abstractas o por instituciones” (Croci y Kogan, Ibid., p. 184). Queda claro lo siguiente: siempre es alguien, siempre es una persona, un individuo, el que dispara el revólver. También en casos de fusilamientos colectivos. Si son 13 individuos los que hacen fuego sobre 50 a los que han alineado contra un paredón, cada uno de esos trece es culpable. Uno por uno, individualmente, ha hecho fuego. Uno por uno, individualmente, es culpable. Nadie puede alegar inocencia por haber recibido una orden. La “orden” no reemplaza la conciencia moral ni la responsabilidad judicial del que hace fuego. La “orden” no transforma en “inocente” a nadie. El que mata, bajo un sistema de criminalidad estatal, por orden de otro es también culpable. “En diciembre de 1951, la Convención Internacional sobre Genocidio calificó el genocidio –el exterminio de grupos nacionales, étnicos, raciales y religiosos– como un ‘Crimen de Lesa Humanidad’. La decisión fue votada por unanimidad por las Naciones Unidas” (Ibid., p. 186).
De aquí la aberración de las leyes de punto final y obediencia debida impulsadas bajo el gobierno de Alfonsín. Es mi opinión que ese gobierno dio un paso fundamental en América latina al juzgar por primera vez a militares responsables de matanzas multitudinarias. Si el juicio no se trasmitió por televisión corresponderá analizar, sobre todo, la relación de fuerzas existente en ese momento. Nadie ignora que el “posibilismo” fue la bandera que marcó la debilidad del gobierno alfonsinista, pero no habría que olvidar la otra cara de la cuestión: de haber ganado el candidato peronista Italo Luder, firmante del célebre decreto de “aniquilación” de la guerrilla, no habría habido directamente juicio. La relación de fuerzas me atrevería a decir debiera ser aplicada al estudio de la promoción de las leyes de obediencia debida y punto final. El gobierno peronista de Carlos Menem en nada importunó a quienes cometieron crímenes desde el Estado. Ni hablemos de De la Rúa. Y conviene reflexionar acerca de las dificultades que tiene el gobierno de Cristina Fernández para continuar con los juicios por delitos de lesa humanidad ante una derecha colmada de soberbia y de furia que tiene como fundamento de su lucha –disfrazada por otros motivos o utilizándolos para nuclear poder– conjurar, dificultar y, desde luego, impedir la realización de esos juicios. También, en lo propagandístico, esos juicios le sirven para calificar al Gobierno de “terrorista”, de “montonero” o de “un grupo de gente que está llena de odio y sólo desea venganza”. La “gente”, en proporciones más que considerables, ha venido cediendo ante esta versión de los hechos.
Conviene aclarar algo fundamental. Admito que escribo desde un diario que quiero mucho, del que me siento parte, pero que no tiene, ni puede tener, la potencia de canales de televisión, radios y otros periódicos de mayor tirada. Un movilero sagaz, que sabe qué tiene que decir para que le aumenten el sueldo, puede influir más sobre la desprotegida conciencia de los ciudadanos que una nota escrita por un intelectual voluntarioso pero relativamente eficaz ante adversarios tan desbordantes de poderío. De todos modos tenemos algo que ellos no tienen: tenemos razón. Paso entonces a aclarar cuestiones centrales. Los crímenes de lesa humanidad son los que se cometen desde el Estado. Sólo tres sinónimos de la palabra “lesa”: “herida”, “dañada”, “agraviada”. De modo que cuando decimos “lesa humanidad” refiriéndonos a los crímenes del Estado estamos diciendo que ese Estado, con sus crímenes, ha herido a la humanidad, la ha agraviado, la ha dañado. Los crímenes cometidos desde el aparato del Estado tienen que ser juzgados desde el Estado mismo. El Estado tiene una Justicia y esa Justicia debe juzgar los crímenes que comete. Por eso no tiene fundamento jurídico hablar de los “derechos humanos” de un policía abatido por un delincuente. El policía es parte del Estado y es el Estado el que lo protege, el que lo cuida. Las organizaciones de derechos humanos no se hicieron para eso. Se hicieron para proteger a los ciudadanos de los crímenes, de los excesos, de las violaciones del Estado. Han sido un gran avance en la seguridad de los individuos que comparte la vida comunitaria. Cuando se crea la idea del Estado (Hobbes) la figura a la que se apela para metaforizar su poder y la eficacia de su acción es la del Leviatán, una bestia bíblica. Si el Estado es el Leviatán, ¿quién nos protege de las furias del Leviatán? Para eso se han hecho los derechos humanos. Aquí, en nuestro país, y la entera humanidad que estudia estos casos lo sabe, se ha cometido un genocidio, no contra un grupo miliciano, como se pretende, sino contra la sociedad argentina, contra hombres desarmados, científicos, profesores, obreros, chicos de 16 años del Nacional de Buenos Aires, en fin, lo sabemos.
Los crímenes de lesa humanidad son los que comete el Estado sobre los ciudadanos. El Estado no puede actuar como una fuerza miliciana, como un mecanismo terrorista. El Estado está para aplicar la Justicia. Esto se hizo en Italia con las Brigadas Rojas, se sabe. El Estado del Proceso no juzgó a nadie. Desapareció a los que consideraba culpables o presumía que lo eran (o aun a “los tímidos” según célebre y macabra frase). Cuando los procesistas de hoy piden que se juzgue a los guerrilleros igual que a los militares olvidan, ante todo, una realidad abominable: los guerrilleros ya fueron juzgados. Los tiraron vivos al Río de la Plata. ¿Qué otro juicio piden? Si señalan a algún responsable de algo lo utilizarán para la teoría de los dos demonios. Hay un solo demonio: el Estado criminal, el que mata desde su poder, el que ignora las leyes que debiera aplicar. Es a ese Estado y a sus servidores a quienes el Estado democrático debe juzgar. Porque ciudadanos rebeldes o grupos de milicianos habrá siempre, o no. Pero no son ni serán el Estado. Los crímenes de lesa humanidad son los cometidos por esa entidad que tiene la misión de gobernar civilizadamente una sociedad civilizada, democrática y apartar de ella a quienes delinquen. Pero por medio de la ley y del precepto fundamental que dice: “Toda persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad”. Todavía, en nuestro país, se tortura a un detenido antes de saber qué hizo.
Si se emprende alguna acción judicial contra grupos civiles que hayan ejercido la violencia, habrá que diferenciarlo tenazmente de la teoría del “empate”, que es el fundamento de la de “los dos demonios”. Los crímenes de lesa humanidad –que no prescriben, que nunca prescriben– son los cometidos por el Estado de terror. Los juicios a grupos civiles, que no instrumentaron para sus fines al Estado, prescriben. Eso diferencia una situación de la otra. Y eso es acaso definitivo. Por lo tanto, la tarea esencial del Estado democrático es juzgar y establecer jurisprudencia en los juicios de lesa humanidad. Para eso, sin embargo, tiene que nuclear el poder necesario. Y en este mundo volcado a la derecha esa tarea será dura y riesgosa.

544 Papeles y cenizas - El nazi sudaca - Rodolfo Omar Serio

* un personaje grotesco que sin embargo aflora junto con otros racismos.

Figurita repetida en el álbum del realismo mágico, el nazi sudaca es el arquetipo de la barbarie que pide a gritos “civilización” y escupe un poco. La historia del nazismo en Sudamérica es corta: en las épocas en que Hitler gobernaba Alemania, el nacionalsocialismo no suscitaba grandes simpatías en nuestra región, a excepción de los ejércitos, su institución por excelencia. Durante los largos años ’40, la Argentina se debatía entre declararse a favor del Eje (posición sostenida por la mayoría de los generales) o continuar con la exportación de carne a Inglaterra, tal como lo requerían los terratenientes. En parte, gracias al ingenio y la influencia de Roberto Noble –estanciero, político y fundador del Gran Diario– la situación se resolvió en la neutralidad hasta casi finales de la guerra, posición que no terminó de convencer a nadie. Desde entonces, el nazismo ha abandonado la impostura de elite y se ha diseminado, atomizado, con adaptaciones locales tan particulares como absurdas.
El nazi sudaca es digno del Manual de Zonceras de Jauretche. Desconoce los principios básicos de la ideología que se supone sustenta sus pensamientos: la revancha de lo particular contra lo universal, de lo nacional contra lo internacional. Por el contrario, no se le puede atribuir con mucho acierto el adjetivo nacionalista: históricamente se ha sentido identificado con los países del Primer Mundo más que con su propia nación. Su definición de lo propio lleva la impronta del deseo de ser lo otro; es ultranacionalista, pero de países que no son el suyo.
A partir de entonces, las contradicciones y los delirios de su componente sudaca comienzan a aflorar: si el nacionalsocialismo surge como un numeroso movimiento de masas antiburgués, el nazi sudaca ve al número y a la masa como el origen de su frustración, al tiempo que es burgués o anhela serlo. Si, como sostiene el historiador Furet, el fascismo surge como la revancha del pueblo contra la clase, el nazi sudaca tiene aspiraciones de clase aunque provenga del pueblo. Suma a su escuela del horror su admiración incondicional por los EE.UU. y su política exterior: gran condimento para la cocina del ridículo, si se tiene en cuenta que su aporte fue determinante para destruir al régimen.
El nazi alemán sustenta su particularidad en una idea fundante: la raza. Admira la raza aria, a la cual pertenece. Al nazi sudaca le alcanza con comprarse un ovejero alemán para su quinta. Los ojos profundamente azules de su gato siamés lo miran con asombro: en el mejor de los casos, proviene de las “familias patricias”, invento local para renombrar a los viejos contrabandistas que comerciaban con Inglaterra a escondidas durante el Virreinato.
En ojos europeos, el nazi sudaca es un subproducto de sus desechos migratorios, apenas un sucedáneo, una destilación exótica de sus lacras sociales. No proviene de un gran imperio, no ha asolado continentes enteros en su vieja historia, ni siquiera posee un idioma propio. En palabras de Hegel, es reflejo de vida ajena. Su canciller Bismarck es Roca, y su Tercer Reich, el menemismo (y sus equivalentes a lo largo de la región).
El nazi alemán se une a las SS, sale y mata. El nazi sudaca pide ayuda: picanas locales o CIA, lo mismo da. El nazi alemán cita, orgulloso, a Goethe. El nazi sudaca siempre responde “Borges” cuando le preguntan qué lee, aunque no lea. El nacionalsocialismo alemán ha contado en sus filas con pensadores de la talla de Martin Heidegger, rector de la Universidad de Friburgo durante el régimen. El nazi sudaca funda su escuela ideológica en el taxi. Su Leni Riefenstahl es Cecilia Pando.
Negros de alma
El nazi alemán centra su odio en el judío, y en forma secundaria, el negro, a quien considera con inferioridad intelectual, pero admira por la pureza de su raza. El nazi sudaca “tiene amigos judíos” y se jacta en afirmar que no tiene nada en contra de los negros “de raza”. De aquí que, en ausencia de negros “de raza” –que “felizmente las continuas guerras han exterminado”, como afirma Sarmiento en su Facundo–, se las arregle para inventar una nueva categoría sociológica: el negro “de alma”.
La idea original que insufla fundamentos al nazismo es sustituida por un ingenio casi goebbeliano: si para los nazis la impureza de raza era una cuestión genética, biológica y objetiva, para el nazi sudaca el negro “de alma” es sartreano: producto y sujeto de sus elecciones, es así porque quiere, elige con cada acto su barbarie.
La veneración nacionalista de un Otro extranjero y un odio copiado a su Otro local lo constituyen. Lo ridículo de su patetismo es el único elemento que aglutina la legión de nazis sudacas. Eterno generador de déficit económico y simbólico, el nazi sudaca toma prestado hasta su odio. Tristemente, aún no ha entendido que si Hitler tuviera la oportunidad, no dudaría en matarlo.
Mientras tanto, desairado hasta por Mengele, el nazi sudaca tiene problemas para comprender que tal como está planteada la ideología que embandera, se es de la raza superior o no se es. No se puede ser nazi por opción, y menos, fuera de Europa. Sólo quedan entradas para el concierto del resentimiento: las de Wagner se agotaron.
* Lic. en Comunicación / Posgrado en Gestión Cultural.

543 - Tendencias - Pienso luego existo - Ángel Berlanga

*de acuerdo a la presentación de página 12, Carlos Altamirano presentó, junto a Ricardo Piglia, el proyecto que encabeza: la Historia de los intelectuales en América latina (Katz). Una historia que no pretende delinear lo que deberían haber hecho ni construir la historia de una elite, sino indagar efectivamente en lo que hicieron, qué relación tuvieron con los hechos históricos y cuáles fueron las diferentes condiciones que permitieron la aparición de los intelectuales a lo largo y ancho de nuestro continente: el rol del eje París-Madrid, la guerra hispano-norteamericana, el surgimiento del periodismo, las figuras de Darío, Bello y Borges, la relación de las mujeres con la masonería y el socialismo, la revolución cubana. A continuación, el mismo Altamirano y algunos de los intelectuales involucrados en este primer tomo hablan de este mapa que permite entender mejor la historia de este continente en un momento fundamental para su historia.

¡Cómo suena! Historia de los intelectuales en América latina. ¡Uah! Un título que, en principio, y cada cual con sus gustos por las épicas, quiere sintetizar una gesta que parece tan compleja como un viaje a las estrellas, o la suma de universos imposibles de ordenar. Pero no: enseguida, páginas adentro de este libro recién publicado, el primero de dos volúmenes del proyecto que dirige Carlos Altamirano y edita Katz, se aclara la escala, la pretensión, las búsquedas, las limitaciones. “Si no todos los países y tampoco todas las figuras descollantes han hallado albergue en sus páginas –anota el historiador Jorge Myers, a cargo de la edición de esta primera parte–, se debe al hecho de que ésta es una obra que ha buscado abrir un campo, indicar interrogantes, plantear hipótesis que sirvan para orientar investigaciones futuras.” Luego, ya ensayos y artículos adelante, queda a la vista el enorme trabajo que componen los 23 académicos de diversas nacionalidades para abordar el período que va desde la conquista al modernismo. Es que no había historias de este tipo: ésta es la primera. Establecer, entonces, puntos de contacto o divergencias entre lo ocurrido con las ideas y los ideólogos en los distintos países y/o regiones del continente, sus imposiciones y sus fracasos, sus relaciones de consolidación o de ruptura con respecto a los grupos de poder, configura un panorama sobre la identidad y los roles de los intelectuales latinoamericanos.
Dice Altamirano, en su estudio del barrio de Palermo, que una de las ideas que rigió al proyecto fue esquivarles a las historias de las elites culturales “regidas por una narrativa edificante”. No caer, dice, en el trazado de una galería de héroes culturales, ni en “aquella otra que invierte el ejercicio para practicar el procesamiento a los intelectuales”. Ese sería el paradigma normativo, plantea este investigador del Conicet, por estos días director del Programa de Historia Intelectual Latinoamericana de la Universidad Nacional de Quilmes. “Tratamos de poner el foco no sobre qué deberían hacer, no considerarlo sobre una clase ética cuyo papel es guiar a la humanidad o traicionarla, sino examinar qué hacen efectivamente, qué papel han tenido, cuáles han sido sus relaciones con las luchas y el ordenamiento político, con la estructura social, pero también con los espacios culturales que los propios intelectuales generan como parte de su propia dinámica.” El recorrido arranca desde “el letrado colonial” en el siglo XVI, se detiene en los contextos de las independencias y los primeros años de las naciones, enfoca en los relatos de esos orígenes y en la prensa como vehículo fundamental de difusión y puesta en público, explora espacios de reunión y formación, cuenta de exilios y de damas pioneras, muestra a Rubén Darío como arquetipo de artista modernista y desemboca en París, meca para unos cuantos escritores hispanoamericanos a comienzos del siglo XX.
¿En qué momentos interactúan con mayor intensidad los intelectuales latinoamericanos, con una visión más integradora?
–En el siglo XIX, en general, cada zona está aplicada a sí misma, a tratar de ver qué orden se va a generar a partir del derrumbe colonial, qué configuración política se puede elaborar. Poco a poco, a medida que se pacifican estas repúblicas, hacia el último tercio del siglo, comienza a haber cierta comunicación, pero no demasiada, porque las metas a lograr, los modelos a seguir, están afuera: Estados Unidos, Francia. En 1898, a raíz de la guerra hispano-norteamericana por la cuestión cubana, hay un sacudimiento extendido, porque el país que aparecía como referencia ejemplar se transforma en un Estado amenazador, expansivo, a costa de estos otros países. Este es un momento de intensa comunicación: uno cita el texto “Ariel”, de José Enrique Rodó, que tiene eco en todo el subcontinente. Luego, en 1918, la reforma universitaria, que tiene su génesis en Córdoba, es un movimiento que ayuda a producir una red de conexión con enorme resonancia: ahí va a parecer una tentativa de establecimiento de comunidad hispanoamericana. Algo antes, algunas figuras, como Manuel Ugarte, ejercen como una suerte de embajadores que conectan a miembros de las elites intelectuales de distintos países.
Más acá en el tiempo, Altamirano destaca los años ’60 como otro momento significativo de contactos en torno de las problemáticas de la modernización, el desarrollo, la dependencia, con una alta participación de sociólogos y economistas, de intelectuales que practican disciplinas del mundo social. “Bueno, y obviamente Cuba”, dice. “Fue un gran acontecimiento, muy importante en las posibilidades de la comunidad latinoamericana. Por el efecto general, por la creación de instituciones de reconocimiento y sociabilidad intelectual: la revista Casa de las Américas, los premios literarios, las visitas, Cuba como una meca. Una meca política, pero también cultural, la idea de que allí se había abierto el primer territorio libre de América latina, Cuba como faro y ejemplo. Eso va a ser otro factor que va a precipitar la comunicación entre miembros de las elites intelectuales de diferentes países. Y sin poder disociar mucho de esto, el momento del boom de la narrativa latinoamericana, que tiene mucha intensidad. Es significativo el hecho, práctico, de que la novela que va a instalar a García Márquez en el mundo se lance en Buenos Aires. Una revista, Primera Plana, y una editorial, Sudamericana, ambas argentinas, juegan un papel muy importante.”
Pero de esto ya tratará el segundo tomo, cuya publicación se prevé para marzo próximo. La edición de ese volumen, que contendrá otra treintena de ensayos, estará a cargo de Altamirano. En lo cronológico, esta historia llegará hasta fines de la década de 1980. “Los cambios que ha experimentado la sociedad argentina en los últimos años, y también la latinoamericana, por supuesto, redefinen los roles y la inserción del trabajo intelectual en la configuración social”, dice. En la introducción general, este estudioso consigna entre esos cambios el derrumbe soviético, la mediatización (frenética), el proceso globalizador. “Me parece que hoy es más fuerte la idea de América latina como espacio intercultural que como sujeto de una identidad sustancial que debe ser indagada o protegida”, dice.
Altamirano sostiene que lo novedoso de esta historia es que “no pretende constituirse en un paradigma total”. Que no busca reemplazar historiografías vecinas, la económica o la social, y que, más aún, quiere “aprender de ellas”. “Pero encuentra insatisfactorias las respuestas que puedan dar a una serie de preguntas: ¿por qué ciertas crisis en determinados lugares producen revoluciones, y en otros no? No hay una respuesta económica a eso. Quiere decir que hay una dimensión de la política que tiene una dinámica, una lógica, que no puede ser reducida al espacio que emplea el lenguaje marxista, la superestructura. También tiene que ver con el crecimiento de la historia cultural, que es también uno de los rasgos de este tiempo; pero aunque a los ojos de algunas personas la historia cultural encarna la vanguardia del saber historiográfico, no todos los que la practican tienen esta idea, como decirlo, mesiánica o profética de este enfoque. Lo que uno encuentra, entonces, es un panorama más híbrido de enfoques y metodologías.”
Y por eso en el libro hay abordajes que provienen de la antropología, la historia política, la sociología de las elites, la crítica literaria. Un surtido, “una conversación”, que le dicen. Altamirano destaca que uno de los puntos de partida fue adoptar como hipótesis una afirmación de Tulio Halperin Donghi: que el intelectual, en América latina, proviene del letrado colonial. Esa “evolución” implicaría, a grandes rasgos, un tránsito desde la fuerte dependencia del letrado de los poderes públicos hacia la “independencia” como término de propaganda del intelectual y supuesta “garantía de idoneidad”. “Un rasgo de modernidad es afirmar su autonomía respecto de los imperativos del poder político, religioso y económico, lo que parece un esquema ideal, pero después uno encuentra que las cosas están un poco más mezcladas”, dice Altamirano. “Porque aquellos escritores, filósofos, pensadores y antropólogos que en México tuvieron un papel muy relevante después de la revolución de 1910, por ejemplo, estaban en dependencia del Estado, que patrocinaba sus actividades, y no por eso uno va a dejar de considerarlos intelectuales. Los roles varían por países, regiones, épocas. Hay otro elemento a tener en cuenta: los diferentes tipos de intelectuales. Hay figuras más próximas a aquellos que ejercen un saber técnico, expertos por lo general ligados a órganos públicos o privados, los que a veces se llaman tecnócratas; en otro polo, podría decir uno, ya el escritor, que aparece, si uno quisiera hablar con un lenguaje marxista, como un productor simple de mercancías, que tiene que vender eso a un empresario. Y el periodista.”
Porque desde el comienzo, dice Altamirano, desde que la palabra “intelectual” empieza a usarse, a hacerse moneda corriente, los periodistas constituyen una de las fracciones de ese universo. “Generalmente en las historias se recuerdan los grandes nombres de escritores, o científicos”, explica. “Pero los periodistas están ya entre quienes suscribieron esa brevísima declaración, solicitando una revisión del juicio en el que se había condenado al oficial judío Dreyfus, algo que por lo tanto los enfrentaba con la derecha autoritaria militar y civil. No se puede hacer una historia de los intelectuales sin una historia paralela, o auxiliar, de la prensa.” Es que la aparición de esta figura tiene mucho que ver con revistas y diarios. “Es gente que escribe para la opinión pública”, señala. “Y el nombre con el que Sarmiento designa a la figura que él mismo encarna es ‘escritor público’. Uno podría decir que Sarmiento estaba ahí, entre el escritor y el periodista. Y esto no era un hecho raro, era algo corriente.”
–Ojo, yo con esto no quiero granjearme la simpatía de los periodistas –aclara Altamirano.
Claro, una maniobra para que vengan de todos los medios.
–‘‘Vamos con Altamirano, que habla bien de nosotros.”
Ya imagino el título de la nota: “Altamirano ahora quiere ser periodista”.
Le da risa.
Como otras sociedades periféricas –Europa Oriental, e incluso Norteamérica–, lo latinoamericano estuvo marcado por las metrópolis culturales centrales, como París. Londres y Berlín, también. Las sedes de tejedurías de “grandes ideas”, de “grandes corrientes estéticas”. “Esto confirió una dinámica por la cual el reconocimiento de las figuras centrales muchas veces remitía al exterior”, explica Altamirano. “Sartre, por nombrar uno, era un modelo intelectual a los ojos de los franceses, pero también era un ejemplo para muchos intelectuales en América latina. Esto hace a una comunidad descentrada, en el sentido de que los centros de prestigio estaban en el exterior. Por tomar el caso de la Argentina, diría que es con Borges, y no con el de los años ’20 o ’30, sino el de la segunda mitad de los ’50, cuando aparece claramente un ejemplo de literatura para los argentinos: ya no se trata de escribir como alguien de alguna otra comunidad literaria sino de hacerlo como el que pertenece a una propia.”
Los vaivenes y las incertidumbres de los procesos sociopolíticos del continente también dan rasgo: “El intelectual no ha dejado de estar envuelto en todas las peripecias e historias que han sido muy brutales, por momentos muy crueles”, dice. “Y eso implicó un riesgo permanente para la vida en estas sociedades.” Europa, sin embargo, no fue siempre centro: las guerras mundiales le ensangrentaron el brillo. “Dejó de representar por un tiempo aquella civilización ejemplar a la que había que acercarse”, dice. “Y entonces se activa la idea de que América latina puede ser la tierra de la esperanza, de la utopía, allí donde Europa realiza sus sueños. Después de 1939, intelectuales como Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes ven para estas tierras la ocasión de retomar la empresa de la construcción liberal. En este marco es donde madura la idea de cómo tiene que comportarse el intelectual. Borges lo formula muy bien respecto del escritor: es el que considera toda la herencia europea como propia, el que puede moverse aún más libremente que los europeos, que están sometidos a las restricciones y rivalidades nacionales. Las guerras trastornaron la visión de Europa como ejemplo de los altos logros de la civilización. Y luego aparecieron como referencias Estados Unidos y, para muchos otros, los soviéticos, sobre todo desde el punto de vista socioeconómico, la idea del plan, la planificación.”
Pensé que iba a tener más presencia Martí.
–Es que los estudios no se ordenan en torno de figuras.
Es cierto; hay muchísima presencia de Sarmiento, sin embargo.
–Sí, pero no hay un capítulo dedicado a Sarmiento. No creo que atraviese todo el volumen, pero su figura ilustra todo el capítulo de la historia del “escritor público”, que no es únicamente argentino.
El único que tiene un capítulo dedicado es Rubén Darío.
–Claro, pero, ¿por qué? Aparece como un tipo, encarna el momento en que aparece una clase a la que uno podría referir como el escritor como dandy, la estetización de la definición del escritor como artista. Tampoco se dedica un capítulo a Andrés Bello, que tiene un papel muy importante en los años 1840 en Chile, el primer país que en Hispanoamérica logró estabilizar el orden político y organizarse más o menos legalmente, lo que dio lugar a que se generara una esfera pública con una prensa que dará espacio a muchos intelectuales: Sarmiento se ejercita como polemista en Chile.
Altamirano plantea que, en la actualidad, la función del ideólogo, “en el sentido de aquel que ofrece una visión sintética de la marcha del mundo social, económico y político”, es ejercida más por los periodistas que por personas ligadas al saber académico o a la práctica literaria. El “todólogo” se contrapondría al portador de un saber profundo y específico, que “interviene de manera más focalizada”, y Altamirano parece ubicar, hoy día, a “los periodistas” en un paquete y a “los académicos” en otro. En fin... No parece, además, muy conmovido por los cruces de ideas en el conflicto de los últimos meses, porque ve, en la acción de los intelectuales –y subraya que busca reconocer la situación y no censurarla–, búsquedas de producción de consenso en torno de la política oficial, de un lado, o críticas al oficialismo, del otro. “Discursos –concluye– más próximos a la propaganda que a la reflexión.”

542 - Retinas - Psicología del tirano - Marcos Aguinis

* en esta columna para LA NACION, el autor
ingresa en un marco de polemos, tomando
una posición que pretende extrapolar al
presente, red
Abordé este asunto en el programa Hora clave y recibí tantos pedidos para que lo escribiera, que cedo al reclamo. No dije nada original, porque ya lo había desarrollado en uno de mis libros. En él me baso de nuevo ahora.
Sostuve que existe un "romance secreto" con los tiranos, a quienes se llama, según las épocas, caudillos, dictadores, "mano dura", personalidad carismática o jefe autoritario. Por ejemplo, los caudillos, dueños de vidas y haciendas, eran adorados por su valentía, su crueldad, su viveza, su obstinación y hasta su generosidad caprichosa. Gobernaban como un rey, pero no como cualquier rey, sino como un tirano, según el clásico modelo que nos viene de la antigua Grecia.
Ricardo Moscone, mientras realizaba una prolija investigación para componer su exhaustiva biografía sobre Sócrates, revisó las frecuentes condenas a la tiranía que realizaban los autores de aquel tiempo. Advirtió que Sófocles quizás haya intitulado su tragedia inmortal con el nombre Edipo , a secas. Dijo que tal vez haya preferido Edipo tirano . No Edipo rey , porque la palabra "rey" sólo es pronunciada una vez, hacia el final. La palabra "tirano" es repetida siete veces.
Freud se inspiró en esa tragedia para identificar el conflicto nuclear de la neurosis, debido al incesto que Edipo comete con su madre y por haber asesinado a su padre. En la Europa victoriana, cuando el psicoanálisis realizaba sus primeros avances, era decisivo poner el acento en estos puntos. Pero quedaban en la sombra otros, de gran riqueza. El complejo de Edipo, centrado en esos dos aspectos, adquirió un enorme desarrollo teórico; no así, en cambio, otro elemento básico: la tiranía, que esa obra expone de un modo magistral.
El desarrollo del argumento se adelanta a la técnica de las novelas policiales, porque desde el comienzo presenta un enigma por resolver: la causa de la peste que asolaba a Tebas. La peste no eran ratas o piojos o culebras venenosas. La peste innominada, en realidad, eran la tiranía y sus manejos. Edipo es un tirano que reúne en su personalidad y conducta todas las lacras. Desconoce la jerarquía y dignidad del prójimo debido a su narcisismo. Tiene tanto odio que enajena antiguos vínculos y hasta lazos de sangre. No ama ni le alcanza lo mucho que ya tiene. Lo asaltan accesos de furia. Grita fuerte e insulta, grosero. Su cabeza está nublada por una incesante paranoia, que no le da reposo. Es incapaz de escuchar los buenos consejos cuando se oponen a sus deseos o puntos de vista y considera enemigos detestables a quienes los formulan. No soporta ninguna derrota. No admite errores. Su superyó es destructivo, por lo cual es impotente para comprender al otro que, si no se doblega, lo acusa de enemigo. Le hierve el anhelo de venganza contra quienes considera un obstáculo para sus ambiciones, aunque antes lo hayan servido como súbditos obedientes.
La obra también revela que una tiranía puede instalarse por decisión popular. Edipo es elegido por los ciudadanos de Tebas. En este aspecto, no podemos sino redoblar nuestra admiración por Sófocles, que hace 2500 años nos advertía que los tiranos pueden acceder al poder con aplausos y felicidad comunitaria. Hitler fue elegido. Chávez fue elegido. Eso no garantiza que una vez en el trono, mantengan la ley y merezcan ser alabados como demócratas. No alcanza la elección: es determinante cómo se procede después. Si después corrompen las instituciones, persiguen a los que piensan diferente, generan confrontaciones para justificar los desquites y realizan una apropiación indebida del patrimonio ajeno, la presunta democracia pasa a ser una tiranía.
El retumbante coro de la tragedia Edipo tirano exige conservar las leyes. Porque son las leyes lo primero que profana el tirano, esa singular peste de la sociedad. Después el coro señala que la intemperancia engendra a los tiranos y que, si llegan muy arriba, se despeñan, con dolorosas consecuencias para todos.
En Grecia, el vocablo tyrannos se aplicaba a dioses y hombres. Se refería al poder absoluto y arbitrario que no respetaba la ley, cuyas normas debían flotar por encima de ellos mismos. Es un tyrannos quien adopta medidas despóticas que incluyen la fuerza: castiga, destituye, descalifica, persigue, destierra y hasta mata. El tyrannos es violento. Es rencoroso. Prefiere permanecer ensimismado, encerrado, sólo accesible a los aduladores, para sostener su mundo ilusorio, autista. Ignora la piedad y el perdón, que considera signos de peligrosa debilidad o derrota. Jamás se pone en el lugar del prójimo, al que, en general, desprecia cuando no le sirve. Considera que merece que todo le pertenezca. Por eso se dedica a confiscar los bienes ajenos. Y no lo frena el pudor al mentir, en especial cuando asegura que ayuda a los pobres y débiles. Pero los pobres siguen siendo pobres, para constituir su ejército ciego, ignorante, que lo apoya para continuar atornillado en el poder. Dice que gobierna para todos, pero es mentira, porque margina sin clemencia a quienes no bajan la cabeza ante él ni doblan la rodilla. Le fallan las percepciones debido a la omnipotencia de su mente inmadura. Su soberbia requiere una reiterada convalidación por parte de los aduladores, que deben servirle halagos como si fuesen el pan de cada día. Es un negador tenaz de la realidad, a la que le impide que llegue a su retina. Por eso, Edipo termina arrancándose los ojos: ojos que se negaron a ver.
Es notable que, cuando ya había perdido su cetro y, pese a semejante debacle quería seguir mandando, su sucesor, el tirano Creonte, le reprochó: "No quieras mandar en todo, Edipo, cuando incluso aquello en que triunfaste no te ha dado provecho en la vida".
Según Plutarco, uno de los famosos sabios de Grecia, llamado Bías de Priene, cuando fue interrogado sobre los animales salvajes, contestó de esta forma: "De los animales salvajes, el más feroz es el tirano, y de los animales domésticos, el más peligroso es el adulador". Podemos agregar que ambos se complementan y nutren bebiéndose la misma sangre.
En la Argentina hemos disfrutado puestas escénicas inolvidables de la tragedia de Sófocles. El psicoanálisis ha cepillado hasta la raíz, ida y vuelta, el complejo de Edipo. No obstante, el tirano que los griegos clásicos nos aconsejaban mantener lejos, como un mal endémico, sigue vigente en el querer secreto de la sociedad. Por eso los elegimos, por eso no les ponemos límites o incluso negamos que tengan rasgos ominosos. No denunciamos con fuerza sus defectos, sus vicios y abusos, sino que tendemos a racionalizarlos, a menudo por miedo o intereses egoístas. Franjas importantes -por motivos espurios, a veces; por obnubilación emotiva, otras- tienden a seguir confiando en que cumplirán sus promesas de brindarnos un país mejor y superarán el retroceso que padecemos en casi todos los órdenes. Dicen que son ellos quienes combatirán el dragón que nos chupa la riqueza, nos hace trampas, nos devasta. Sus promesas son altisonantes y aseguran reivindicaciones, ecuanimidad, progreso; aseguran ser lo mejor de la historia. Pero el progreso se reduce a engordar sus propios bolsillos y los del círculo de amigos incondicionales (que tienen la etiqueta de ese animal doméstico y dañino llamado adulador).
Los tiranos, una vez encaramados, sobre el paño verde de la ruleta nacional, barren como un crupier todas las fichas al alcance de su rastrillo. Se ocupan, desde el alba de su gestión, en destruir los controles y los frenos que puedan bloquear sus propósitos. Algunos son más prudentes y disimulados; otros se envalentonan hasta la náusea. No consideran que la corrupción sea inmoral si lleva agua a su molino.
La corrupción, en sus manos, es una herramienta adicional para mantener puesta una soga en el cuello de los cómplices: así no hablan ni se sublevan. El tirano puede ser todo lo maligno que se quiera, pero no es tonto.
Sus efectos deletéreos no se limitan a la gestión, sino a la degenerada ejemplaridad que inyectan en sus familiares, seguidores y el resto de los habitantes. Eduardo Fidanza me recordó un pasaje del libro Masa y poder , de Elías Canetti, donde titila este caso impresionante: "Cuando en la corte de Uganda reía el rey, reían todos; cuando estornudaba, estornudaban todos; cuando tenía un enfriamiento, todos aseguraban tenerlo; si se cortaba el pelo, todos se hacían cortar el pelo". Pero esa ejemplaridad producía consecuencias graves, porque implicaba coacción: "Que él estornude significa: ¡estornudad! Que se caiga del caballo: ¡caed!" Todo apuntaba a reforzar su dominio. Sus gestos y expresiones debían ser celebrados con aplausos y también se debía alentar su repetición. "Pocos logran sustraerse de la obligación que emana de mil manos aplaudiendo", enfatiza Canetti.
El premio Nobel va más lejos aún, cuando indica que el ámbito donde sucede lo que ha descrito se llama corte. Por eso "hacer la corte" y "adular" son sinónimos. La corte está infectada de subordinación y servilismo. "Cortesano" es una persona obsequiosa con su superior, un vasallo. ¡Cómo abundan!
Y aquí cierro el artículo. Cualquier semejanza con nuestra realidad nacional no es pura coincidencia, sino que queda a criterio del lector.

miércoles, 13 de agosto de 2008

541 - Retinas - La impunidad psíquica - Enrique Symns

* El abordaje institucional es represivo. No hay estadísticas que avalen que los consumidores son depravados o víctimas mortales, afirma el autor en una invitación a mirar el suicidio de mediáticos como extensión de una agobiante situación global - mundial.
*****************A partir de los sucesos trágicos de los denominados “balcones asesinos”, que involucraron de distinta manera a Alberto Olmedo y a Carlos Monzón con el abuso de cocaína, el consumo de esa sustancia recibió un espaldarazo publicitario que borró de un plumazo y para siempre su invisibilidad. El periodismo terrorista se encargó de convertir a los consumidores en depravados peligrosos o en víctimas de una enfermedad mortal. Esas campañas nunca pudieron expresarse en estadísticas. Nadie muere por el consumo de cocaína a través de la nariz. Es más, fue Luca Prodan quien cierta vez me definió la peor cualidad de la merca: “La heroína por lo menos te mata -me dijo-; la cocaína te acompaña hasta la muerte.”Posteriormente, desde el escenario de la fama hubo dos personajes célebres que encarnaron de diferente manera al personaje del consumidor. Diego Maradona, desde que fue atrapado en una redada consumiendo cocaína, encarnó reiteradas veces al arrepentido y asumió el rol del enfermo en cuanta oportunidad tuvo. Charly García, por el contrario, hizo pública su adicción y nunca asumió el rol de adicto haciéndose cargo de su elección disidente. Llegó a declarar en un recital: “Muchachos, dejen las drogas, déjenmelas todas a mí”. La primera vez, hace más de una década, que Charly García fue encerrado en un chaleco de fuerza y conducido al manicomio, fue por orden expresa de su propia madre. A partir de ese suceso, Charly al referirse a ella decía: “Es la madre de mi hermana.”Pero en los últimos años fueron aumentando sus maratones de consumo involucrándose en situaciones cada vez más violentas y casi delictivas facilitando de esa manera el acoso institucional que finalmente lo convirtió en su prisionero. Hace unos días fue su hijo (que siente un sospechoso cariño por el padre) quien declaró: “Por mi papá soy capaz de convertirme en bombero”, insinuando sin percatarse que los fuegos de su padre deberían ser extinguidos.Igualmente, más allá de los desmanes y atropellos que suele producir, cuando por la televisión escucho a los siquiatras que hablan de Charly, transformándolo simplemente en un “paciente”, no puedo evitar un gesto de repugnancia intelectual ante ese avasallamiento degradante que significa siempre la internación hospitalaria. Una herencia bastante abominable que los estados pastoriles impusieron en algunas comunidades occidentales consiste en la creencia hoy bastante afianzada de que el Estado debe hacerse cargo de la salud de sus habitantes imponiéndoles prohibiciones respecto al consumo de ciertas sustancias e incluso castigando con reclusión las conductas extremas. Hoy resulta inadmisible aceptar el diagnóstico que la psiquiatría realizó sobre la peligrosidad de Antonín Artaud, una de las mentes más brillantes y complejas del surrealismo, para encerrarlo en un manicomio.La gnoseografía siquiátrica -además de pornográfica en su descripción de los estados alterados de la conciencia- desnuda en el proceder institucional su vocación profundamente policial y represiva.Hace unos meses, un famoso rocker, anunció: “Volvió la cocaína”, refiriéndose efectivamente a un resurgimiento de la utilización del polvillo entre los habitantes del salón VIP del rock, el teatro y el periodismo. En la calle, tal retorno resulta imposible ya que se mantiene el precio internacional de 20 dólares el gramo (60 pesos) y resulta prohibitivo para las masas. Mejor no saber qué es lo que consume la gente cuando a las tres de la mañana compra un papelillo a 20 pesos.En cuanto a la peligrosidad del abuso de cocaína, éste puede resumirse en dos declaraciones. Un famoso actor de Hollywood, al que le comentaron la adicción que generaba el consumo respondió asombrado: “¿Adicción? De qué me hablás, hace 18 años que la consumo y nunca sentí tal cosa”.Mejor es la respuesta de Antonio Escohotado: “Yo no tomo cocaína. Soy como un tiburón, necesito estar siempre en movimiento y la cocaína es como la televisión”.

540 - Entre Vista - "El conflicto en Bolivia es de clases sociales" - a Martín Sivak

* Federico Peña con el periodista y sociólogo argentino, que conoce al presidente boliviano desde 1995, cuando trabajaba como corresponsal del diario Hoy en Buenos Aires y él aún era un sindicalista. Es autor de la biografía ‘Jefazo, retrato íntimo de Evo Morales’, para escribirlo tuvo acceso libre al Palacio Quemado (la sede de la presidencia boliviana). Una década más tarde, piensa que Morales se mantiene auténtico. La misma carne, el mismo hueso.
¿En qué ha cambiado Evo Morales desde 1995?
Para mi sorpresa, el Evo Morales presidente se parece mucho al que conocí cuando era sindicalista. Es el primer presidente de los últimos 30 años que no ha estado manchado con la corrupción, en un país donde el Goni (Gonzalo Sánchez de Losada) tenía 200 millones de dólares.
¿Cuál ha sido la evolución de Evo?
Antes desconfiaba mucho de la política. Pero nunca asumió el rechazo del zapatismo. Evo se dio cuenta de que los cortes de carretera y las protestas no bastaban. Después supo interpretar el cambio que la sociedad boliviana necesitaba. Lo demuestra que sacara el 54% de los votos, incorporando a las clases medias, que se adhirieron a su discurso de nacionalización de hidrocarburos y de reformar la Constitución. Pero su lugar de pertenencia fue, es y siempre será los sindicatos cocaleros.
¿Qué ha cambiado en el Palacio Quemado?
Todo. Una de las cosas más importantes que hizo Evo fue poner en duda el imperativo del presidente ilustrado. Otro cambio fundamental es la renovación de élites. Se ve en los ministerios. Eso tiene un lado transformador novedoso y positivo, pero también muchos riesgos.
Como la falta de experiencia.
Es uno de los obstáculos más graves con los que se enfrenta Evo. A la clase media lo que más le importa es la economía. A diferencia del Partido de los Trabajadores de Lula, que llegó al poder después de haber gobernado, el Movimiento al Socialismo (MAS) no tenía ningún tipo de experiencia.
A dos años de la nacionalización de los hidrocarburos hay pocas inversiones y avances.
Los problemas en YPFB (las compañías petroleras estatales bolivianas) tienen que ver con esa falta de experiencia técnica. También se ve en la reforma agraria. Cuando el viceministro de Tierras fue a la propiedad de un norteamericano en Santa Cruz el tipo lo sacó a tiros.
En el libro muestra a Morales controlando cada detalle.
Evo no delega. Concentra mucho poder. Todo el vértigo de Evo, que está detrás de cada detalle, se traslada a la gestión. Hay algo en la vitalidad de Evo, en su entrega total que yo todavía no consigo entender ni explicar. Es inconcebible.
La nueva Constitución, que plantea la reelección, aún no ha sido aprobada. ¿Se sostiene el proyecto del MAS sin Evo?
El proyecto está personificado en él. Pero la agenda del cambio y la llegada de campesinos e indígenas a la Administración hace que lo trascienda, porque ni la Asamblea Constituyente ni la nacionalización de los hidrocarburos o la reforma agraria fueron ideas suyas. En cuanto a la reelección, la oposición dice que se quiere perpetuar, pero la Constitución plantea un solo mandato más.
¿Cómo interpreta la fractura entre Oriente y Occidente, entre ricos y pobres, entre razas?
El conflicto en Bolivia es étnico; es territorial también, pero, sobre todo, es de clases sociales. Si Evo hubiese llevado adelante la agenda del ex presidente Alejandro Toledo en Perú, los dirigentes de Santa Cruz hubiesen dicho “que bien, que civilizado es. Viene de los pueblos originarios pero entiende la modernización del Estado”.
¿Por dónde puede perder popularidad Morales?
Será muy difícil que en cinco años acabe con la pobreza. De momento, los programas sociales aplicados son paliativos y no resuelven el fondo. Lleva tiempo, dinero y capacidad. Por otro lado, si los medios consiguen convencer de que es autoritario le puede hacer mucho daño. El no haber respetado los dos tercios en la votación de la Constitución fue una señal negativa a la clase media. Otro tema es la autonomía. En el Palacio Quemado se está tomando nota del reclamo autonómico y están reaccionando tras haber unido a la Media Luna(las provincias orientales del país) en un frente anti Evo.
¿Cómo se resuelve el empate entre Oriente y Occidente, entre la Constitución del Gobierno y los Estatutos de las regiones?
Yo no creo que exista la posibilidad de un gran acuerdo. Evo tendría que renunciar a políticas en las que no veo que vaya a ceder. En realidad no es una cuestión de autonomía. Se trata de las tierras y del manejo de los recursos naturales que están en Oriente. Los dirigentes de Santa Cruz reconocen que los estatutos son inviables. Son una carta de negociación.
¿Quién cree que puede ser el sucesor de Evo?
Aún no se ha abierto una discusión seria. La identificación de Evo con la gente es impresionante. Con Chávez o Lula, nunca vi nada semejante. Es la idiosincrasia del sindicalista que vuelve al territorio a refrendar su liderazgo, a contar lo que hace. La relación con los dirigentes también es especial. Los escucha mucho.
¿Hasta qué punto llega la influencia de Chávez sobre Evo?
Es infinitamente menor a lo que se escribe. La ayuda económica es necesaria para Bolivia, pero no es incondicional. Chávez no le dice a Morales lo que tiene que hacer. Queda la idea de que es así, y Chávez contribuye a ello. Si ves las grandes nacionalizaciones de Venezuela, llegan después de las de Bolivia. Pero la idea generalizada es que es al revés. El antinorteamericanismo de Chávez tampoco es el de Evo, que tiene raíces históricas. Durante 20 años cerró sus discursos gritando “Viva la coca, mueran los yanquis”. El giro de Chávez se produce en 2002.

La oposición muerde la mano tendida por Morales
Mientras Morales ha llamado al diálogo y a unir las ”dos Bolivias” en una sola, desde el Oriente del país el prefecto de Santa Cruz, Rubén Costas, el más destacado de los gobernadores opositores, le ha respondido tildándolo de “macaco y dictador” y anunciando que profundizaría la autonomía.
Según los últimos datos que dio a conocer la Corte Nacional Electoral, Morales y su vicepresidente, Álvaro García Linera, consiguen de momento un mayoritario sí a su gestión con 1.618.072 votos, contra 871.231 sufragios contrarios.
El porcentaje de votos favorables a la gestión del presidente, con el 75% de sufragios escrutados, es ya del 65%. Tras la consulta, en Bolivia se han intensificado los llamamientos al diálogo para resolver la crisis que vive el país, donde el proyecto constitucional del presidente choca frontalmente con el plan autonomista que defienden estos gobernadores de la oposición.
Pero aunque Evo Morales ha abogado por “juntar” la nueva Constitución con los estatutos de autonomía, no ha desvelado si está dispuesto a modificar la propuesta de nueva Carta Magna en aras de llegar a un acuerdo con los gobernadores autonomistas.